08/09/2018

El día que Ella Fitzgerald regresó a Berlín


 

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Por CHRISTIAN GRECCO.

 

 

    El día que Ella regresó a Berlín, lo primero que hizo fue ir a una librería de libros usados y buscar con una paciencia admirable un libro de poemas de Bertolt Brecht. Alguien le había comentado que Brecht, antes de que los nazis partieran el mundo en mil pedazos, había dejado olvidado un libro suyo en ese lugar y Ella Fitzgerald, que mucho sabía de encontrar, fue a buscarlo.

Cuando entró a la librería se enteró de que en ese mundo no había tantas luces como ella pensaba y que la tarea iba a ser difícil. Los libros viejos se apiñaban en estantes, trepaban desde el piso, esquivaban telarañas y algunos jugaban a escaparse con cada golpe de viento que sacudía el polvo del lugar. Ella ya tenía dificultades en la vista y, como no aparecía nadie para atenderla, acercó sus ojos negros a cada lomo de cada libro del lugar, pero no tuvo suerte. Esperó unos minutos, siguió estando sola en la librería. En un momento pensó en cantar algo, sencillo, algo para llamar la atención, pero se reprimió. Entonces aplaudió.

Una mujer tan vieja como ella (aunque ninguna de las dos eran ancianas) descorrió un cortinado oscuro que los ojos de Ella no habían visto. Le preguntó qué buscaba. Pero Ella no sabía alemán y la alemana no quería oír el inglés. Se miraron un rato las dos mujeres, se estudiaron y no dijeron nada. La alemana estornudó, e inmediatamente se volvió a refugiar tras el cortinado. Ella volvió a buscar con los ojos viejos algún rastro que le permitiera dar con los poemas de Brecht y así estuvo, hasta que la alemana volvió a salir.

Volvieron las dos mujeres al terreno de las miradas. El olor a papel húmedo y antiguo de vez en cuando creaba imágenes entre los ojos negros profundos de Ella y los grisáceos brillosos de la alemana.

Ella intentó decir lo más nítidamente posible el nombre Bertold Brecht, pero la alemana no entendió nada de lo que salía de la garganta ferrosa, incómoda para hablar sin música. La alemana volvió a retroceder y nuevamente se sumergió en su cuarto, tal vez esperando que esa mujer negra y enorme abandonara el lugar, hasta que algo hizo que se detuviera. Ella había comenzado con su risa abundante a cantar su versión más fabulosa de “Mack the knife” y, los libros, siempre atentos al placer, comenzaron a temblar.

Al otro día, en el Deutschlandhalle, aquel 11 de Febrero de 1960, Ella Fitzgerald subió al escenario con su libro de poemas de Bertolt Brecht y la vieja alemana, todavía sin comprender nada de inglés, desde la fila número once, volvió a aplaudir.

  

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