28/11/2022

ESQUINA LIBERTAD


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ANALÍA VÁZQUEZ

              Noche tras noche el deseo se volvía cada vez más fuerte, no sabía con exactitud si aquello que recordaba se lo habían contado o había sido un sueño, pero llevaba en el pecho la satisfacción de haber logrado su propósito .  

El otoño terminaba y con él la esperanza de viajar a La esquina de la vida, pues así había llamado a aquel sitio. La situación era cada vez más abrumadora. Trabajar sin descanso no alcanzaba. Acostarse a medianoche y levantarse por la madrugada se había hecho costumbre. Su cuerpo  maltratado por el clima, el hambre y el trabajo duro no le daba tregua. Varias veces  Camille necesitó parar, respirar profundo y recordar su propósito para poder seguir. Con su vestido descolorido y su abrigo viejo,  llenos de parches, le hacía frente al viento helado cada día. Ella trabajaba sin parar temiendo que la tristeza y el dolor le arrebataran a su padre. La esperanza por llegar a La esquina de la vida se había convertido en lo único que la mantenía en pie.  

Contaba la leyenda que en un escondido pueblo del sur las almas desdichadas encontraban la libertad, podían por fin deshacerse de sus pesares espirituales y físicos en aquel lugar mágico e inhóspito, casi escondido del mundo. Fue por casualidad que Camille se enteró de la leyenda y de cómo llegar hasta allí. Una vieja amiga de su madre con la que se cruzó en el pueblo, al enterarse de la gravedad de la enfermedad de Don Francisco, sintió pena de ella y encendió una luz de esperanza en su alma resquebrajada. Desde ése día no pensaba en nada más que en conseguir el dinero que los llevara a la esquina libertad.

 Pero pasaban los meses y todo parecía seguir igual. Don Francisco, su padre, era un sobreviviente. Su  infancia, marcada por la desdichada ausencia de su madre y un padre preso de la bebida, hizo que viviera en casa de algún familiar que ofrecía una mano… Hasta que consiguió, gracias a una beca de estudios, viajar y reencontrarse, por ésas vueltas de la vida, nuevamente con su madre.

Unos años después conocería a Amelia, una mujer dulce pero con alma de guerrera. Se enamoraron, se casaron y permanecieron juntos por más de cuatro décadas. Camille fue el fruto de ese gran amor. Pero con los años una extraña enfermedad golpeó a Amelia y, sin poder hacer nada, una mañana de mayo, la perdió. La vida no le daba respiro y la suerte de Francisco se volvía más oscura. Había perdido a su compañera y su salud se desvanecía. Una enfermedad que luego se hizo crónica atacaría sus pulmones y su corazón. Tenía recuperaciones esporádicas. La pena le iba apagando su alegría y la lucecita de sus ojos de a poco perdía brillo. La vida nos va dando señales antes de que el reloj se detenga.

Camille sabía que debía apurarse, juntó todas las baratijas que pudo y las vendió en el pueblo. Sumado a sus ahorros, alcanzaba para lograr la hazaña. En el sur la leyenda debería ser cierta.   

Con los boletos en la mano y un bolso de cuero marrón que pesaba más que el contenido subieron al tren. El  invierno crudo azotaba toda la región. Contemplaban el paisaje blanco que los rodeaba. Al día siguiente llegarían al lugar soñado.

Arribaron al pueblo prometido, buscaron refugio en la única posada que estaba a su alcance. Afuera la nieve caía de manera intensa. Ya instalados en la habitación Camille arropó a su padre, puso más leña en la pequeña estufa de hierro y, sentada en una silla, se tapó con una manta y durmió al costado de Don Francisco . 

La mañana los sorprendió con un sol tímido. Tomaron un café cerca de la posada y retomaron el viaje nuevamente. Esta vez en un coche tirado por dos caballos. Don Francisco iba quedándose sin fuerzas pero la nieve caía indiferente a las cuestiones humanas. Pasado el mediodía llegaron al lugar. Camille ayudó a bajar del carruaje a su padre y del brazo caminaron hasta ésa esquina mítica que tanto había anhelado. Ya no era un sueño, ¡estaba frente a ellos!  

Cruzaron la calle blanca y pudieron observar cómo las personas se iban encaramando, con los ojos cerrados y es ahí dónde ocurría la magia. Ocurría todo. La tristeza los abandonaba, la nieve tomaba la figura de sus cuerpos y comenzaban a marchar. Eran esculturas blancas, vivas, que se iban desvaneciendo a medida que llegaban a la esquina y así se liberaban de las  penas que los torturaba.

Don Francisco con los ojos a punto de estallar de emoción, se paró en ésa vereda. Cerró los ojos y sucedió. Camille no contuvo el llanto. Sus tibias lágrimas de alegría le lavaban la cara. Cuando Francisco por fin abrió sus ojos era un hombre nuevo, lleno de vida. Se abrazaron en un profundo silencio cubiertos de asombro pero también de fe. A partir de ése momento nada volvió a ser igual en sus vidas.

  

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