28/11/2022

UNA VIDA IMPAR


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

           Era la quinta vez que controlaba que la alarma del reloj estuviera agendada en la hora correcta para despertarlo al otro día. Antes había, como todos los días, chequeado que su novia de la adolescencia no estaba en línea las veces necesarias (15) como para cerciorarse de que no estaba hablando con otro hombre, lo cual no le impidió llamarla, como siempre, a las 23 horas.

No sabía si la llamaba para escuchar su voz o para controlar los celos que le producía no saber qué estaba haciendo a esa hora de la noche.

Se levantaba, se cambiaba y se dirigía a la panadería para comprar el desayuno, luego viajaba al laboratorio, almorzaba, seguía trabajando, llegaba a su casa, cenaba y preparaba el reloj, efectuaba el control del whatsapp y realizaba el llamado de manera tal que no quedara espacio para saber si estaba cansado de esa rutina.

Por supuesto tenía presente los imponderables, los feriados de lo predecible, pero ante cada cambio en lo que había proyectado para su cotidiano, él tenía una respuesta preconcebida que articulaba el hecho azaroso con el resto del esquema inagotable de prácticas neutralizadoras de lo sorpresivo.

Sentía un avergonzante orgullo en saber cómo llegar a la panadería en el momento exacto en que había una sola persona siendo atendida antes que él, luego tomar el café y comer las facturas al ritmo necesario para llegar a la estación de tren de manera tal de no perder el de las 7 y 15 y subir al quinto vagón.

Una vez en el trabajo se le presentaban múltiples pedidos (de empleados, jefes, clientes del laboratorio) que él respondía de tal manera que producían nuevas demandas que al ser respondidas generaban otras nuevas demandas, pero todas con la cualidad de ser perfectamente tramitables por él y con la virtud de ayudarle a pasar el tiempo sin tiempo para pensar hasta que salía a tomar el tren de las 19 y 45 para regresar a su hogar.

En su hogar también sabía lo que tenía que hacer, siempre sabía lo que tenía que hacer, pero no sabía porque lo hacía.

Por supuesto, eligió una cantidad de balas impares para alojar en la recamara y una vez preparada el arma se la llevó a la sien y disparó. 

El disparo no se produjo, el revólver falló o algo aún peor, falló el.

Algo había salido mal, el sentimiento de inestabilidad se le hizo insoportable. 

Fue a buscar su reloj y no podía recordar a qué hora debía ajustar la alarma, intentó caminar hacia su teléfono celular para cerciorarse de la conexión de su pareja pero como la acción anterior se le había hecho imposible también lo fue orientarse  hacia el teléfono.

Lo ayudó a encontrar la ubicación del aparato el hecho de que sonaba un ringtone ya que alguien lo estaba llamando.

Era su prometida, quién se comunicaba con él antes de la hora en que siempre él la llamaba (escena que nunca había sucedido en la relación)

La causa de su llamado era el de hacerle escuchar una canción que la había conmovido.

La armonía en el teléfono era una secuencia de notas musicales que se relacionaban de manera inusual con otras, pero de forma bellamente ordenada (en pares).

La proporcionalidad hipnotizadora de la música junto a la pregunta sobre la iniciativa de su pareja lo empujó a sentarse en un sillón y escuchar mientras lloraba.

Arropado por un orden enigmático y vacío, una vez más entendió todo, pero esta vez sin entender nada.

  

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