04/11/2021

BIBLIOTECAS DE SALDO


 

 

 

 

 

 

 

 

Por Ricardo Silva

            Conocí a Jaime Sanefebech en cuarto año de la secundaria, pero no nos hicimos amigos hasta que salimos de ella. Claro que él me subestimaba al principio, pensaba que no era más que uno del montón.  También es cierto que yo no aparentaba mucho, solo era un pendenciero que se hacía el malo de puro tímido.

No fue hasta que salté por él en un barcito de la calle Pedro Ordiman, un tugurio digno de malhechores, putas y drogones, que me empezó a tomar en serio. Un tipo lo estaba acosando desde temprano, lo molestaba y provocaba desde una mesa cercana a la que estábamos. Ya le había advertido que no le diera bola, que tarde o temprano se iba a cansar y se olvidaría de él. Pero no lo hizo, siguió y siguió hasta que no pudo más y se levantó, lo agarró de la nuca y le quiso dar un beso en la boca.

Jaime se asustó tanto que los ojos se le llenaron de lágrimas y entornó la boca como para lanzar un chillido, pero sólo emitió un lamento pequeñito, como el de un moribundo exhalando su último adiós.

No podía verlo así. Agarré una botella y se la partí en la frente al atrevido. A Jaime un pedazo de vidrio le rozó la mejilla, dejándole un surco finito de color rosa, pero al tipo se le abrió la cabeza como una flor sangrienta. Se quedó mirando vaya a saber dónde, tal vez una ventana interdimensional que lo mantuvo unos fragmentos de segundo en un trance hipnótico. Todo parecía haberse detenido, no totalmente, sino como la pausa en una reproductora de VHS. Antes que se desplomara, tomé del saco a Jaime y lo saqué de allí.

Los gritos de sus amigos y  las pisadas que crecieron como si alguien hubiese aumentado el volumen hasta saturar, fueron suficientes para que nos crecieran alas en los pies e incluso se nos pasara el pedo drásticamente.

Por suerte, el Pelado Sacramento estaba afuera, sentado en su estanciera negra, haciendo uno de sus rituales preferidos: cortándose los brazos con un cúter, mientras repetía las Letanías a Satán de Baudelaire. Cuando nos vio entrar a lo loco, ni preguntó, arrancó y nos fuimos a la mierda en un santiamén. Como no teníamos idea de qué tipo de herida tenía el acosador, ni si sus amigos o la policía nos estaban buscando en las calles, no fuimos a la casa del pelado, fumamos marihuana, nos cagamos de risa viendo Pesadilla en la Calle Elm, pero también nos dio miedo, y después nos dormimos.

No volvimos por un largo tiempo al antro ése, pero un día que habíamos tomado una mezcla de sedantes, pastillas para el Parkinson, antitusivos y cerveza con ginebra, volvimos al grito de: “¡Que se cague!”.

Era una noche de diciembre de 1988, y hacía muchísimo calor.

Entramos como forajidos en un saloon del viejo Oeste, aunque éramos unos drogones en un bolichón del barrio Las Gatas. Nos sentamos y no sé cuánto tiempo estuvimos sin hablar, mirándonos los brazos y las manos, que ahora tenían un color amarillo intenso. y se nos habían alargado monstruosamente. Esto fue hasta que luego de un tiempo imposible de definir, noté que parado frente a nosotros había un viejo color amarillo también, y que movía su boca como un pescado fuera del agua, pero no emitía sonido alguno. Recién entonces me di cuenta de que reinaba un silencio absoluto. Hasta que el pescado viejo golpeó con las dos manos la mesa, y esa vibración le devolvió el ruido a la escena.

—¡Eh, que son pelotudos ustedes! ¿Van a tomar algo? O sino…¡rajen a la mierda de acá!

Definitivamente, eso nos hizo volver a la vida, o por lo menos nos devolvió algunos sentidos, no ciento por ciento, pero un poco.

—Si, si…traiga tres Río Segundo…

El pescado nos miró con sus ojos amarillos y se fue.

No pasaron ni 10 minutos, o media hora, y el acosador ya estaba justo frente a mí.

—No sé si son boludos, o muy boludos, pendejos de mierda.

Supuse que era él porque tenía una estrella que le brillaba en la frente y despedía haces de luz en todas direcciones. No le contestamos nada, los tres estábamos maravillados con el espectáculo sideral que emanaba su cabeza sideral. De repente lo miro a Jaime, él también me mira y nos miramos con el pelado y le señala la cabeza. Yo soy el primero que se empieza a reír, casi instantáneamente se ríen los otros dos. Nos reímos a los gritos, demencialmente; explotamos como bombas de fragmentación hilarantes, destrozamos el tugurio, rompemos en mil pedazos a todos los presentes y, finalmente, sólo flotamos los tres, hamacados en nuestro jolgorio, en nuestro universo amarillo risotado.

—¡Culiadoooos!—grita Estrella Brillante y después nos empiezan a pegar ahí mismo. Casi nos nos dejan tocar el piso, porque nos levantan piñas y patadas de miles de pies y puños, pero no sentimos nada, nos seguimos riendo, y eso los enardece aún más y nos golpean con sillas, con botellas, con vasos, pero no pueden parar nuestra risa, ya con los labios hinchados, escupiendo sangre y dientes, con las tráqueas rotas, con las lenguas cortadas.

Jaime Sanefebech nunca volvió del coma.

Sacramento y yo quedamos muy maltrechos, pero sobrevivimos; con algunos dientes menos, huesos mal soldados y riñones funcionando a medias. De todas maneras, jamás nos volvimos a ver. Ni siquiera sé si está vivo.

No sé por qué cuento esta historia. No tiene nada especial, ni nosotros tampoco. Tal vez es porque estoy viejo, y eso hacen los viejos, hablar de sus recuerdos. O es porque anoche soñé con Jaime Sanefebech. Me hablaba en un idioma desconocido, pero lo entendía perfectamente. Me decía que el fin ya pasó. Que no hay por qué esperar más.

Pero ya es tarde para historias de viejos, mejor me voy a dormir.

  

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