04/11/2021

VIDAS A CONTRAPELO


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Por DEMIÁN CONFINO

El incesante caminar de Don Tapia

 

            Camina Don Tapia. Ese hombre desconocido que es apellido de la lucha por la tierra y la vivienda en la Villa 31 de Buenos Aires, la Reina del Plata. Anda lento con su cuerpo diminuto aunque macizo, encorvado y con una agilidad asombrosa. La brisa no le despeina el jopo engominado, que aún a su edad indefinida persevera abultado y azabache. Alguien me dijo una vez que a Teófilo Tapia se lo va a recordar así, caminando.

Le saca lustre al asfalto porteño en su largo peregrinar. Embarra barrocos despachos del centro. Vuelve al barrio – donde su andar cansino luce – desde hace más de cincuenta años como un engranaje necesario y urgente de la cotidianeidad irredenta del subsuelo de la patria. Caminó desde lejos, desde que tiene memoria, en su lejana escolaridad en Jujuy y Salta. Pateó, se agachó y cargó a lomo cosechas varias, en su juventud golondrina, en los campos mendocinos. Recorrió el kilometraje nacional buscando el mango y el estudio. En un rancherío cercano al puerto lo cobijaron al llegar a Buenos Aires en los años sesenta. Zigzagueó entre las mesas de los bares de la calle Corrientes, recorrió los gremios de la construcción hasta que se hizo estibador portuario, transitando entre compañeros, dársenas y capataces arbitrarios. En los setenta acompañó a los pibes de la jotapé, al cura del barrio, Mugica, y a sus vecinos que habían inclinado su postergación en la militancia. Estuvo en Ezeiza y en diversas movilizaciones que convocaba el Movimiento Villero Peronista. No fue un cuadro. Simpatizaba con las causas y ponía el cuerpo. Su salto a la arenosa política barrial llegaría más tarde, entre amenazas, atropellos y topadoras.

Camina lento Don Tapia, tiene el tranco de la sabiduría que otorga el barro de la falta.

 

Promediaba 1979 cuando fue protagonista de una soberbia mojada de oreja al poder racista del intendente del genocidio brigadier Osvaldo Cacciatore. Junto a 32 familias lograron quedarse en Retiro a través de la resolución a su favor de una medida cautelar.
Caminaba lento Don Tapia, goleando al desamparo con la cautelar villera. Frenó con su tranco lento y su equipo chico la erradicación decretada en modernas Olivetti desalmadas.

Antes había tenido que deambular entre parroquias y tugurios, pasando la voz por los pasillos de las villas de Buenos Aires. Siguió yendo y viniendo, peleando siempre. Lo eligieron, ya en democracia, delegado del barrio YPF de la Villa 31, justo cuando la familia tironeaba para salir hacia una de las viviendas de material en el barrio Illia, en el sur de la ciudad que ofrecía la Municipalidad a los vecinos de Retiro. Con nostalgia optó, temporalmente, por no pernoctar en Retiro para acompañar a su familia. Allí también lo eligieron delegado. Mantuvo el mandato vecinal en ambas asambleas, cuando en la villa de Retiro le denegaron su renuncia. Se las ingenió para pasar sus horas diurnas en el barrio YPF, retornando al crepúsculo a la simpleza de su hogar.

De esta época data la película “Crónicas villeras” de Marcelo Céspedes, en la que Tapia aportó su testimonio y su protagonismo. Allí se lo ve a Tapia acercándose al espectador, tendiendo un puente a la sensatez. De fondo aparece el edificio rulero, el de Cerrito y el bajo, arrogante, erguido frente a la ignominia, ampuloso frente a la desigualdad.

Fue el tiempo en el que abrió el comedor “Padre Mugica” en Villa 31, que aún sigue compartiendo ochocientas raciones diarias con sus vecinos. Lugar donde se armó, como pudo, una piecita de dos por cuatro, en la que aún vive. La responsabilidad de sentir el peso moral de los que dieron la vida por ellos pudo más que los lazos familiares, los que siguió cultivando desde la distancia. 

“Somos los continuadores de Mugica, de Chejolán, de Galleta”, sigue enseñando a quien lo escuche, marcando la contundencia de un profundo concepto de lucha política como proceso barrial e histórico.

 

Invitó a familias enteras a repoblar el barrio. Como demiurgo en las tinieblas, se las ingenió junto a sus vecinos para escabullirse del olfato matarife de la policía y presentar el hecho consumado, con metrajes estipulados, sistemas de calles establecidas y decenas de personas instaladas ante las cámaras de la televisión.

 

Siguió caminando a pesar del desempleo. El puerto lo dejó sin laburo y se hizo escuchar junto a sus compañeros primero en Plaza de Mayo y luego, tras la represión, frente al Ministerio de Economía. Con el tiempo consiguieron una ley de reparación histórica y la jubilación merecida. En paralelo, bancó nuevas topadoras, aunque ahora eran democráticas y fuera de la historia. 

 

Rechazó cargos políticos para poder seguir caminando el barrio sin recriminaciones, desde el verdadero llano fangoso. Sin embargo, permaneció surcando las galerías oficiales, agrietando la idea fija de la expulsión, pecheando para parir un término de musicalidad extravagante pero de reminiscencias, melancolías y significantes conocidos urbanización. Una lucha histórica del movimiento villero que quedó plasmada en el artículo 31 de la Constitución de la Ciudad de 1996, en la ley 148 de 1998, para todas las villas de la ciudad y en la ley 3343 de 2009, que prohibió los desalojos en el polígono de las villas 31 y 31 bis y ordenó su urbanización.

 

Cuentan que la medianoche en la que se sancionó esta última norma, un rumor se hizo certeza y un arquitecto sacó de la cama a Don Tapia, para acercarse a la Legislatura a empujar y consolidar una construcción política en forma de ley. Sólo él y diez vecinos – algunos de un oportunismo llamativo – fueron figuras de la noche de diciembre, en la que la justicia social se acercó apenas un poco.

 

Hoy sigue caminando. A veces con muletas, cuando la salud intenta, sin éxito, jugarle una mala pasada. Pero va por la efectiva urbanización de Villa 31. No es orgánico a ningún partido político, más allá de sus simpatías. A algunos militantes del acatamiento acrítico les cuesta comprender esto. No se come amagues, ni se deja seducir por atajos. Permanece fiel al camino que señalizaron los precursores.

Tapia camina, leal a sus orígenes y a los ideales de los que soltaron el lápiz y el sacapuntas para pelear, cavar, transpirar y construir, en el territorio, la noción concreta de la verdadera vivienda digna.

  

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