04/11/2021

LA MÁS EFECTIVA PROTESTA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ANDRÉS GARCÍA

         La protesta social es la voz rota de los nadies, parida de la desesperación y la impotencia. Es un piedrazo a la ventana del poder. Un grito incómodo en medio de la misa. Es una reacción que muchas veces queda en el gesto de la limosna, una voluntad dispuesta a todo que se apaga con el placebo ofrecido. Pocas veces en la historia se ha pasado de la reacción a la acción transformadora, de la ira destructora a la imaginación creativa. Muchos derechos se han conquistado, pero… eso no impide que sean violados constantemente.

Todo es una cuestión de poder, en un mundo donde el poder fue delegado en un “contrato social” lleno de letra chica, sin garantías ni reembolso. Solo se escuchan promesas evangélicas que justifican los sacrificios eternos. Pero cuando ya no hay nada más que perder se arma la pueblada. Los piquetes, las barricadas y un sentimiento de anarquía se aúnan en un horizonte de esperanza, de voluntad de poder, de asamblea popular. Pero el diablo sabe más por viejo que por diablo. Tiene lo que pocos tenemos: tiempo, dinero y poder. Se reorganiza y hace lo que pocos pueden: que los hermanos se peleen, se odien y se reconozcan como enemigos.

Los métodos piqueteros, que en los 90 surgió desde la creatividad y la desesperación, puso incómodo al poder y lo obligó a negociar. Hoy ya está deslegitimizado y enfrenta a miembros de la misma clase, porque solo jode al que está trabajando. No se molesta al poder, que mira divertido el espectáculo y saca rédito político del caos urbano. Las marchas y las protestas hoy no son efectivas porque se hacen en los lugares equivocados. Está todo pensado para la televisión. Igual que las consignas de los reclamos, no buscan transformar nada, a lo sumo solo acomodarse lo mejor posible a la injusticia del sistema.

Los que sí saben protestar bien y saben lo que quieren son los que nunca dejan derramar nada y siempre quieren más. Nunca se equivocan de lugar y saben elegir bien a sus representantes. Incluso consiguen el apoyo de las multitudes más perjudicadas. Sus piquetes son efectivos en los llamados lockout patronal, siempre con buena prensa y apoyo social, porque cada tanto algún populismo atenta contra la propiedad privada y el orgulloso esfuerzo de la herencia patricia. Sus llantos desesperados conmueven hasta al más harapiento indigente que cede sus últimos derechos para que el patrón pueda vacacionar en Ibiza. La piojera popular pide pagar todo más caro para que los subsidios se los quede la clase empresarial que invertirá en alguna empresa offshore. Y si la recaudación no es la esperada entonces se organizan corridas bancarias y se le da rienda suelta a la inflación. La mano invisible del Mercado tira la primera piedra porque siempre está libre de pecado. No hace falta que esconda su mano invisible, más sucia que una papa. Y ahí los ves a los históricos pirómanos dando clases de cómo apagar un incendio.

La protesta burguesa siempre tiene buena prensa y consigue sus objetivos. Tiene todos los medios, económicos y propagandísticos, es verdad. Pero sobre todo tiene algo, quizá lo más importante, que los mantiene en el poder: conciencia de clase. 

Y no hay manera de transformar la realidad sin eso.

  

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