18/09/2018

LOS MONJES NEGROS. La burguesía liberal-desarrollista


Por Gonzalo Sanz Cervino

La historia de la burguesía argentina fue escrita por el pequeño capital y sus lacayos. A fuerza de machacar han logrado imponer una fábula en la que los industriales nacionales vendrían batallando desde hace casi 70 años contra un tridente diabólico que quiere sumir al país en el atraso y la miseria; la oligarquía, los monopolios y el capital financiero, de la mano de los gobiernos militares (o de civiles, que se asemejan a dictaduras), y el “neoliberalismo”, promueven la reprimarización de la economía, la desindustrialización y la especulación financiera, llevando a la quiebra a una burguesía nacional que aboga por la dinamización del mercado interno de la mano de políticas industrialistas que elevan salarios y empleo.

 

La burguesía liberal-desarrolista, de Krieger Vasena a Macri


La historia de la burguesía argentina fue escrita por el pequeño capital y sus lacayos. A fuerza de machacar, han logrado imponer una fábula en la que los industriales nacionales vendrían batallando desde hace casi setenta años contra un tridente diabólico que quiere sumir al país en el atraso y la miseria: la oligarquía, los monopolios y el capital financiero. De la mano de los gobiernos militares (o de civiles que se asemejan a dictaduras) el neoliberalismo promueve la reprimarización de la economía, la desindustrialización y la especulación financiera, llevando a la quiebra a una burguesía nacional que aboga por la dinamización del mercado interno de la mano de políticas industrialistas que elevan salarios y empleo.

Esta caracterización ha cobrado fuerza con el ascenso del macrismo, al que se sindica como un gobierno de empresarios y CEO´s y ha llevado a la oposición a vaticinar profecías que no se cumplieron; al menos por ahora no hay un helicóptero en el futuro inmediato. Lo más grave es que la izquierda argentina compró ese verso. Para enfrentar al macrismo es necesaria una caracterización certera de los intereses que lo sostienen. La dicotomía entre liberales y populistas oculta la existencia de un tercer programa en la burguesía, el liberal desarrollismo, promovido por aquellas facciones de la clase dominante que han apuntalado a casi todos los gobiernos desde Onganía para acá. Estos verdaderos monjes negros pretenden mantenerse en las sombras y lo han conseguido de la mano del derrumbe de la hegemonía menemista, transformaron el CEA (Consejo Empresario Argentino) en AEA, la Asociación Empresaria Argentina, intelectuales que prefieren alimentar fantasmas (como la oligarquía) que lejos están de comandar los destinos del país.

 

¿QUIENES SON?

Los capitales económica y políticamente más poderosos en la Argentina no son ni liberales ni populistas. ¿De quiénes hablamos? .De un puñado de grupos económicos altamente concentrados, cuya actividad principal se encuentra en la industria. Se ubican a la cabeza de ciertas ramas que requieren una importante dotación de capital fijo: automotriz, siderurgia, química y petroquímica, celulosa y papel, petrolera, cemento, obra pública. Ya desde los ‘70 encontramos allí empresas de renombre: Techint, Acindar, Bunge y Born, Loma Negra, Celulosa Argentina, Fiat, el Grupo Braun, el Grupo Soldati, Garavoglio y Zorroaquín, Alpargatas. En los ‘80, otros empresarios importantes se sumarían a esta cúpula: Pescarmona, Pérez Companc, Macri, Bulgheroni, Cartellone. Estas capas de clase dominante dirigieron las corporaciones tradicionales hasta los 70: la UIA,la Cámara de la Construcción y la Cámara de Comercio. Cuando su dominio sobre estas entidades fue puesto en cuestión por la rebelión de los pequeños capitales, crearon grupos más exclusivos, que les permitieron establecer una relación directa con el poder político: el Consejo Empresario Argentino primero, que en los ‘60 y ‘70 fue el interlocutor privilegiado de Onganía y Videla. En los ‘80, cuando un CEA cuestionado por su relación con la dictadura debió pasar a segundo plano, constituyeron al grupo Capitanes de la Industria, que negociaba la política económica con Alfonsín.

Luego del derrumbe de la hegemonía menemista, transformaron el CEA en AEA, la Asociación Empresaria Argentina, que hasta hoy mantiene su influencia política desde las sombras.

¿Que tienen en común estos grandes industriales? Fundamentalmente, su relación con el Estado. Como todo industrial en la Argentina, grande o chico, no puede sobrevivir sin el apoyo y la tutela estatal. Desde sus orígenes se beneficiaron de los regímenes de promoción industrial y de la protección aduanera, de los reembolsos a las exportaciones industriales, de las contrataciones y compras estatales o de la venta de insumos a precios subsidiados por parte de las empresas del Estado. Las siderúrgicas hicieron fortunas como proveedoras del Estado y gracias a los insumos baratos provenientes de SOMISA. Las automotrices subsistieron gracias a las restricciones al ingreso de vehículos terminados. Las petroquímicas gracias a la compra de insumos a Gas del Estado o YPF a precios irrisorios. Las constructoras, por los contratos de obra pública, y así podríamos seguir; no por nada, desde los ‘70 se conoce a este grupo de empresas como la patria contratista. Por sus intereses materiales, estos capitales difícilmente pueden adscribir al liberalismo; necesitan de la protección y tutela estatal para subsistir. Sin embargo, no debe confundirse su propuesta con la de los pequeños industriales, que pretendían la generalización del proteccionismo. Los grandes industriales, conscientes de los límites del capitalismo argentino, pretendían poner en marcha un ajuste gradual y limitado, que quitara lastre llevando a la quiebra a los capitales más débiles pero que dejara, al mismo tiempo, incólumes los mecanismos de protección que le permitan a los grandes subsistir. Eso es el liberal-desarrollismo.

 

EL PROGRAMA

Desde hace al menos setenta años, la acumulación de capital en la Argentina se enfrenta a límites estructurales que se manifiestan en periódicas crisis. La renta diferencial de la tierra, que históricamente sirvió para compensar las debilidades de la industria nacional, comenzó a resultar insuficiente para seguir sosteniendo la estructura creada a su sombra. Frente a la retracción de los ingresos agropecuarios aparecieron otros dos elementos que podían compensar temporalmente las cuentas públicas, pateando la pelota hacia adelante: la emisión inflacionaria y la deuda externa.

Sin embargo, de esa manera resulta imposible sostener en pie la acumulación a largo plazo; no se puede vivir a cuenta. A la larga, o a la corta, se hacía necesario un ajuste. La fracción de la burguesía que bregó más abiertamente por el ajuste era la más afectada por el esquema que diezmaba sus ingresos: la burguesía agropecuaria. Los patrones del campo, chicos o grandes, vienen insistiendo desde los ‘50 en que sólo un brutal ajuste podría sacar al país de la crisis; achicar el Estado, barrer conquistas obreras, eliminar subsidios, transferencias y protección a la industria. Contra esas políticas batallaron los industriales de menor tamaño, que sin protección ni subsidios se verán condenados a la quiebra. El ideario Nac&Pop se hace fuerte en esa batalla: modelo productivo vs. ajuste neoliberal.

Es discutible que algún verdadero liberal haya tomado alguna vez las riendas del Estado. La burguesía agropecuaria no tiene la fuerza suficiente para imponer su programa, dejando el poder en manos de los industriales desarrollistas. Así, en la política argentina se vienen alternando dos programas burgueses, sin que alguno logre sacarnos nunca de la crisis estructural. La necesidad de contener el ascenso de la lucha de clases o sortear crisis hegemónicas (1969, 2001) da aire a los industriales más débiles, que apoyándose en la clase obrera acceden al control del Estado para desplegar las políticas “nacionales y populares”; proteccionismo generalizado de la industria, migajas para los trabajadores. Pero tarde o temprano la crisis reaparece, los precios de los commodities se derrumban, se corta el chorro de la deuda, la emisión desboca la inflación. Ahí hace su aparición la alianza de los grandes capitales, diciendo que se acabó la fiesta y que alguien debe pagar las cuentas. En ella coinciden la gran burguesía industrial con la burguesía agropecuaria: la solución es un ajuste.  Difieren, sin embargo, en el alcance que ese ajuste debe tener. Para la burguesía rural, todo tipo de transferencia debe cortarse de cuajo y el que no puede competir, que quiebre. Eso es el liberalismo. Un programa políticamente inviable, no solo por la magnitud de la crisis social y política que desencadenaría, sino porque hasta los grandes industriales, principalmente socios políticos del agro cuando de combatir al populismo se trata, se verían afectados por tales medidas.

Por eso el poder termina recayendo en la gran burguesía industrial, partidaria de un ajuste gradual y acotado, que mantenga un proteccionismo selectivo en favor de los grandes capitales y un nivel de gastos estatales congruente con el mantenimiento de sus negocios. Por supuesto, las transferencias de rentas se mantienen, con lo que el agro no tarda en pasar a la oposición.

He aquí el programa del gran capital industrial en la Argentina, la alternativa burguesa a los gobiernos Nac&Pop. Eso es Martínez de Hoz, que al tiempo que abría las importaciones para ciertas ramas, las mantenía para otras. El mismo que pedía achicar al Estado mientras derrochaba fortunas en la obra pública. Eso es Techint que en los ‘70 defendía la “necesaria protección del acero” y ahora se queja porque el gobierno facilita la entrada de siderurgia china. ¿Qué tienen para ofrecer? Un programa que propone descargar el ajuste tanto sobre los más débiles de la burguesía como sobre los explotados, mientras mantiene en pie los privilegios y los negocios con el Estado de los grandes industriales. El programa de las quiebras, el desempleo, los salarios a la baja y el avance de la flexibilidad laboral. Un programa que, a pesar de haber conseguido fenomenales aumentos en los niveles de explotación de obreros, aún no logra sacar al país de la crisis. Es que, mientras los gastos bajan para unos, se mantienen para otros y, así, no hay renta ni deuda que alcance. Ojo, que la alternativa no es mucho mejor: si hay plata, mejorarán tibiamente los salarios y el empleo, pero cuando se acaba, los keynesianos progresistas son los primeros en aplicar las políticas de ajuste.

La Argentina debe dejar de lado los fantasmas que alimentan falsas ilusiones. Tanto el neoliberalismo como el proteccionismo representan las dos caras de una misma moneda, la de una burguesía impotente, incapaz de competir en el mercado mundial que drena recursos que no pertenecen a la patronal del campo, sino a los verdaderos productores de riqueza: los obreros. La oferta es de migajas de un lado  y el pedido de mayores esfuerzos por el otro; la clase trabajadora tiene la oportunidad de ahondar la crisis para ir por todo, que es en definitiva lo que históricamente le pertenece. El modelo capitalista en la Argentina está agotado: ha dado todo lo que puede dar y su única respuesta es seguir exprimiendo al asalariado para seguir llenando sus bolsillos parasitarios, no importa si chicos o grandes.

  

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