LA ETERNA ENVIDIA EN LA CULTURA. El culto protestante

LA ETERNA ENVIDIA EN LA CULTURA. El culto protestante

18/09/2018 Desactivado Por ElNidoDelCuco

Por GERMÁN GOMEZ

Una no tan nueva religión: la de los sabios que florecen en la medida en que se fabrican un enemigo , la de quienes sospechan de los exitosos, atribuyen sus fracasos a la ignorancia de lo establecido y se sienten incómodos si no hay a quien culpar.De aquí en más, llamaremos “culto protestante” a todo aquel que forma parte del ambiente cultural y se la pasa protestando.

     El culto protestante tiene sus razones; el gobierno no lo apoya, las editoriales sólo confían en los éxitos de venta y las multinacionales no invierten un peso en cultura. Además, la juventud carece de ideales, el modelo neoliberal lo aplasta y encima la impresora le falla. En estas condiciones es lógico que no abunde financiamiento para su obra, que como todas las que no se han iniciado, permanece inconclusa. Sin negar la legitimidad del reclamo, el culto protestante cree que el mundo está en deuda con su arte. Según su opinión, las editoriales deberían dedicarse a perder dinero o, mejor aún, convertirse en entidades de bien público; los dirigentes de las multinacionales deberían detener la acumulación de capital para leer, admirar o escuchar su labor y el gobierno, por su parte, haría muy bien en olvidarse de menudencias y crear las condiciones necesarias para que él, el culto protestante, se desarrolle como dios manda. Esto último es controvertido porque el culto, en general, es ateo.

Ahora bien, si existiera la posibilidad de alquilarle un espacio donde pensar sin echarle la culpa a nadie, el culto protestante se sentiría incómodo. Si algo no funciona, jamás será porque está poco trabajado, porque no hay a quien le interese o porque tiene efecto soporífero. Nada de eso. Si no lo leen es porque no lo entienden, si no lo escuchan es porque reina un nivel de mediocridad que no hace falta que les cuente y si no lo reconocen, usted sabe, en este país con la corrupción que hay, qué se puede esperar. El culto protestante existe en la medida en que fabrica un enemigo del que puede convertirse en víctima. Y como está a salvo gracias a la investidura del saber, ser víctima de un enemigo omnipresente le genera beneficios.

El culto protestante está del lado de las buenas causas pero padece de un trastorno llamado prejuicio clasificatorio. No importa la virtud, la trayectoria o la intención, el autor debe ser clasificado, de ahí que su género preferido sea la denuncia. Si alguien compra un auto y lo saca a la calle, el culto protestante lo clasifica como el conductor de un vehículo, pero si esa misma persona decide invertir en cultura entra en la categoría de sospechoso. Que un escritor mantenga un nivel sostenido de ventas implica que el culto protestante le pierda estima y que lo descalifique sin mediar la más mínima duda.

Si alguien ocupa un lugar en una empresa, entra en el rubro de los que acordaron con el régimen y sólo podrá reivindicarse si logra que lo despidan. Pero el peor de todos, el digno del más absoluto desprecio, la personificación misma del mal, es quien se volvió funcionario de cultura. De ser funcionario no hay forma de rehabilitarse. El culto protestante necesita dejar bien en claro quién está de un bando y quién del otro. En especial, del otro.

Una especie más evolucionada de culto protestante es el culto protestante de élite. A diferencia de los anteriores, tiene más dedicación y ocupa algún lugar de poder que siempre está por abandonar, cosa que difícilmente hace, hasta que lo obligan. En general se presentan en grupos de cinco o seis miembros, con una precisa idea de la extensión del planeta Tierra: éste comienza donde está el primero de sus integrantes y termina allí donde se encuentre el último de ellos. Aunque estos asuntos le llevan buena parte de su tiempo, el culto protestante de élite se cansa y cuando esto sucede, gira la cabeza y clava sus ojos vivaces en la nuca de otro culto protestante que, distraído, puede estar en lo suyo, indignándose con el establishment por ejemplo. Si ese cuello pertenece a  alguno de sus allegados, el incidente termina con la disolución del grupo pero si corresponde a uno de los de afuera, desemboca en descuartizamiento, festín y crítica especializada.

Suele ocurrir que el culto protestante tenga un conocimiento ilustre. Es fácil saberlo porque su sistema de lenguaje le obliga a pronunciar el nombre del susodicho cada once palabras exactas. Sólo lee los suplementos culturales para ver si lo nombran y cualquier culto a secas, que vaya al gimnasio o, peor aún, que haga un comentario relacionado con la televisión, así sea una referencia al control remoto, genera espanto y confinamiento al mundo de los ignorantes. Al reconocer que se ve televisión, no hay posibilidades de retorno.

Aquí va la noticia: quienes trabajan en cultura, quienes participan de ella y la disfrutan en todas sus formas, son lo más parecido que hay a un ser humano y, por esa similitud, tienen algún que otro defecto. El más fuerte es la adicción a la mirada del otro, le sigue de cerca la soberbia y, un poco más atrás, la envidia. No decimos que todos, ni que todo el tiempo, pero sí unos cuantos y, por un buen rato, sin darnos cuenta, somos cultos protestantes.

  

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