28/11/2022

BUSCANDO A CARLOS


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ANDRÉS GARCÍA

            No sabía bien de dónde había saltado, cómo se había sacado ese peso de encima, de qué manera se había desprendido de aquel saco de angustias y anhelos. Más bien era como ese despertar en donde uno todavía queda pegado a un sueño confuso, a una telaraña que va deshaciendo sus hilos a medida que una nueva ilusión va ganando el podio de lo real.

Le llamó la atención que el piso de pino tea no haya hecho ese ruido seco, que sus listones no crujieran en esa especie de bruxismo vegetal. Nunca le había llamado tanto la atención las betas de la madera, nunca las había visto con tanta claridad. Se arrodilló como un niño curioso y pasó sus adormecidos dedos por aquella superficie lejana. Se paró sin esfuerzo en medio de ese extrañamiento intenso. Sentía como si el tiempo hubiese distendido sus dimensiones logrando un eterno presente. Vio el escritorio con unas hojas manuscritas, la botella de wiski y el vaso junto a los cigarrillos y las pastillas, los biblioratos vacíos y el tacho de aluminio con cenizas recientes. No pudo evitar pensar en hojas quemadas por la desesperación y las lágrimas, por la inercia de un acto desesperado que era más simbólico que otra cosa. No alcanzaba a recordar qué, como un sueño que se escapa después de abrir los ojos, como un fantasma cayendo al vacío.

Había una falta de interés en explicarse cómo habían ocurrido las cosas, una especie de ataraxia existencial que lo convertía en un simple observador. Quizás fuese la levedad devenida después de haberse descolgado de aquel saco de angustias. No recordaba haber abierto la puerta, ni siquiera haberlo querido hacer, ni siquiera haber querido entrar para después salir. Simplemente bajaba las escaleras que llevaban al comedor mientras Fabián las iba subiendo. Pudo sentir las llamas de su enojo que lo envolvían como un aura escarlata, sus finos bigotes encumbrando los labios fruncidos de bronca, subía golpeando los escalones como en una marcha marcial, con los ojos desencajados y sus puños apretados. Pudo escucharlo proferir maldiciones y amenazas a pesar de no haber abierto su boca. Él quiso atajarlo pero Fabián siguió su camino ignorándolo como solo se puede ignorar a un padre. Los platos cayendo al piso, el vaso estallándose en la pared, Carla interponiéndose y abrazando fuerte a Fabián para detenerlo mientras Carlos pedía perdón ahí parado, los gritos y los insultos que llegaban desde algún lugar del tiempo, desde no sabe cuándo.

Al llegar abajo vio a Flopi y Lore viendo la tele con cara de espanto, de pesadilla pegada a la cara como una telaraña, de víctimas colaterales. Escuchó ruido a vidrios en la cocina, ahí donde estaba Carla envolviendo en papel de diario los restos de platos y vasos como si fuesen pedazos de recuerdos o astillas de vida. Lloraba con bronca mientras metía sus pedazos de vida rota en una bolsa negra como un sudario, mientras odiaba en secreto no poder haber hecho nada para evitarlo. Dejó la bolsa sobre la mesada y abrió la canilla. Él le dijo unas palabras para aliviar el momento pero ella apretó sus labios y se puso a lavar los platos en un silencio sepulcral. Pudo ver sus manos torpes, de uñas largas de manicure nunca taxi. Sabía que ponerse a lavar los platos era un síntoma de enojo extremo, de protesta feroz, para eso estaba Estela. Cómo pudo haber sido que le gritara así en el cuarto, que le tirara la valija para que se vaya dentro, para abortarlo de la casa. Toda la vida rota en un paquete de papel de diario, en un sudario negro que se llevaría el camión de la basura vaya a saber dónde. Ella que se había interpuesto entre Fabián y Carlos para evitar el desastre entre tanto vidrio roto, Carlos desgarrado en una angustia infinita de haberlo comprometido en aquel negocio y tener que explicarles que en un par de horas la policía los iría a buscar, que el juez no daría marcha atrás, que él no había querido que sea así, que todo salió mal después de las elecciones, que ya no había apoyo político.

El plato se rompió en sus manos cuando le pasaba la esponja. Carla gritó y se apretó la mano izquierda. Él se acercó a socorrerla pero ella salió rápido pasándole por arriba como hizo con Carlos después de contener a Fabián que había roto en mil pedazos contra la pared todo lo que los unía. Carlos que no sabía dónde estaba. Faltaba Carlos. Carlos, que había arruinado todo. En la planta baja solo estaban Flopi y Lore esclavas del televisor, y Carla que curaba su herida en el baño. Arriba se escuchaban ruidos en el cuarto de Fabián, seguro estaba preparando un bolso con mudas de ropa. El baño de arriba y el Playroom estaban vacíos, al igual que la habitación de las nenas. Carlos tampoco estaba en su cuarto, la cama estaba deshecha, la valija estaba en el piso debajo de una montaña de ropa suya. La puerta del escritorio estaba cerrada a pesar de que ahí fue donde escribió la carta declarándose culpable, ahí fue donde quemó los papeles que comprometían a Fabián a pesar de que otras copias lo condenaban en las estanterías de una contaduría, ahí sintió el nudo en la garganta que lo hizo oscilar durante unos cuantos minutos.

Todo indicaba que Carlos estaba ahí, pero no se atrevía a abrir la puerta. Quizás se hubiese ido sin nada, prófugo de la justicia pero no, estaba la carta y el nudo en la garganta y las luces azules que destellaban intermitentemente por la ventana, y el timbre insistente y Carla que abre para que la policía irrumpa con órdenes de detención y allanamiento. Y Carlos que no aparece y las nenas que lloran mientras ven salir esposado a Fabián mientras él mira desde arriba y espera que los policías suban a requisar la planta alta. Pero la puerta del escritorio está cerrada con llave por dentro. Carla llora mientras un policía ordena que abran la puerta sin recibir respuestas. Él la quiere abrazar para consolarla y decirle que todo está bien, que Carlos se va a entregar, que escribió una carta y… El policía abre la puerta de una patada, Carla se agarra la cara con ambas manos y cae de rodillas en un llanto espasmódico. Y allí estaba él, ahora se recordó bien, después de escribir la carta y quemar los papeles y el wiski con pastillas y el lazo donde colgó sus angustias, ese nudo en la garganta que dejó sin aliento a Carlos mientras sus piernas pataleaban en el aire y su cuerpo se hacía menos pesado y sus recuerdos se perdían en un pozo oscuro por el que cayó su vida hasta desprenderse de ese saco de carne y caer en ese piso de pino tea que extrañamente no hizo ningún ruido bajo sus pies

  

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