01/11/2021

CAMPERA DE JEAN AZUL


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

      La madre de Juan era muy cuidadosa de que su hijo no pierda el tiempo. 

Por ese motivo y a pesar de que este ya tenía 12 años de edad, lo traía y llevaba a cada uno de los lugares donde asistía (las clases de dibujo e inglés, la escuela, y las clases de Karate) no sea cosa de que se distrajera y perdiera el tiempo en el camino observando una puesta de sol o buscando en la vitrina de un kiosco algunas de las figuritas que le faltaban para completar su álbum y así conseguir como recompensa una mítica pelota de fútbol. 

Nunca existía momento para perder, toda su vida estaba cronometrada por las obligaciones y deberes que dictaminaba su madre y su abuelo materno quién también compartía la pasión de ahorrar horas en una cuenta árida de sorpresas. Pero, al salir de una clase de karate, la secretaria del lugar le informó que su madre le dejó como recado que regrese solo a casa ya que se le había superpuesto una obligación de trabajo a la de ir a buscarlo y que había optado por cumplir la primera.

Su madre había fallado (nunca se le mezclaban los trámites del trabajo con los trámites familiares), oportunidad para él de ganar ese tiempo de regreso para perderlo. La falla de ella era un acierto para su anhelo de tomar un fugaz pero eterno descanso de esa vida donde cada segundo debía tener una relación unívoca de productividad y esfuerzo con el siguiente. Donde reír, llorar e incluso dudar debían ser actos que puedan justificarse coherentemente en una lógica utilitarista.

No sabe bien porqué, pero recuerda especialmente que en ese momento tenía una campera de jean azul y que fue caminando lentamente al almacén de don Néstor a comprar un Naranjú (bebida de naranja de ominosa procedencia contenida en un inefable sachet de plástico pero que al ser prohibida por su abuelo y su madre comportaba para él el más dulce elixir de transgresión y liberación) 

Luego, en el kiosco de Cristina, pasó quince minutos (que para él significaron todo el tiempo del mundo) buscando una figurita que le interesaba especialmente para su álbum, empresa que no dio buenos resultados, pero la misma adrenalina de la investigación fue para Juan una causa exquisita de vértigo y hasta de culpa. Por último, mientras caminaba las últimas cuadras hasta su hogar, repasó mentalmente la enseñanza de ese día en la práctica de Karate: el Ikken hissatsu (aniquilación de un solo puñetazo) técnica usada en ese arte marcial para reducir al oponente de un solo golpe.

Su vida continuó, su pasión por el karate también, pero se casó y comenzó a trabajar en la empresa de su suegro de venta de relojes.

Odiaba trabajar con su suegro, no había un resquicio en el negocio para descansar ya que la labor era constante. Cuando no había que vender, había que hacer trámites administrativos, sino resolver problemas entre los empleados, o llamar a los proveedores, o ir al banco, y  si no había nada que hacer su suegro encontraba siempre para él una función para que “no pierda el tiempo” haraganeando en su despacho.

El único momento del día que compartía con su mujer eran los veinte minutos que duraba la cena, ella comía en silencio y él sólo le decía que el trabajo en la relojería estaba llevándolo a la muerte. 

Que por no perder tiempo (buscando trabajo de otra cosa) estaba perdiendo su vida. Ella permanecía en silencio, negaba con la cabeza, dejaba la servilleta a un costado y se iba a dormir, así durante veintiséis años.

Él sabía por qué ella negaba lo que para él era lo más valioso en su vida: volver al Karate y dejar de trabajar con los relojes. Su mujer era psicóloga y, para ella, lo del arte marcial era una inmadurez, un volver a la infancia olvidándose de las obligaciones del presente y del puesto estable y confiable en la relojería. Pero ella no le decía nada, sólo negaba con la cabeza, se levantaba y se iba… así durante veintiséis años…

Por recomendación de su esposa y de su padre (el dueño de la empresa familiar) empezó a asistir a un psicoanalista. Su queja se hizo permanente en las sesiones, agregaba además que ya no soportaba el ruido del tic tac que inundaba todos los ambientes de lunes a sábado en su ámbito laboral. Sólo cuando dormía parecía el tiempo tener otro tiempo y entonces soñaba con el espíritu del karate, donde cada encuentro con el oponente es un encuentro consigo mismo, donde podía recobrarse en el afuera de su presente, en su cara manchada de Naranjú buscando aquella figurita que brillaba por su ausencia.

Pero durante también veintiséis años el psicoanalista le decía que su “capricho” por el arte marcial oriental era una inmadurez, que debía aceptar la frustración de que el tiempo para practicarlo había terminado, que era una nostalgia neurótica de lo que nunca fue.

Juan pensaba en suicidarse, sabía bien cómo hacerlo, las disciplinas orientales también ayudan en ese sentido.

Su mujer seguía sin hablarle, negando con la cabeza y yéndose a la cama del mismo modo, todas las noches.

Para apaciguar su sufrimiento seguía en análisis pero el psicoanalista seguía con que no podía tolerar la castración de aceptar que ya no es un niño, que no debe perder el tiempo, que el trabajo en la relojería de su suegro es algo útil, que un hombre debe hacer lo posible y renunciar a lo imposible.

Aunque su vida era cada vez más organizada,  empezó a desconocer el sentido e incluso el significado de lo que pasaba en ella, simplemente no entendía qué hacía, aunque lo hacía puntualmente y sin fallas.

Un día de tantos donde el analista insistía con que el tiempo para retomar el karate había terminado, para luego levantarse en silencio e invitarlo a salir (no sin antes cobrarle) Juan quedó por un segundo observándolo al lado del marco de la puerta: Un Ikken hissatsu estampó cual figurita al analista contra la pared, la sangre parecía correr indiferente al cuidado estético que el profesional tenía por su consultorio hasta alcanzar al título que por causa del golpe se había caído al suelo. 

A nuestro protagonista se le hizo imposible registrar cuánto tiempo tardó en bajar las escaleras del edificio donde trabajaba (o trabaja) su psicólogo. Pero, por primera vez, después de años y años, sintió que había hecho algo con algún sentido.

Lo que no pudo entender es por qué ese día, a pesar del calor, tenía una campera azul de jean.

  

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