06/09/2020

ELENA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

       Esperaba a su acompañante sentada siempre en la misma silla, a la misma hora, el mismo día. Cuando este llegaba le comentaba siempre las mismas anécdotas: qué había almorzado, quién cumplía años esa semana en el psiquiátrico, cuántos colectivos de la línea 25 logró observar desde su ventana, cuántas veces la misma voz, siempre la misma voz, la había insultado mientras se bañaba.

El profesional conocía de memoria tanto el contenido como el orden de cada una de las vivencias que comprendían el mantra semanal de su relato. Respondía, como siempre, asintiendo con su cabeza, para luego invitarla a pasear por el jardín del hospital, caminata que se realizaba siempre por los mismos senderos bordeados de rosales.

Una vez terminado el encuentro, el acompañante se tomaba el 25 para regresar a su casa. Inadvertidamente, una tarde de verano, descubrió que cada vez que sacaba de su bolsillo las monedas para pagar el viaje de regreso, extraía mágicamente el importe exacto para pagar el mismo. Nunca se equivocaba, siempre, pero siempre, su pulgar y su índice tomaban una moneda de un peso y otra de 25 centavos, ni una más ni una menos…

Cuando llegaba a su casa de visitar a Elena almorzaba su plato de ravioles y luego se bañaba. También descubrió que antes de meterse debajo de la ducha nunca verificaba si había jabón en la jabonera, sin siquiera observarla, sacaba de ella el mismo jabón azul, el cual estaba cada vez en la mitad de su uso, ni un poco más ni un poco menos.

Se le ocurrió pensar que esta repetición de eventos los días en que visitaba a esta paciente se debían a una mera casualidad, por lo cual intentó jugar con el destino de esta manera: cada vez que regresaba de visitarla intentaría modificar esas “casualidades” de su quehacer cotidiano.

Entonces, la semana siguiente, al despedirse de Elena tomó otra vez el mismo colectivo pero esta vez intento extraer de su bolsillo más monedas que de costumbre, como para quebrar esa racha enigmática; pero no lo logró. No había en el bolsillo de su pantalón más que dos monedas, las únicas: una de 1 peso y la otra de 25 centavos.

Cuando llegó a su casa intentó comer algo distinto a lo que comía siempre que regresaba del Moyano, pero se fijó en la heladera y no había otra cosa que lo mismo: una bandeja de ravioles.

Luego de comer, sintió (una vez más) la apasionante necesidad de lavar las marcas de monotonía que sentía que le quedaban en la piel, luego de escuchar el relato de su paciente. Pero esta vez, elegiría otro jabón, uno nuevo, no el mismo con el que se bañaba cada martes. Pero no había otro en toda la casa, sólo estaba el mismo jabón azul, siempre por la mitad, en la jabonera de siempre. Tanto sus costumbres, como los objetos de su hogar, se disponían, luego de visitar a Elena, fatalmente de la misma manera. Reflexionó que sin darse cuenta, durante la semana, organizaba todo (las monedas que dejaba en su bolsillo para viajar, la comida en su heladera, etc.) como para que ese martes sea igual al de la semana anterior.

Preocupado, efectuó un llamado a su psicólogo para comentarle del hecho y el analista le respondió (una vez más a lo largo de 6 meses) que esa preocupación ya se la había trasmitido el mismo día de la semana pasada. Cortó y llamó a su novia para decirle que pensaba que se estaba volviendo loco y esta le dijo que esa preocupación ya se la había transmitido el mismo día de la semana pasada.

Llegó a la conclusión de que la aterradora insistencia de la paciente en narrar inefablemente lo igual de lo igual estaba afectándolo de manera irreversible, por lo que resolvió llamar al hospital y aclarar que ya no seguiría trabajando con ella. La respuesta de la secretaría del servicio fue contundente: “eso mismo me lo dijiste a la misma hora el martes pasado y una hora después me llamaste para arrepentirte de la decisión”. Estas últimas palabras le sirvieron para reflexionar y una hora después llamó para arrepentirse de su anterior decisión…

El martes siguiente mientras viaja hacia el encuentro con Elena se preguntó que era más siniestro; que los fenómenos cotidianos se desplieguen siempre del mismo modo o que por el contrario varíen vertiginosamente, sin control alguno por parte del sujeto…

Antes de bajarse del colectivo, como era su inevitable costumbre, dirigió su rostro al espejo trasero del ómnibus, pero esta vez no vio su cara sino la de Elena…

Ese día la paciente no lo esperó sentada en aquella silla de siempre…

  

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