30/11/2022

MEMORIAS ENFERMACIONALES


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

            Edgar Morín es un filósofo francés nacido en 1921 que se interesó en el problema del conocimiento en las ciencias, aportando su epistemología de la complejidad y siendo especialmente crítico a lo que llamó “modos simplificadores del conocimiento”.

En “Introducción al pensamiento complejo”, hace referencia al nacimiento de la modernidad y de la ciencia moderna ubicando a la dualidad cartesiana entre sujeto y objeto (res cogitans y res extensa) como fundantes tanto del método científico moderno como de la ideología hegemónica afín a esa concepción científica.

Esta dualidad supone un sujeto en una interioridad (res cogitans) y un universo objetivo por fuera de esa interioridad (res extensa.) Esta  disyunción supone que para alcanzar la objetividad de los fenómenos estudiados el investigador debía dejar de lado todo aquello que siendo sus procesos particulares pudieran desdibujar su rol de neutralidad y asepsia metodológica.

Entonces la ciencia se presentó como una disciplina garante de la posibilidad de presentar resultados de procedimientos no contaminados por cuestiones como la política, la ideología y la fantasmática (modo de diseño particular de la realidad y el deseo)  del científico.

La comunidad científica sería el nuevo garante de un saber irrefutable, total e infalible.

Sabemos también que, por ejemplo, los desarrollos de la física moderna dieron lugar lugar a posiciones epistemológicas divergentes en diferentes campos del conocimiento donde se postula que el “deseo del investigador” es una variable ineludible para analizar el objeto estudiado.

Paradigma (distinto del positivista) donde el observador y sus circunstancias de trabajo hacen al objeto de estudio, no pudiendo escindirse en el análisis de sus demostraciones la teoría que lo orienta y su ideología, sus ambiciones  y expectativas.

Sumemos a lo anterior que cierta dosis de incertidumbre es inherente  a toda teoría; todo sistema lógico decanta un elemento irreductible a su estructura de coherencia no perdiendo por eso su razonabilidad explicativa.

Pero sucede que la hegemonía ideológica sigue sosteniendo aquellas premisas de objetividad y neutralidad suponiendo al científico como a un ser apolítico, sin intereses económicos ni compromisos de clase, que ve las cosas como son y que no hay elementos ni azarosos ni clasistas en sus “papers”.

Entonces, para Morín se constituye un modo de oscurantismo diferente al que existía antes de la modernidad consistente en una creencia ciega en mitos y dioses.

Ahora se cree fanáticamente en un saber que se dice superado de todo misticismo y exento de paradojas y de incertidumbres.

“Si lo dice la ciencia”… es el clisé que sustituyó a: “es palabra de Dios.”

La ciencia avanza sin una reflexión crítica y efectiva sobre su proceder ya que se la cree impoluta y soberana.

Este avance supone efectos impredecibles y peligrosos ¿pero acaso no se culparía de grave herejía a quién osase oponerse a su evolución por atentar contra la libertad y el desarrollo humano?

Particularmente, la ciencia informática avanza plenamente en la acumulación, elaboración y síntesis de la información acumulada en los diversos soportes tecnológicos existentes, recolectando un saber sutil y complejo respecto a todas las actividades humanas.

La memoria se convierte entonces en el insumo de un gran negocio industrial, una mercancía logarítmica que como todo sistema de recuerdos orienta el porvenir en una determinada dirección, en articulación y connivencia con el poder real.

La memoria informacional como un sistema automático de retroalimentación de información ajusta de manera cada vez más sutil las conductas humanas haciéndonos creer que nuestros consumos y deseos son el efecto de determinaciones tanto autónomas como espontáneas.

Nuestra propuesta es rescatar aquello donde este sistema, que no puede pensarse a sí mismo, fracasa para proponer otros recuerdos, espacios vacíos donde reencontrarnos en un futuro inesperado.

  

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