28/11/2022

QUE NO SE LA LLEVE EL VIENTO


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ARIEL STIEBEN

…”Si olvido mis hijos cargarán la ira

     Si no olvido le pongo nombre a la justicia

     Y a ellos

      Les nacerán alas. “            

(“Futuro” , Valeria Varas.)

 

      Hemos recibido un duro legado; saber en la plena dimensión de los cuerpos, desde la razón y la pasión, que el verdadero cementerio es la memoria. Entonces también es espacio donde  indagar e investigar. Activa la conciencia diciendo que existe un discurso de resistencia, mantenido en los peores momentos del desgarro social, con sus pérdidas y derrotas que a veces no superan la articulación de un grito; pero que por encima de la fragilidad y lo fugaz de los hechos humanos sigue siendo un territorio heroico.

Nos descubrimos entonces en la lectura de un deber ser, de sustancia ética y cumplimiento político; procurar que los acontecimientos lastimosos de la historia que se obstina como tragedia, sean puestos en un contexto humano, para recuperar su significación completa.

De otro modo, el cúmulo de desgracias de quienes nos anteceden, su acción y vocación, sus sacrificios y entregas, frente a la tierra arrasada que caracteriza al poder, se convierten no en estímulo de vida y de lucha, sino en carga feroz que nos consume y paraliza.

Se trata de construir la historia. Se trata de la memoria y la conciencia. Se trata de enfrentar a un poder que reproduce y magnifica los estatutos de la mortificación.

Es que más allá de los saberes, riquezas, dogmas y armamentos que lo encubren, el capitalismo sigue siendo la dimensión social de la muerte; según los flujos y reflujos de la ciénaga de cada época.

La época que nos ocupa, impensable y grotesca sin el tiempo de los asesinos que la precede, acaso ya fue superada en su gestualidad y retórica, pero sigue presente en la destrucción causada sobre el cuerpo social.

 

La apropiación de la memoria se traduce en la búsqueda de legitimidad de las clases dominantes levantando una neblina senil sobre la clase oprimida; a esta última, se la expropia de su historia, arrasan con sus recuerdos, desaparecen a sus muertos, hacen invisibles sus luchas. De esta manera la burguesía impone como consecuencia de un relato histórico una construcción a medida de las clases dominantes.

La memoria de la clase dominante se presenta a través de la belleza impúdica de sus mentiras, es lo que constituye la historia oficial,  que como la película se niega a reconocer la brutalidad y el horror sistemático del que son capaces, aunque los muertos los acusen, aunque oculten en elegantes  vestuarios la guadaña que intentará degollar al cordero cuando se transforme en león.

 

Este fetichismo de la memoria es reflejado por todo el espectro político burgués de manera desvergonzada. Los partidos patronales se ufanan de haber derrotado a la dictadura con una boleta, un lápiz y un papel, instalando un discurso autocomplaciente de una transición en la medida de lo posible, transición – traición que pagó el pueblo a costa de la desmovilización del movimiento popular con delaciones y extorsión de por medio, para que los burócratas amoldaran el culo al tibio asiento del poder; traición que se asentó sobre el cadáver y tortura de sus propios militantes.

La apropiación histórica, la recreación de la historia oficial es el territorio donde se congregan los sectores políticos oficiales, haciendo eco de un relato que no se diferencia mucho entre uno u otro partido político, maestros del equilibrismo, de la conciliación de clases, de sus paladines políticamente correctos.

Esto no solo obedece a la impostura y la tibieza o a la falta de carácter de los personajes en cuestión; sino que es un compromiso total con una historia construida a la medida de los vencedores. Vale esto también para la izquierda.

 

Hablar de la memoria en el espectro liberal, es hablar de un alzhéimer parcelado, capaz de mirarse en el espejo sin quebrarlo, y aún así, asombrarse de su desfiguración. En fin, una historia de superación personal, una enseñanza de libro de autoayuda.

La derecha torturó, violó, asesinó, masacró y pauperizó a este país. Quizá no haya delito que no hayan cometido desde las raíces de su árbol genealógico, pero ahí se mantienen con su verborragia, con sus tics nerviosos, con su tufo maloliente, con sus personajes vetustos, con sus gárgolas de la dictadura en vidriera, con sus saqueos descarados al Estado llamándolos privatizaciones, intentando fundarlo todo en un supuesto éxito económico, donde campea la desigualdad, el trabajo precarizado, es decir la miseria entre bastidores.

La derecha exitista y su permanente reconfiguración frentista ha convertido la historia de este país en un outlet, donde el pueblo ha pagado en cómodas cuotas mensuales con su sangre las cirugías estéticas de este monstruo. La ventaja histórica de la derecha sería su capacidad de conseguir el éxito económico, más su único éxito ha sido la masificación de la cultura del shopping.

 

En las catacumbas de la historia está la memoria de la clase trabajadora. Es la memoria de una práctica política a favor de los oprimidos, es una memoria que se resiste a ser expropiada: es herramienta que ofende, que se acumula y recupera constantemente para un día saldar las cuentas de la historia oficial.

Sobre esta fuerza subterránea cabalgan nuestros mártires, nuestras fechas fuera del calendario oficial, nuestras prácticas fuera de la legalidad burguesa, nuestras esperanzas fuera de lo que se nos repite que es posible.

Son muchas las víctimas que han perdido la conciencia del derecho y la propia dimensión de la vida.

 

En la noche posmoderna que se ha tratado de imponer sobre nuestra memoria, es necesario repetir los nombres de los ausentes cada vez que sea necesario, hasta el cansancio; llevar sus banderas en cada palabra y en cada acto, escribir nuestras paredes, reescribir y estudiar nuestra historia, forjar una nueva cultura política organizativa que amalgame lo mejor de las mejores generaciones de luchadores y encontrarlos y encontrarnos con quienes hoy despejan el camino y muestran el sendero.

  

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