28/11/2022

LA HERMANDAD DEL CINE LARA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por FERNANDO ROCHA          

Led Zeppelin :The Song Remains the Same

 

Durante once años ininterrumpidos, algo más de quinientas funciones y tres gobiernos distintos—dictadura militar, Alfonsín y Menem—La canción sigue siendo la misma, la larguísima película de Led Zeppelin, trabajó especialmente con la juventud amante de la música rock al punto de transformar el espacio que el cine Lara ocupaba en el 1221 de la Avenida de Mayo en una cápsula que orbitaba según su propio sistema, casi ajeno a cualquier interferencia exterior. Si en los primeros años fue el ansia de ver algo de Zeppelin en vivo—“Ahora, los fanáticos porteños podrán oír el sonido salvaje del grupo desde la banda sonora”, dijo Clarín entonces-, con el correr del tiempo los chicos de la trasnoche terminaron de armar su propia película. Tuvo su primera función el 16 de septiembre de 1978 y la última, el 30 de diciembre de 1989.

 

Los ciento treinta y siete minutos que mezclan una noche de Zeppelin en el Madison Square Garden de Nueva York con los “pasajes fantásticos y delirantes que describen la vida privada y la personalidad del afamado conjunto inglés”–léase: Robert Plant capitán de un navío galés o un Jimmy Page vuelto druida—aterrizaron a todas luces en Buenos Aires en el cine Lara el 24 de mayo del 78 y en pocas semanas dieron con el ring de sus trasnoches rockeras. Allí, La canción es la misma, le ganó a todas: a The Wall (Select Lavalle), Woodstock (Ritz de Belgrano), y Tommy o Yessongs (Arte). No hay lugar en el mundo donde haya estado tanto tiempo en cartel. Al punto que en su visita de 1995, Page y Plant quisieron conocer esa fuente de mitos que supo ser el Lara, en un edificio hecho a imagen y semejanza de Madrid.

 

“Volumen a fondo y parlantes traseros”. Esas fueron las instrucciones que recibió Jorge Plata (52) cuando se hizo cargo de proyectar la película. Hoy, atrincherado en el cine Lorca, el hombre de impecable uniforme abre la puerta de la trasnoche. “La puta madre, es increíble lo que pasaba con esa película. Yo no entendía nada, nunca me había llamado la atención el rock. Pero esa primera noche cuando largué el rollo y escuché a seiscientos monos gritando desaforadamente, quedé loco”. A tal punto que este tanguero, al que los zeppelines (así recuerda a los fans) le gritaban “gallego, no cortés la película”, se tomó durante tres meses el trabajo de armar una copia con las dos disponibles que tenía Warner sólo porque “había un salto de tres cuadros en Escalera al Cielo, que es el mejor tema”.

En los siete años en los que Plata fue, sencillamente, “el gallego que pasaba la película”, desfilaron: una chica que improvisó un strip tease en la primera fila, nubes de humo que escapaban por el techo corredizo del Lara y baldazos de agua que bajaban desde los pisos vecinos, pibes que se quedaban “desmayados” en la sala y eran cuidadosamente depositados en la puerta, cirugía mayor en las butacas y una banda de Valentín Alsina que quiso entrar con las motos al cine.

 

Las quejas de la Asociación Amigos de la Avenida de Mayo llevaron a los dueños del cine a prohibir que se fumara en la sala y con eso se fue parte del ritual que transformaba cada trasnoche en un territorio liberado. En las últimas temporadas, dos policías de civil caminaban por los pasillos para evitar desbordes. La convocatoria fue bajando hasta que se decidió levantar el film, aún cuando los derechos habían vencido. “Cuando nos tocó limpiar las fotos de los vidrios se nos caían los lagrimones. Yo quise guardarme algo pero se rompió todo, habían estado pegadas once años”, dice Plata.

 

Once años en un cartel que fue de Jesús de Nazareth a Batman, y en los que se produjo un fenómeno inédito hasta entonces: gente que le hablaba a la pantalla y que en voz alta, a los gritos, armaba y desarmaba un guión inexistente o suponía que en el proyector había un gallego, en Jimmy Page un brujo y en el manager un gordo hijo de puta. Tipos que, siempre, habían visto la película una vez más que todos los demás.

  

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