06/09/2020

LA PESTE Y DANIEL DEFOE, LA MUERTE Y FURIBUNDO TEMPO


 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

“…la infección se conservó en seres aparentemente sanos y fue transmitida a otros con los que los primeros mantuvieron relaciones, sin que ni uno ni otros lo advirtieran.

          Grande fue el enloquecimiento que causó esta revelación. Y la gente, cuando se convenció de que la infección se propagaba de tan sorprendente manera por personas que parecían sanas, comenzó a volverse miedosa y a asustarse de todos cuantos se le acercaran. Un día, en una ceremonia pública –ya no recuerdo si era o no domingo- en la iglesia de Aldgate, el coro se hallaba colmado de fieles y una asistente creyó de pronto sentir el olor de la enfermedad. De inmediato se figuró que la peste estaba en su banco; le susurró su idea o su sospecha a su vecina, se levantó y se fue. La sugestión se posesionó de la segunda persona, y en seguida de la tercera, y muy luego de todo el mundo. Y todos se levantaron y salieron del templo. Los bancos iban quedando vacíos. Nadie sabía que había ocurrido ni por qué…”

 

 

“Diario del año de la peste”, la obra de Daniel Defoe publicada en 1722 tiene una aroma inconfundible que uno asocia a Don Gabriel García Márquez, sin buscar demasiado, enseguida asoma un guión escrito por Gabo para adaptar la obra a una película de ciencia ficción. Si no fuera por el detalle temporal es difícil pensar que Daniel desconocía el cuento de Don Gabriel “Algo muy grave va a suceder en este pueblo” cuando escribió el párrafo que encabeza esta nota.

El diario parece que lo escribió el tío de Daniel, Henry Foe. Pasaba que en 1664 él todavía era un pibe y unos cuantos años después noveló el horror de la peste. Este artesano de los detalles también escribió Robison Crusoe y después de 298 años apelamos a su mirada para explicar lo que nos pasa hoy. Es patético confirmar que siempre fuimos los mismos miserables. Foe o Defoe, que era como le gustaba llamarse, se encargó de describir prolijamente todas las calamidades de la peste. Hacer alguna referencia a estos aspectos de la epidemia es redundante, con el riesgo de caer en una ridícula caricatura de lo hecho por el maestro.

Furibundo Tempo en su libro “Recuerdos mal estibados” nos invita a viajar en una extraña máquina del tiempo y nos lleva a Londres: “El año 1665 fue para Inglaterra un antes y un después, sus habitantes sufrieron uno de los desastres humanitarios más grande de su historia, sus enemigos lo adjudicaron a un “castigo divino”. La “gran peste” había llegado y arraso con la quinta parte de la población. El 2 y 3 de septiembre de 1666, nueve meses después que la peste había aflojado, otro desastre, el gran incendio de Londres.”

La particularidad del historiador barrial es que no solo cuenta los hechos de aquellas jornadas de terror derivadas de semejante desastre. El hombre relata una historia tangencial, impropia para un historiador, dado, que salvo algunos testimonios de dudosa procedencia, no hay ninguna prueba que acredite su punto de vista:

“Si quieren saber cómo moría la gente en Londres, consecuencia de la gran epidemia de peste en 1664/5, lean a Daniel Defoe, pero la verdadera historia, la trascendente, la que vale la pena, la que delata nuestras miserias es la historia de cómo trataron a sus muertos”, decía el viejo profesor sobre la peste de Londres.

“El miedo al contagio llevó a los asustados pobladores a encerrarse en sus viviendas por tiempo indeterminado, la cúpula monárquica con el Rey de Inglaterra e Irlanda a la cabeza y los que tenían casas de campo se rajaron de la gran capital. Miles de almas vagaban por las desiertas calles, nadie podía verlos ni tocarlos, pero estaban ahí. Buscaban a su gente y cuando encontraban a alguien conocido le hablaban, se dejaban ver, se metían en sus sueños reclamando memoria. Sin embargo nadie daba cuentas de los fantasmas de Londres, los vivos estaban tan ocupados en sobrevivir, que nadie pensaba en los muertos. Fueron ellos los que le dijeron entre sueños a unos doctores como se transportaba la enfermedad”

Este asombroso episodio Daniel Defoe lo cuenta como un detalle, sin embargo deja un mensaje para la posteridad:

“…los que se quedaron o debieron quedarse en la ciudad tienen la obligación de permanecer en donde están y no andar de un sitio a otro para volver, al cabo, al punto de partida, porque lo que esa gente transporta en su ropa es la peste, el azote, la calamidad.

De ahí que se nos ordenara matar perros y gatos y cuanto animal doméstico pudiera andar de casa en casa, de calle en calle, llevando en su piel o en su pelambre los efluvios de la enfermedad. Apenas comenzó la epidemia, el Lord Mayor y los Magistrados decretaron que, por opinión de los médicos, todos los perros y los gatos debían ser inmediatamente sacrificados; un oficial vigilaría el cumplimiento de la orden.

Si hay que dar fe a los informes, el número de animales destruidos fue increíble. Llegó a hablarse de 40.000 perros y de 200.000 gatos, pues pocas eran las casas que no tuviesen un par de ellos, y a veces cinco o seis. También se hicieron todas las tentativas posibles para desembarazarse de ratas y ratones, sobre todo este último, y con tramperas y venenos se destruyó un número prodigioso.

A menudo he pensado de qué modo, en los comienzos del azote, todo el mundo se encontraba desprevenido y cómo el desorden que siguió, y que habría de cobrarse tantas víctimas, provino, en parte, del hecho de no haber tomado a tiempo las medidas necesarias, tanto en el caso de la administración pública como en el de los particulares. Que las nuevas generaciones reflexionen; les servirá de advertencia y garantía, porque de haberse adoptado las medidas necesarias, y contando con la ayuda de la Providencia, muchas de las víctimas de aquel desastre habrían podido salvarse. He de insistir en este punto…”

Como dice Tempo, y también la historia, un año después de la peste llegó el gran incendio. Cuando la plaga amainó quedó la devastación. El panorama era desolador, en un recodo del Támesis habían improvisado una fosa común donde apilaron decenas de miles de cadáveres que fueron arrojados con premura por los enterradores. El miedo al contagio y la velocidad con la que se deshacían de los cuerpos se la describió con un “harry up”, que pasado el tiempo derivo en Hurlingham.

Pero veamos que dice Furibundo sobre el descontento de los fantasmas: “Como todo el mundo sabe, el espíritu de los muertos deambula en los lugares donde vivió una vida carnal, su existencia depende de la memoria de quienes lo conocieron, cada recuerdo es una inyección de existencia para los fantasmas. Su desaparición es gradual, a tal punto es así que recién cuando ya nadie lo recuerda el espíritu deja de existir. Pero el mundo de las tinieblas no tenía previsto que todo un pueblo pudiera sufrir una desmemoria colectiva en tan corto tiempo.

Aquí lo curioso. Ante la indiferencia de los vivos, los fantasmas, esperando algún recuerdo, se establecieron en ese recodo del Támesis y desde ahí libraron una porfiada batalla contra el olvido. Fueron ellos los que aconsejaron a sus seres queridos, en fugases apariciones, el uso de tapabocas para evitar las micro gotas que desprendían los enfermos cuando hablaban, también recomendaban no tocar tejidos infectados y ya habían alertado a los doctores sobre los transportadores de la peste. Es más, hay algunos testimonios que los indica como los probables responsables del gran incendio.

Muchos años después se comprobó que las recomendaciones de los fantasmas de Londres estaban celestialmente acertadas. Las precisas indicaciones, como todos sabemos, no fueron acatadas. La desesperanza invadió la voluntad de los fantasmas de Londres y ya no hablaron más con nadie. Fue así que los intelectuales de esa época se hicieron dueños de la palabra y responsabilizaron de todas las calamidades a los pobres”

“…La gente buscaba estar en compañía, y era sorprendente verla ir en multitud a las iglesias. Ya nadie se preocupaba por quien se sentaba al lado ni por alguna emanación desagradable ni por el estado de su vecino. Todos se consideraban cadáveres y acudían a los templos sin la menor inquietud y se sentaban juntos, como si su vida no tuviera valor alguno en comparación con el deber con que debían cumplir allí…”

 

Daniel Defoe deja muy claro en este diario del año de la peste, publicado en 1722, que los pobres son incorregibles:

“Imposible hacer nada en la cabeza de los pobres. Continuaron dando libre curso a la habitual impetuosidad de su temperamento, lanzando gritos y lamentos si ya habían sido afectados, pero alocadamente despreocupados, temerarios y obstinados mientras se sentían bien. Cuando encontraban algún trabajo, se arrojaban de cabeza en la tarea que fuese, la más peligrosa, la más susceptible de infectarlos. Si se les advertía, contestaban: “Debo tener confianza en Dios. Si me enfermo, Dios proveerá, y será el fin de mi miseria” Y así por el estilo. O bien: “ ¡Y qué! ¿Qué debo hacer? No puedo morirme de hambre. Tanto da morir de peste como de privaciones. No tengo trabajo. ¿Qué puedo hacer? Tomar esto o mendigar. “. Y se trataba de enterrar muertos, de atender enfermos o de vigilar casas infectadas, ¡ocupaciones terriblemente arriesgadas! Su historia era siempre idéntica. La necesidad alegaba ampliamente en su favor, es cierto, y ninguna otra excusa podía ser mejor. Pero hablaban igual cuando las necesidades cambiaban.”

La mirada del historiador de barrio pone especial atención en estas almas en pena que deambularon dos siglos por la niebla de Londres, a medida que transcurría el tiempo los fantasmas eran una seria molestia para los pobladores, la exigencia de memoria no tenía sentido, ya nadie los conocía. Los caballos atados a los carruajes estaban permanentemente inquietos y más de una vez se desbocaban y emprendían peligrosas galopes por las calles atestadas de gente. Los perros aullaban y ladraban toda la noche. Las macetas caían de los balcones sin que nadie las toque, algunos miserables tuvieron inexplicables accidentes…

Parece que la desaparición de los fantasmas se debió a una combinación de la naturaleza y una decisión del Rey, así lo cuenta Furibundo: “El pasto había crecido de una manera desmesurada en aquel terreno donde habían sepultado a casi treinta mil londinenses, varias filas de árboles en todo el perímetro custodiaban desde gran altura el trabajo que hacía la naturaleza en el predio. El Rey un día ordenó hacer un parque y lo que había sido un cementerio se transformó en el Hurlingham Park. En 1874 nació en ese lugar uno de los clubes más exclusivos del mundo, el Hurlingham Club. Los fantasmas desaparecieron de un día para otro. Es evidente para este escriba que los parques hacen desaparecer a los espíritus que reclaman memoria.”

Si hay algo que aprendimos, es que las casualidades no existen. Repasando las páginas del libro de Don Furibundo es inevitable pensar en nuestro pago, que también tiene un Hurlingham Club, que lleva el mismo nombre que el de Londres. El nudo que divide a Hurlingham, Morón y Tres de Febrero es una zona geográfica que congrega a la Primera Brigada Aérea de Palomar, el Colegio Militar y la mayor guarnición militar del País, Campo de Mayo.

 Las almas en pena, son como cinco mil, que todavía recorren toda la zona oeste reclamando memoria, esas almas pertenecen a los muertos de Campo de Mayo, esos que ejecutaron en los centros de detención del predio militar. Hurlingham, como todos sabemos, está poblada de fantasmas, que reclaman, exigen: memoria, verdad y justicia. Se les adjudica, además, casi todos los males que acontecieron en la zona, la caída de un árbol sobre los bustos de Roca e Isabel la Católica en la Plaza, es tal vez el más relevante.

Este cronista ha consultado al viejo historiador sobre la similitud de lo acontecido en Londres hace una pila de años con lo que ocurre en nuestro pago. El encuentro se produjo en “El farolito”, un viejo bar de Tesei ya desaparecido. “Es lo mismo”, dijo Furibundo mientras pedía una ginebra, “Está pasando lo mismo, en Londres empezaron los fantasmas a hacer lio porque nadie los recordaba, en los primeros tiempos los que conocían a los muertos estaban encerrados y con mucho miedo a morir, no podían pensar en otra cosa, pasado el tiempo no los conocía nadie, nadie los recordaba, el olvido y un parque finalmente ganaron una larga batalla.

La verdadera historia en estas calamidades es la de los muertos, ante un mínimo riesgo te apartan de tu ser querido y por miedo, cobardía o precaución no nos despedimos de ellos, y los dejamos a la deriva. Sin ir muy lejos en Buenos Aires la fiebre amarilla hizo un desastre. Dicen que los soldados que volvieron de la guerra donde se masacró a Paraguay trajeron con ellos a la enfermedad, una desgracia que tenía más que ver con un castigo celestial que con una fatalidad. A lo largo de lo que hoy es la avenida Corrientes pusieron una vía en tiempo record, y un tren, al que llamaron de la muerte, llevaba hasta la Chacarita a los fallecidos donde se los enterró. Curiosamente, ese lugar donde descansan esos seres anónimos, en su mayoría pobres, porque los ricos se habían rajado de la ciudad, hoy es un parque.”

Un camión que venía por Vergara dobló sin aviso, el 163 que volaba por Pedro Díaz se le hizo tarde para frenar y encaró la vereda, vidrio de por medio el paragolpes del colectivo quedó a menos de 20 centímetros de nosotros, inmediatamente pensé que algo superior nos había salvado, la frenada fue realmente milagrosa. Mientras el Mozo probaba si podía abrir la puerta con el bondi en la vereda, Furibundo le toco el hombro y le hizo seña para que le trajera otra ginebra. “El peligro es ese, creer que todo es promovido por los fantasmas. Mire muchacho, algunos llegaron a decir que los fantasmas personificaban a Luca y andaban tomando cerveza y ginebra con la gente, vio que casi todos en Hurlingham han tomado cerveza con Luca, pensándolo bien, eso puede ser… Pero decir que fueron los saboteadores de las bombas del puente de la Márquez es temerario, por lo menos, hay que tener en cuenta que llovió mucho, cinco metros de agua bajo el puente no se ve todos los días. Los políticos abusan, decir que son nuestros pobres fantasmas los que queman las lámparas del alumbrado público, o los que rompen las calles… peor aún, culparlos de poner esos carteles de “prohibido pescar” en los baches cuando llueve o decir que son ellos los que provocan desperfectos en los aviones de Flybondi es deslindar responsabilidades de una manera escandalosa. Son… almas en pena, eso son. Ya nadie los conoce, ya nadie los extraña y ellos seguirán reclamando memoria.”

 

Se ha desatado una pandemia y nuevamente los ricos se rajaron a lugares seguros, los que ponen el pecho son los mismos de siempre y nos sentimos más solos que nunca, nos han dejado abandonados. Estamos buscando alguna solución definitiva al COVID 19, seguramente la vamos a encontrar, mientras tanto tratamos de cuidar a nuestros seres queridos: Lávate las manos, mantén una prudente distancia, usa tapa boca. Un día de estos un científico se despertará con la cura en la cabeza, contará que fue como una revelación. Qué: ¿como no lo vio antes?

Necesitamos a Daniel Defoe y a Don Furibundo Tempo para que puedan, juntos, explicar nuestra etérea existencia. Cuántica, dirán aquellos que necesitan del rigor científico para abrir los ojos. Casualidad dirán los escépticos. ¡Milagro! Dirán los creyentes.

Nosotros seguiremos deambulando por los barrios donde nos vieron crecer y envejecer. Estaremos esperando, necesitamos despedirnos. Será un día de estos, en el que nos veamos por última vez. El abrazo será casi virtual, apretado, interminable… Después buscaremos un parque y cerraremos los ojos para siempre.

 

ALEJANDRO BRAILE

DIRECTOR

  

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