RUBÉN, EL SILENCIOSO

RUBÉN, EL SILENCIOSO

2020-04-04 Desactivado Por ElNidoDelCuco

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

Rubén era considerado el paciente más peligroso del hospital.

Cuando empecé a trabajar en el caso como acompañante psicoterapéutico lo primero que hice fue iniciar un relevamiento acerca del porqué de dicha fama de “loco malo”.

La médica a cargo del caso declaró que sus acciones eran “tan graves que no las lograba poner en palabras ni encontrarle explicación alguna”, motivo por el cual, al final, no me dijo nada acerca de lo que le estaba preguntando. A veces por querer decirlo todo sólo se logra decir menos que nada…

Dispuesto a recabar mejores datos, ya que temía por mi integridad física (no estaba dispuesto a trabajar con un paciente que pusiera en peligro mi vida) me acerqué al trabajador social de la empresa… digo del hospital, a los fines de que me trasmitiera un solo motivo por el cual a Rubén lo tienen encerrado en una celda donde le pasan la comida por debajo de la puerta (por eso la mayoría de las veces se le suministraba pizza) no se le permiten llamados y mucho menos salir a caminar por el jardín del hospital. El profesional inquirido me respondió que no entendía el motivo de tanta represión ya que las últimas conversaciones que llevó a cabo con él fueron no sólo positivas para el paciente sino también para el profesional mismo. Esto último me llamó aún más la atención, por lo que le repregunté acerca de qué manera hablar con un paciente catalogado de alta peligrosidad puede ser al mismo tiempo motivo de placer…

El trabajador no logró responderme nada… una vez más el silencio como respuesta…

No me quedaba otra alternativa que solicitar el permiso necesario para visitarlo en persona y sacarme las dudas, siendo que además debía trabajar con él todas las semanas y algún día debía ser el primero. Para lograr el permiso necesario tuve que recurrir a la médica antes citada quien a su vez me extendió un certificado que debí presentar a la comisaría del lugar.

Una vez en la seccional, el comisario Rodolfo Alberto Bigotes (realmente se llamaba así) me indagó si verdaderamente quería tomar el caso. Su preocupación no tenía que ver con mi seguridad sino con el hecho de que debía contactarse con un grupo de elite de gendarmería nacional para que me acompañe y realizara una guardia cada vez que me presentara ante Rubén y todo ese tramiterío era para él causa de más trabajo. Una vez más (y ya era la tercera) pregunté el motivo de tantos cuidados. Bigotes, mientras se acomodaba los anteojos negros, hizo un silencio, solo un silencio…

Una vez en el servicio, me encontré primeramente con el ya mencionado grupo especial de gendarmería, quienes se estaban comiendo la pizza (era casi la única comida que pasaba por debajo de la puerta) que iba a ser destinada para Rubén. Mi primera intervención fue entonces arrebatarle las porciones que quedaban para que el paciente no se pierda el almuerzo. La lucha fue encarnizada, los gendarmes defendían la fugazeta como si fuera su madre. Estuve a punto de perder mi vida pero no por el paciente supuestamente peligroso sino por los guardias fanáticos de la comida rápida.

Con motivo del conflicto antes citado debí ser hospitalizado y medicado, cuestión que tuvo un saldo más que positivo ya que debido a un ligero cuadro de insomnio y de micosis (cuando lograba por fin dormirme me ardía el pie y me volvía a despertar) hacía unos días que no pegaba bien el ojo. Las pastillas que debieron suministrarme para aliviar los dolores musculares lograron a su vez provocarme un sueño reparador de 10 horas. Lástima que en el sueño me veía una y otra vez, a la manera de una pesadilla, intentando recuperar una de anchoas de las garras de un oficial.

Al respecto, el insomnio era causado por ciertas problemáticas que estaba atravesando, las cuales me obligaban a pensar y a pensar. No sólo durante el día no encontraba un solo espacio de silencio sino que también durante la noche pensaba y pensaba sin un solo punto de silencio.

Irónicamente, los únicos silencios que encontraba eran provenientes de aquellos a los cuales les preguntaba el porqué de tanto temor al paciente a mí asignado (la médica del servicio, el trabajador social, el comisario Bigotes).

Al fin, logré entrar en la celda de máxima peligrosidad y me acerqué a Rubén. Le pregunté como se llamaba, hace cuanto que estaba internado, si tenía familiares, etc.

No me respondió…

Le pregunté si quería que me quedase con él o si prefería que me fuese.

No me respondió…

Su silencio comenzó a angustiarme, prefería en todo caso que manifestara de alguna manera su peligrosidad, pero que haga algo, que diga algo, que no se quede en silencio…

Decidí retirarme, la falta de palabras era insoportable para mí. En ese momento entendí que mi manía por pensar de noche y de día era para evitar ese silencio que Rubén me estaba revelando. Antes de irme, mientras abría el picaporte de la celda, Rubén dijo sus únicas palabras: “que puedas dormir bien”.

Esa noche no logré dormir un solo segundo, debía calmar el encuentro con ese silencio con más palabras que de costumbre. No podía dejar de reflexionar y de dar vueltas en la cama. Abordaba los más diversos temas desde un punto de vista y del otro sin llegar a conclusión definitiva alguna.

A la mañana siguiente, luego de guardar en un cajón secreto la jeringa con la que me inyectaba tilo y valeriana (lo cual no producía ni por cerca el efecto adormecedor deseado) se me vino la única reflexión lúcida en años de pensar al pedo: “El silencio de los profesionales del neuropsiquiátrico acerca de la peligrosidad de Rubén es por la peligrosidad de su silencio. Ellos, sin darse cuenta no encontraban otra forma de señalar la peligrosidad de su falta de respuestas más que con otra falta de respuesta”.

A la semana siguiente, debí entrevistarme con él y otra vez fui testigo de su actitud silente, inconmovible.

Por mi parte había aprendido a adaptarme a esa actitud impávida de parte de mi psicoanalista, pero del lado de un paciente me desorganizaba al punto de sentir que era yo quien enloquecía.

En cada encuentro, sus únicas palabras eran pronunciadas al momento de retirarme: “que puedas dormir bien”.

Mi miedo ante la falta de respuestas de la vida en general se iba acrecentando ante la falta puntual de contestaciones que cada semana Rubén desplegaba frente a mí. Mi compulsión a pensar para tapar esa insoportable sensación de estar bordeado permanentemente de un vacío atroz de verdades llegaba a límites caricaturescos.

Pensaba en cada uno de los pro y los contra de cada acción que debía emplear, lo que conducía a que no terminara haciendo nada. De todas formas (paradójicamente no me interesaba pensar en el porqué de este cambio) había comenzado a dormir mejor…

El último día que visite a Rubén le comenté apenas lo vi que tal como él me auguraba, mis problemas de insomnio se estaban resolviendo pero otra vez se quedó inconmovible, sin pronunciar enunciado alguno. Sin embargo, esta vez no intenté colmar con significaciones ni con la idea de una huída este espacio vacío que me regalaba vez a vez, sino que advertí que ese silencio no era de él sino mío y que había estado esperándome y buscándome a la vez… No puedo describir con vocablos la paz que sentí en ese momento y que me acompaña hasta ahora…

Rubén sonrió por primera vez mientras lo trasladaban a un neuropsiquiátrico de mayor seguridad.

 

  

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