21/06/2022

EL OXIDADO CASCO DEL NACIONALISMO


 

 

 

 

 

 

 

 

Por GERMÁN GOMEZ

           La primera imagen oficial de la “patria” llega normalmente en la escuela y los manuales. Los manuales, sobre todo los de secundaria, se sabe, no sirven para explicar a la gente cómo es la sociedad, sino cómo no es. La patria, la nación, el nacionalismo, ocupan mucho espacio en estos volúmenes llenos de datos inútiles. Son cosas que hay que “exaltar” (o sea, poner en alto), defender (con la vida) y amar (hasta la muerte). La Patria tiene sus figuras tutelares: el Padre  (de la patria), la Madre (patria) y los grandes hijos (de la patria), los próceres. Como un panteón religioso. La patria es ante todo una imposición. Algo que hay que sufrir.

Hay que comenzar a distinguir entre nación y nacionalismo. La primera es un hecho, la segunda, una ideología.  En realidad, el nacionalismo es más fácil de entender que la nación: la ideología que defiende el hecho nacional como realidad constituyente última.El nacionalismo se remonta a la construcción de las naciones. Las naciones no son eternas, todo lo contrario, son fenómenos históricos. Y el nacionalismo no es “natural”. No existe un gen que determine que uno es argentino, la nación y el nacionalismo no vienen en la sangre. Por el contrario, la nación es un invento.

La construcción de naciones es un proceso universal, es decir, no hay país en el mundo que no esté organizado de alguna manera que no sea bajo la forma de “nación”. Aunque se puede decir que existen países coloniales y semicoloniales, en los que lo que falta es, precisamente, su constitución como nación, ello no implica que estén fuera del fenómeno nacional, en tanto están en tránsito a constituirse como tales o siendo objeto del dominio de otra nación. Pero nunca por fuera de la nación.

Siendo un hecho universal, no por eso deja de ser histórico; cada nación y cada nacionalismo tienen su propia historia. En un sentido un tanto contradictorio, una nación es una universalidad acotada. La nacionalidad implica un movimiento doble  de inclusión y exclusión, de igualdad y desigualdad; iguales los que son, diferentes los que no. En un aspecto estrecho, una nación no es más que el coto de caza exclusivo de una burguesía exclusiva puesto que ella, la burguesía, inventó la nación y el nacionalismo.

Históricamente la creación de naciones sigue al capitalismo y avanza con la revolución burguesa. Lo primero que hace la Revolución Inglesa de 1644, la primera revolución burguesa triunfante a gran escala, es formar una república de iguales. La posterior reconstrucción de la monarquía inglesa dio lugar a esa fórmula extraña según la cual “el rey reina, pero no gobierna”. Es decir, el gobierno recae en el Parlamento, el refugio de la burguesía. Así, aunque pareciera que no ha cambiado nada, el mundo se ha trastornado. ¿Por qué? Porque el cambio no consiste en echar al rey, sino en transformar la sociedad.

La idea misma de nación implica la de igualdad. No puede haber una sin la otra, aunque sean reducidas a un grado mínimo. La universalidad acotada que es la nación, aparece como una comunidad de pares sin fisuras, aunque haya que mentir mucho para que aparezca de ese modo. El padre de los estudios sobre la nación, Renan, decía: “la esencia de una nación está en que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también que todos hayan olvidado muchas cosas”.

Es decir, la historia de la “patria”es una selección interesada, porque implica la existencia de lo seleccionable. Pero al mismo tiempo no es lo que dice ser, no existe como aquello que ella dice de sí misma: la falsa igualdad de los que comparten la nación, los ciudadanos, se confronta con la verdadera desigualdad en el mundo de las clases sociales. Luego de la Revolución Francesa, Francia es propiedad de los franceses, no del rey de Francia. Y cada ciudadano es igual a otro ciudadano. El laicismo se impone en la vida cotidiana y en el Estado. En esa etapa, nación se identificaba con revolución y por lo tanto con república y democracia. La nación tenía una definición política, no aludía al “espíritu” del pueblo, a supuestas peculiaridades nacionales como prueba de superioridad alguna. Era parte de la nación todo individuo libre.

A mediados del siglo XIX, cuando la burguesía ya no quiere revoluciones, entre otras cosas, porque no conviene despertar al proletariado dormido, el contenido de la idea de nación cambia. Se trata ahora de que cada pueblo es diferente y por lo tanto, potencialmente superior. Sobre todo en los capitalismos más débiles, la idea de nación empieza a volverse racista, xenófoba e irracional.

Es el camino que lleva directo al fascismo, pero que también está en la ideología de los blancos norteamericanos. La nación es ahora un espacio cerrado, que no se comparte sino con iniciados. Es una ideología funcional al auge del imperialismo; justifica la destrucción, la muerte y la masacre en las colonias  al  mismo tiempo que la guerra antiimperialista.

La Primera Guerra Mundial se hace en nombre de la “patria”, una verdadera masacre patriótica. De la Segunda, el nacionalismo y la idea de nación salen golpeados. No es sino hasta las luchas de la descolonización, en el contexto de la Guerra Fría, que la idea de nación vuelve a llenarse de un contenido más internacionalista y político, en la medida que muchas de estas luchas se hacían en nombre del socialismo (aunque en la mayoría de los casos distara de ser cierto). Cuba y Vietnam, pero también el nasserismo y otros nacionalismos tercermundistas vuelven a darle vida a un “invento” burgués, ahora como parte de la lucha antiimperialista. 

Hacia fines de los ´70, las dictaduras latinoamericanas que entregaron sus países al imperialismo de la deuda externa y de los mercados financieros, se hicieron con el poder y provocaron las masacres más grandes de la historia en nombre de la “seguridad nacional”. La oleada democratizadora de los ´80 recogió el tufo negativo del nacionalismo militar y todavía huele mal toda reivindicación de la patria. En la actualidad el nacionalismo puede recuperar cierto prestigio de la mano de la protesta contra la globalización. Como vemos, se lo mire por donde se lo mire, la idea misma de nación contiene un núcleo perverso, no importa cuán progresista sea la causa a la que pueda servir.

El que toda nación sea un invento, no quiere decir que no exista o que sea simplemente una mentira. Es real, es verdadera y, como tal, una mentira. Si es un coto de caza de una burguesía específica, entonces está constituida al nivel de los capitales individuales. Es decir, el género, el capital, es mundial. La nación no es más que la suma  de las relaciones sociales capitalistas especificada al nivel de una acumulación tal que supera al capital particular pero se encuentra limitada por el capital mundial.  La nación es como cualquier otra cosa, no está compuesta más que de relaciones sociales asentadas en un espacio específico: el país. Ser argentino quiere decir  ser burgués u obrero en este espacio físico que la burguesía argentina logró recortar para sí misma. Estas relaciones unen y separan al mismo tiempo al conjunto nacional del resto del capital mundial. Lo unen, porque no podría existir sin el mercado mundial. Lo separan, porque no podría existir si no se cuidara de las otras coaliciones de capital existentes en el mercado mundial, de las otras burguesías.
Como la clase obrera está subordinada al hecho nacional de la burguesía, hay una clase obrera argentina como hay una burguesía argentina. La burguesía no puede liberarse del hecho nacional, porque es su base de poder, no importa cuán internacionales se hayan vuelto algunos capitales individuales. Normalmente, las burguesías más débiles son más nacionalistas que las más poderosas, así que serán las más propensas a defender el hecho nacional. Pero ni siquiera el imperialismo más poderoso puede desarrollarse sin un fuerte respaldo nacional detrás. Para la clase obrera, al contrario, el hecho nacional constituye un obstáculo que debe remover para conseguir sus intereses centrales.

No quiere decir esto que no hay ninguna realidad “nacional” para la clase obrera, que las presiones “nacionales” no surjan de la misma realidad cotidiana. Para la burguesía está claro: la nación, su nación, es un negocio, su negocio. Para la clase obrera no. Y no tanto, en cuanto su vida real está atada al capital concreto personificado por su burguesía, su suerte depende del negocio (es decir, de la nación) de esa burguesía. En este sentido la clase obrera tiene una identidad nacional porque su vida se desarrolla en el marco de acumulación de un capital nacional. De allí que sea posible la aparición de movimientos nacionalistas de base obrera, como el peronismo y varios nacionalismos tercermundistas: el capital nacional se defiende frente al imperialismo y, por ende, defiende toda la construcción social que lo constituye, incluyendo la vida de los obreros. Esto no significa que la burguesía nacional sea mejor o más buena que la imperial, sino que en ciertos momentos históricos representa una mejor opción para la clase obrera.
El ataque de la burguesía imperial es, normalmente, la de un capital más avanzado, lo que significa desaparición de sectores enteros del capital nacional y, con ellos, desocupación y caída de salarios. En este contexto, “la nación” se le corporiza a los obreros como lo que es: el coto de caza de una burguesía al que su vida está atada. Esta defensa del espacio de acumulación puede realizarse incluso contra la propia burguesía nacional cuando ésta se interesa en la apertura de la economía; los obreros se ven expuestos a la competencia con sus iguales fuera de las fronteras.

Estas actitudes nacionalistas expresan la realidad de la nación más allá de la burguesía y representan una forma de enfrentar los problemas en los cuales los obreros no pueden pensar, todavía, soluciones que no dependan de su amo o que vayan más allá de sus fronteras. Sólo en ocasiones en que esto último sucede, el nacionalismo cede su lugar al internacionalismo.

 

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