16/12/2021

STUDIO 54


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO BRAILE

             Julio Alberto Castro bailaba tangos, en el Club Tesei, los sábados… lo hacía con compañeras ocasionales hasta el año ’73 que fue cuando conoció a Ofelia, un junco con forma de mujer. Por dos años bailaron casi todos los días, disfrutaban tanto bailar que no se dieron cuenta cuando se habían enamorado. Quedaban solos en la pista, el espectáculo eran ellos, que ni se enteraban de la enorme admiración que despertaban en las pibas y los pibes que no se perdían las miradas, los sutiles roces de las piernas, las manos enlazadas, los besos furtivos en medio de un compás.

Carlos Monzón defendería por primera vez el título mundial de los medianos ante Tony Licata, en el legendario Madison Square Garden de Nueva York. Tres meses antes de aquel 30 de junio de 1975, todavía no se sabe cómo, eligieron a Julio y a Ofelia para acompañar la comitiva del campeón que incluía cuatro músicos. La intención era que en la recepción del hotel sonaran algunos tangos y se bailara, para mostrar, de alguna manera, al mundo, nuestra música y danza más representativa.

La noticia corrió rápido en el barrio, un par de muchachos que trabajaban en la C.I.D.E.C., una curtiembre que está en la Avenida Vergara y La Trinidad, le trajeron un par de cueros, esos que se exportan. Parte del material quedó en manos de Méndez, un histórico zapatero de Tesei, lo demás, Julio se lo llevó a Oscar López, un sastre que trabajaba en Morón, en un local de una galería; la idea era que le confeccionara un saco con solapas de muescas, las que se reconocen por su corte en “V”.

“El tango es una danza que requiere gran precisión en sus pasos, pero además es apasionada y enérgica, para no perder la elegancia el bailarín apela a una enorme seguridad que surge de sus pies. Los zapatos de tango se caracterizan por su confección manual, son una artesanía de alto vuelo. Además de su particular estética, los materiales nobles que se utilizan, el cuero y la suela, le dan atributos tales como ajuste, flexibilidad y respiración, que se traduce en un desplazamiento seguro del bailarín”. Méndez sabía que Julio conocía todo eso, pero a él le gustaba decirlo mientras le mostraba los zapatos negros que brillaban con la luz prestada de un velador.

Al saco se lo trajeron ensobrado en papel madera, era una maravilla, el cuero negro mate le daba un toque de enorme calidad, forrado en raso rojo. Un pespunte hecho a mano recorría a toda la prenda, lo habían realizado con un hilo gris claro, un par de años después Julio conoció el secreto que guardaba el discreto hilo gris.

Fueron tres presentaciones, en una de ellas un productor de Broadway les ofreció trabajo y se quedaron en Nueva York. Pasaron casi dos años y Julio quedó solo, enseñando tango en el sótano de un teatro. Ofelia se fue con el productor a Las Vegas. En Mayo vale la pena caminar en la ciudad que es la capital del mundo, por eso Julio, pasaba cuando salía del teatro por el Madison, en la 34 y 8, solo para saber si algún argentino estaría en ese escenario. Esa noche estaba empilchado con su ropa de trabajo, el pantalón de vestir gris, camisa negra, el pañuelo de cuello; Blanco, con nudo de malevo. El saco de cuero negro con costuras gris perlado y los zapatos profesionales para bailar tango. Al sombrero, un funche negro con cinta gris, lo llevaba en la mano. Caminó como veinte cuadras por la ocho, para el lado del Central Park. Cuando llegó a la 54 una multitud se empujaba en la vereda e invadía por mucho la calle. Julio se acomodó contra la pared, justo frente a la marquesina, en el medio la calle. Y esa multitud frenética, con muchos a punto de colapsar…

STUDIO 54 fue una discoteca bailable que abrió sus puertas el 26 de abril de 1977. Steve Rubell venía de Queens, fue la RR PP del modisto Valentino, Carmen D’Alesio, la que lo alentó a construir el mito nocturno más grande que tuvo Manhattan. Fue ella la que cursó más de cinco mil invitaciones, todas dirigidas a lo más selecto del mundo artístico y empresarial. La Primer noche, Sinatra, Woody Allen, Cher, entre muchísimos más, no pudieron entrar al local.

Ninguno de los que entraba necesitaba mostrar nada, el pasaporte era su cara, su fama, su dinero… Los plebeyos se apiñaban en la puerta, donde, rogaban para entrar. Steve Rubell salía todas las noches y elegía con su dedo índice a los afortunados que acompañarían a los que estaban adentro. El criterio de elección tenía que ver con la belleza, el vestuario… El lugar hizo de la admisión una herramienta de marketing, miles de personas pugnaban por ser marcadas por el dedo mágico. Esa noche el ojo entrenado de Steve Rubell no encontraba nada interesante, le trajeron una escalera pequeña y desde una altura prudencial recorrió nuevamente la multitud. La cortina de la entrada se corrió y dejó escapar un rayo de luz negra que cruzó la calzada y se depositó en una figura que se recortaba en la acera de enfrente, el hombre justo prendía un cigarrillo, la silueta emulaba un guapo del 900 y, como si fuera poco, la costura del saco mostraba su fluorescencia. Steve se había hecho visera con la mano y lo vio, “ese” dijo y se bajó de la escalera. Julio no entendía nada cuando los dos tipos grandotes lo agarraron de los brazos y lo llevaron adentro del boliche, la sorpresa no lo dejó ni resistirse. Un joven con un taparrabo y en español, con acento centroamericano, le preguntó que hacía ahí; le explicó que él estaba afuera y…

Calvin Klein lo había visto desde lejos, una chaqueta que flotaba en la oscuridad con el detalle de un pañuelo a lo Gardel y le pidió a Rubell que se lo presente. Llegaron juntos con una copa en la mano, Julio los observó con desconfianza. “Dancing tango” le dijo el muchacho del taparrabo, Klein rozó con la punta de los dedos el cuero del saco…

-Esta chaqueta será más famosa que la que Levis le hizo a Albert Einstein.

Liza Minelli cantaba en público por primera vez “Nueva York, Nueva York”, que pertenecía a la banda musical de la película homónima donde había actuado junto a Robert de Niro, con la dirección de Martín Scorsese, y que acababan de filmar. Cuando llegaron los aplausos Steve Rubell se acercó a Liza y le dijo algo al oído. La mujer con el andar más conocido del planeta cruzó todo el salón y lo tomó de la mano a Julio, llevándolo al centro de la pista. Cuando empezó a sonar “Por una cabeza” levantó la vista y se encontró con los ojos del Cabaret más famoso del mundo.

Tuvo que bailar seis tangos más, los últimos dos con hombres, la medialuna con perfil de humano que aspiraba cocaína de una cuchara lo observaba desde una pared. El templo del alcohol, las drogas y el sexo contrató a Julio Alberto Castro al que llamaron JAC. Llegó a tener uno de los vestuarios más famosos, chaquetas rosas, pantalones de cuero, zapatos importados directamente de Argentina, camisas que venían con descollantes nombres de la moda grabados en sus cajas. Había, en Studio 54, un rincón en el sótano, donde JAC enseñaba a bailar tango.

Una Jueza septuagenaria que se volvió loca y prácticamente vivía en Studio 54, Liz Taylor y su famoso cumpleaños, Bianca y Mick Jagger, Dalí, Pacino, Capote, Alí… son solo algunos de los ilustres concurrentes al lugar que desafió abiertamente los límites de la libertad. Dicen que en esos tiempos Nueva York estaba en el apogeo de su decadencia.

El personal del establecimiento tenía prohibido hablar de lo que pasaba ahí dentro, conocedores de secretos verdaderos. Una noche de febrero de 1980, esos protagonistas secundarios se fueron con el último sueldo. Quién les iba a creer que fueron junto a lo más selecto del mundo artístico, empresarial, político… los que abrieron las puertas de los ’80 con los excesos más deslumbrantes de todos los tiempos. La última copa la invito el protagonista de “Rambo”.

JAC se quedó unos años más en Nueva York y volvió a Argentina cuando la democracia asomaba. Compró una casita en Villa Tesei y trato de comunicarse muchas veces con Ofelia que había quedado viuda del productor, nunca contesto el teléfono, ni los mensajes, ni las cartas…

Julio, junto con una pequeña fortuna, trajo en su sangre la verdadera razón por la que cerró aquella sucursal del infierno. Murió solo, una tarde de los noventa en el Hospital Posadas, nadie lo quería tocar. No tenía a nadie, nada sabían de él. Algunos vecinos entraron a la casa e hicieron con la ropa de cama una fogata, iban revisando y lo que no les servía lo tiraban al fuego. Encontraron unos billetes que se repartieron con prolijidad, “quema los zapatos esos que están viejos, los sacos, las camisas también, todo eso no sirve para nada”, dijo un tipo mientras contaba unos dólares.

 

  

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