01/11/2021

El Diablo del 666


 

 

 

 

 

 

 

 

Por POL PLIEGUES

           Un día, un pintón caballero, dueño de una panadería en el 666 de una calle de Mataderos, se casó con una mujer atractiva.
Ella, con el café de la mañana, guardaba su secreto más preciado, su ponzoña, unas gotas de licor de Amaretto Disaronno disimulaban la pizca de cianuro que cada día después de la luna de miel había de poner en su pocillo diurno. Todos lo recuerdan como un hombre que desde sus nupcias vivió enfermo, siempre doliente pero voluntarioso.
Ella entonces puso a su servicio su personalidad de acero de Toledo y, como espada forjada en los hornos del infierno, se puso al frente de la panadería, mientras la administraba como un sargento de caballería. La marimacho, le decían. Sólo tuvo sexo por hijos, trabajaba horas y horas dirigiendo la fabril panaderia mientras disfrutaba siendo mala, muy mala, entregada ciento por ciento al placer que le otorgaba esa maldad que satisfacía su sexo. Así su Tánatos alimentaba su Eros, usaba su verbo como azote, como látigo o fuste de carroza fúnebre tirada por seis caballos negros y con esto sometía a su disfrute a todos aquellos hombres que tenía a su cargo, los manipulaba, los humillaba frente a su marido que amansado a puro veneno la veneraba, pues juntaba y acumulaba cada vez más dinero.

Un día el codicioso marido falleció, sin llevarse un solo peso y ella sintió culpa, aunque sólo por unos minutos. Unas lágrimas derramó, durante un breve momento, mas no hizo duelo:
Hay que seguir trabajando para cuidar lo que con tanto esfuerzo se ha conseguido.
Siguió ese día y los demás regenteando el local hasta que sintió un chasquido y, en un recóndito lugar de su pútrido cerebro, una fuga de su propio fluido la dejó entupida por un tiempo. En ese breve lapso otros se la llevaron toda, dejándole sólo deudas a su codiciado negocio. Refunfuñaba por los rincones, “me han robado” decía, “y mi propia sangre”, pues fue a su hijo, a quien había confiado su mina de oro.

Le contaba su desgracia a todo aquel que pasara a su lado, aunque solo fuera un simple corredor de apuestas que compraba un cuarto de cuernitos para el mate.

No fue sino con la llegada de un hombre, que perseguía también el dinero, que otra vez ella pudo sexualizar su maldad y acabar de corrido. Siguió con el mismo modo, el único que conocía, convidando tortas de crema y almendras con suaves tonos de licor amaretto disaronno y cianuro fresco. Pensó que ese placer duraría hasta que el diablo se la llevara, pues ya estaba totalmente realizada, pero este nuevo hombre había llegado ya enfermo y un día partió, no sin resistir un breve tiempo. El basilisco sin más se apropió de todo lo que él había acumulado en su vida no vivida, bolsas y bolsas de harina cubrían todas las paredes de la enorme cuadra de la panadería, “más de dos mil bolsas de harina” recuerdo que él decía que poseía.
Ella tampoco hizo duelo y se dedicó a someter al encargado que el hombre codicioso había puesto para cuidar su ganado, este nuevo hombre también se doblegaba por dinero y eso a ella la excitaba de una y mil maneras, ese placer morboso de matar de a poco y dominarlo todo era su esencia, su soma. Lo sometió de palabra y con dinero, lo azotó con esas lenguas de víbora de varias cabezas y moral perversa y ajena.

El, sumiso como un guiso agraz que se come sin sabor a sopa siquiera, que había vivido así casi toda su vida, no logró evitar la caída en las redes de la viuda más jodida. Nuestro hombre, si es que así se lo puede llamar, sigue vivo pero no dura, la última vez que fui a la oficina también había sobre su escritorio los restos de una porción de torta de crema de almendras que él comía por no rechazar la dulce y empalagosa demostración de afecto que de ella pensaba que venía.

Ella, con la pala de cavar tumbas, goza como gusano que cree se convierte en mariposa, pero es polilla. Él, entregado a la codicia con la sola promesa de volverse rico goza, mientras lo cocinan adobado y a fuego lento haciéndole el cuento de la mina de oro que a su tiempo heredará cómo es debido. Pobres aquellos hombres y mujeres que en la inalcanzable búsqueda de fortuna recorren el camino babeandose por una zanahoria que se corre de lugar mientras se camina y que promete siempre la riqueza y la fortuna a su debido tiempo hasta que el tiempo se agota, sin nunca alcanzar lo prometido y todo lo recorrido se delega en otro que toma su lugar como en carrera de postas, nunca alcanzan la meta y pierden el gozo de todo lo vivido.

He aquí la paradoja de esta codicia, querer ganar aquello que nunca va a alcanzar perdiendo lo más preciado de la vida, que es aquello que pudo haber vivido.

  

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