03/09/2020

COCINAR


 

 

 

 

 

 

 

 

Por EZEQUIEL PERÍN

Historias del Fin del Mundo. Parte  CIII. Inciso X: Cocinar.

 

      Antes de apagarle la luz a sus pibes, Oscar, el almacenero de nuestro barrio solía contarles una historia un tanto particular todas las noches ininterrumpidamente.

De toda esta movida nos enteramos a fines de dos mil quince mientras jugábamos un metegol en la puerta y el menor de los Oscares, así le decíamos a la crew familiar del almacenero, cayó del colegio con unas notas penosas.

Se jugaban los últimos diez, local y el pibe perdía algo más que un doparti en un equipo que evidentemente hacía rato no conseguía buenos resultados.

La hinchada se puso loca.

Oscar se puso loco.

“No hay cuento un carajo hasta…”, alcanzamos a escuchar en los gritos, volaron latazos de tomate y puteadas varias.

El Óscar pidió disculpas a la muchachada, vio a uno de los Oscares perderse en la esquina, suspiró, escuchó la pregunta de uno de los pibes y nos contó el cuento de buenas noches, a su manera.

“En un país que no me acuerdo, a una hora que no existe y en ningún momento, un gigante, de corte carre, ojos negros, cara larga, mucho olor a chivo, camiseta de los Ramones y slip antes blanco, preparaba una olla inmensa del tamaño de una cancha de fútbol con tribunas. Así de grande era la olla. Así. El gigante la llenaba con agua de mar porque ya venía con sal. Pillo, el gigante. Ahí se hacía unos pucheros de vacas, chanchos, metía lo que pintaba, pero lo que más le gustaba es el humo que salía de la olla. Lo contemplaba horas, un rato y cantaba canciones de cancha de el Milan de Pergamino. Así cantaba, así. Un buen día el gigante sintió la presencia de alguien más. Una giganta. La giganta tenía corte carre, ojos negros, mucho olor a chivo, camiseta de Prince y bombacha agujereada marrón. Morfaron juntos una vuelta de la olla del gigante, pero ella no entendía por qué la cena estaba hecha de esa manera. Comió igual. Lo quería. Inmediatamente le sugirió que se haga anteojos y él fue y se los hizo. Pudo ver todo como era y lo que más le dolió fue que el humito de la olla no era humito, eran las nubes que le quedaban a esa altura. Pavada de cachetada de realidad. Y la vio a ella y entendió que todo podía ser distinto, pero mejor. Ella le enseñó a hacer fuego, a comer caliente y morfar de otra manera. También conoció Purple Rain y la giganta cantó las del Milan de Pergamino con él. Colorín, colorado, los gigantes se han enamorado”.

Silencio.

Oscar había hecho toda la pantomima del tocuen para la pibada en la esquina.

Sonidos, ruiditos, canciones, movimientos, todo.

Silencio.

¿Por qué las bandas y el Mila? Para vayan aprendiendo las de Douglas y escuchen buena música de pibes, por eso.

Nadie le había preguntado nada.

Silencio.

Fueron diez segundos, pero parecieron años.

Tere levantaba tímidamente la mano.

¿Qué pasa?

¿Y lo de los anteojos del gigante?

¿Y no dicen por ahí que lo esencial es invisible a los ojos?

No entiendo, Oscar.

Yo tampoco.

Entonces sí es un buen cuento de buenas noches.

  

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