04/04/2020

EL TERROR SIGUE VIGENTE

















Por  GABRIEL SFELICHE

        Cuando el género parece agotado, algunos se empecinan en revivirlo.

 

-Escucho voces -dijo Sally. Pero su marido no le creyó. Hasta que un día la fueron a buscar… y se la llevaron (Don’t be afraid of the dark, 1973).

Así puedo resumir la primera película que me asustó en la vida, la que me hizo enamorar del género, la que me hizo dormir tapado hasta la cabeza durante mi niñez. Después pasó mucha agua bajo el puente, atravesando hordas de zombies, extraterrestres deformes, gente poseída y lagos con asesinos seriales. Muchos años hasta llegar a este presente donde ya no es tan fácil asustarme: conozco todos los trucos, artimañas y clishés del terror. Así y todo, pude apreciar que han surgido alternativas donde no se recurre al sobresalto con el volumen al mango. Aparecieron nuevos directores (¡sangre fresca!), que tienen una idea distinta del terror convencional. Así surgió Jennifer Kent, que dirigió la tremenda The Babadook (2014), donde, a través de un extraño libro que aparece misteriosamente en una casa, nos muestra como nosotros podemos generar nuestros propios monstruos, cuando la angustia por una dolorosa pérdida, sumada a la fragilidad mental para tratar con un niño traumatizado, llevan a una madre a hacerle frente a esa dura realidad, o a lidiar de alguna manera con ella.

También podemos disfrutar de un plato cocinado a fuego lento, poniendo uno a uno los ingredientes para elaborar un plato exquisito: eso se puede sentir al ver Hereditary (2018). Su director, Ari Aster, ha sabido dosificar las dosis de terror para cachetearnos a su gusto, preparándonos para shockearnos en el momento menos pensado, justo cuando íbamos a poner pausa para ir baño y prepararnos un trago, ¡y no podemos hasta el final! Incluyendo algunas de las escenas más impresionantes que este humilde servidor haya visto en la pantalla. El año pasado nos regaló su segundo film, Midsommar (2019), y volvió a hacer de las suyas. Con una historia totalmente perturbadora, donde la necesidad de la protagonista, la talentosísima Florence Pugh, de ser comprendida y amada, la lleva a ver a una sociedad de rituales extraños que vive en el medio de un bosque sueco, como una alternativa a su angustia existencial. Aquí podemos apreciar cómo nos puede generar miedo descubrir culturas con una forma de vida totalmente opuesta a nuestras costumbres.

Recientemente me he dejado llevar hacia la locura viendo The lighthouse (2019), donde me di cuenta que Robert Pattinson es un gran actor (no es solo el chico guapo de Crepúsculo), y Robert Eggers, un director increíble. En esta cinta, donde también participa de manera espectacular Willem Dafoe, podemos caminar entre mitologías marinas y oscuros delirios oníricos, mientras vemos la convivencia de dos fareros que se derrumba con el paso de los días y el paisaje desolador en medio de una isla remota. Eggers no confirma ni descarta ninguna opción en el destino de esta historia, sino que deja que nuestras cabezas completen las piezas faltantes del rompecabezas. Juguetea con el espectador, y le deja elementos para zambullirse en ese mar diabólico. Ya nos había sorprendido gratamente con The witch (2015), donde una familia exiliada en la Nueva Inglaterra del siglo 17 busca nuevos horizontes, y se establece en los alrededores de un bosque que los irá devorando lentamente, en una lucha entre las más acérrimas creencias y la posibilidad de que la oscuridad palpable sea consecuencia de un poder sobrenatural. En las dos películas Eggers toma elementos que utiliza a su manera y condimentan sus historias, luego de un riguroso estudio. En una, la leyenda de Prometeo, y en la otra, la etapa final del pintor Goya y sus cuadros de aquelarres. Nada es azaroso en sus filmes. Ni siquiera el protagonismo de animales, que con su presencia enturbian el panorama. Liebres, cabras y gaviotas que parecen ocultar secretos terribles, cargando la pantalla de mucha tensión.

No puedo olvidarme de The wind (2018), de Emma Tammi, donde el escenario del oeste norteamericano, desolado y abrumador, nos entrega una película alejada de los pistoleros y los duelos, pero cercana a las creencias paganas. El solitario desierto y el viento incesante, hacen que la vida de un matrimonio sienta algo de alivio cuando otra pareja se mude al inhóspito lugar. Pero solo será un disparador, para que las sospechas de una amenaza latente se materialicen. La soledad, la noche interminable y el misterio que yace fuera del hogar, pero que se obsesiona en entrar marcan el ritmo de esta historia.

Todas estas obras, a pesar de tener elementos bien diferenciados, son atravesadas por el drama, algo que en el género del terror no es tan frecuente, y que no son utilizados como golpes bajos, sino más bien como generadores de climas. La convivencia, el miedo a lo desconocido, la ignorancia o el desamor, pueden detonar los miedos más terribles, aunque hoy ya no duerma más tapado hasta la cabeza…  ¡por lo menos hasta la próxima película!

  

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