05/11/2019

ACERCA DEL POSMODERNISMO COMO BARBARIE BURGUESA



















Por JOSÉ SPINA

“… ¿Cuál es la idea de hablar de progreso a un mundo que se sume en la rigidez de la muerte?”  Walter Benjamin.

“…Vivimos, lamento decirlo, en una época de superficies”. Oscar Wilde.

 

              Efectivamente, siendo una más de la larga historia de reconversiones intelectuales al servicio de la victoria de la burguesía en el plano mismo de la conciencia, el posmodernismo resultó en una vuelta de tuerca de viejos temas reaccionarios; la “crisis del marxismo”, el “final de la historia”, la “desaparición del proletariado” y cosas similares. Si como tal, como simple reacción burguesa, la aparición del posmodernismo no significa ninguna novedad, traería consigo, sin embargo, un plus de barbarie particular.

El posmodernismo no viene a atacar a una ideología en particular, el marxismo, no dice, simplemente, “las clases no existen”. El posmodernismo es mucho más que eso, es un ataque a la modernidad misma, es decir, al credo que la propia burguesía elaboró en su fase de ascenso. Más que un ataque a la Revolución Rusa, el posmodernismo es un intento consecuente por destruir la Revolución Francesa y sus consecuencias políticas e ideológicas. En este sentido, se parece más al romanticismo reaccionario que apelaba a la religión contra Robespierre a comienzos del siglo XIX, que a ninguna de las otras “recidivas”. Si bien toda reacción burguesa había apelado a alguna forma de idealismo, religioso o no, como defensa contra las masas en ascenso, nunca como en este caso se llegaba al extremo de la negación de la realidad misma.

La realidad no puede conocerse, luego, como no puede cambiarse y cualquier intento en este sentido sólo puede resultar en una monstruosidad totalitaria. Como no puede conocerse, no puede ordenarse, no tiene sentido. Todo es igual, no existe centro ni jerarquía. El posmodernismo se yergue así como el mayor acto de barbarie intelectual de la historia del capitalismo, que daba por tierra miles de años de esfuerzo humano por conocer la realidad y transformarla, es decir, por hacerse libre.

¿Cómo fue posible tamaña barbarie? Por la mayor derrota histórica de la clase obrera mundial. En efecto, a diferencia de otras derrotas, esta tuvo una magnitud y profundidad inusuales. La derrota que cierra la Revolución de 1848, en realidad es la carta de presentación del movimiento político que iba a protagonizar el futuro de la lucha de clases, el comunismo. La revolución burguesa da paso a su enterradora. No podía resultar en una crisis de conciencia demasiado profunda sino en un proceso de renovación ideológica. El que sigue a la Comuna de París es, con más razón, otro de esos fracasos que construyen: el comunismo no se realizó en el mundo pero ya encarnó en él, ya no es un fantasma, habitó aunque más no sea unos pocos meses, en la hasta entonces capital de la Europa continental. La Revolución Rusa marcará, entonces, el punto más alto del ascenso de la conciencia socialista. A partir de allí entrará en una meseta elevada, que no hará más que extenderse durante los siguientes cincuenta años.

Todavía hacia fines de los años ’70, con la revolución nicaragüense, se podía imaginar que se entraba en una pausa del proceso más que en el preludio de una debacle generalizada. Hasta ahí había llegado la marcha ascendente del socialismo. Se podrá decir, que por dentro el cáncer stalinista la iba vaciando de contenido, pero aun así, cada vez que alguien quería pensar en la posibilidad de cambiar el mundo, allí estaban la URSS, China, Cuba, Vietnam. Podía estar, entonces, en cualquier lugar, bastaba con intentarlo.

La caída de los regímenes del “socialismo real” va a marcar, sin embargo, el fin de las esperanzas de cambio. Ya nada es posible. Toda derrota anterior podía ser absorbida como un retroceso parcial en ese avance en general. Ahora se trataba de la caída de toda una experiencia histórica.  Adecuadamente, Hobsbawn llamó “siglo corto” al que comenzaba con la Revolución de Octubre y terminaba con los sucesos de noviembre de 1989. En ese contexto es que se despliega el triunfalismo más absoluto de Reagan, las Thatcher, los Kohl. La derrota de los ’70 destruyó físicamente, además, a toda la vanguardia construida en las dos décadas precedentes, pero fue ese evento fundamental el que dio base de sustentación al posmodernismo.

El posmodernismo no es, sin embargo, más que la extensión al dominio de las ciencias sociales, de las conclusiones lógicas del subjetivismo más extremo fundado por la Escuela Austríaca de economía. De allí si íntima conexión temática y filosófica con el neoliberalismo. El neoliberalismo se alzó de las ruinas del keynesianismo a mitad de los ’70, cuando la estanflación demostró que no se podía manejar la demanda a placer con políticas monetarias pro-inflacionarias. En medio de un estancamiento generalizado, los teóricos keynesianos no acertaban con la solución, razón por la cual la burguesía comenzó a mirar hacia otro lado. En realidad, lo que el keynesianismo no podía hacer era desencadenar una ofensiva general contra el sistema de regulaciones que él mismo había creado para establecer la paz intra-burguesa y recomponer el funcionamiento del capitalismo. Con una tasa de ganancia por el piso, las fracciones más poderosas del capital se veían obligadas a romper esa paz y fagocitarse a sus hermanas menores, en el mismo momento en que atacaban ferozmente a la clase obrera.

Nació, o mejor dicho, renació el dogma según el cual el Estado debía abstenerse de toda intervención, desregular todas las relaciones sociales y permitir la libre circulación de los bienes y mercancías. Es decir, aquello que dio en llamarse por estos pagos “flexibilización” y, en todo el mundo, “globalización”. Por esa vía, los grandes capitales se desataban las manos para proceder a la limpieza generalizada de los capitales sobrantes y aprovechar los bolsones de mano de obra barata para atacar con ella a los caros obreros del centro del mundo (mejicanos contra norteamericanos, turcos contra alemanes, argelinos contra franceses, chinos contra todos).

Hasta ese entonces, el mundo vivía anclado a un conjunto de instituciones que no eliminaban la competencia capitalista pero que evitaban sus formas extremas. Tanto el keynesianismo como la Escuela “Neoclásica”, que para los ’70 habían llegado a una entente cordiale bajo el nombre de “Síntesis neoclásica” cuyo paradigma era Paul Samuelson, defendían formas de intervencionismo moderadas. Ambas habían aprendido de los peligros de la Revolución Rusa y del dogmatismo liberal en los tiempos de la depresión económica. Ambas también serían objeto de la crítica austríaca. En particular la Escuela Neoclásica (los viejos ‘liberales’) sería víctima de virulentos ataques por su utopía implícita. Según los neoclásicos el mercado se auto-regula cuando domina la competencia perfecta; en ese momento, los mercados favorecen a todos con una eficiencia creciente, de modo que nadie es destruido y todo el mundo gana, incluso los trabajadores. Si alguien hiciera trampa a la competencia perfecta, por ejemplo, con algún tipo de monopolio, los neoclásicos intervendrían dividiéndolo. Más allá que todo esto no era más que una alegre ficción, contenía una utopía: existe algo llamado felicidad y el capitalismo puede brindársela a todos.

La Escuela Neoclásica había surgido como una respuesta al creciente peso del socialismo y sobre todo a la teoría ricardiana del valor trabajo, que comenzaba por entonces, 1870, a fundirse con el marxismo naciente. Su subjetivismo es objetivo: la realidad es como la ve el sujeto, pero todos los sujetos somos iguales, así que podemos hablar, discutir, conocernos y ponernos de acuerdo sobre la realidad. La Escuela Austríaca surge por la misma época, con la misma motivación y las mismas intenciones, pero es capaz de sacar las consecuencias lógicas del subjetivismo que ambas han introducido en la teoría económica bajo el nombre de Teoría subjetiva del valor. No se puede conocer lo que el otro quiere, no puede existir lo que se llama “justicia social” o cosa por el estilo porque sólo cada individuo sabe lo que le conviene. No hay ninguna utopía más que la que dicta el mercado, que si sanciona ganadores y perdedores por algo será. Rescatar a los perdedores es una forma de sacrificar a los ganadores, que representan el avance económico, de modo que la eutanasia social es el mejor remedio.

Individuos como Friedrich Von Hayek o Milton Friedman teorizaron eso durante años. Con las consecuencias sociales y, por ende, políticas de una concepción tal serían desastrosas, la burguesía hizo durante mucho tiempo caso omiso a esa prédica sanguinaria. El keynesianismo primero, la “síntesis” después, eran instrumentos mucho más seguros. Fue la oleada reaccionaria que se inaugura en las dictaduras militares del Tercer Mundo y la llegada de Reagan y Thatcher al poder, la que va a darle a los yuppies asesinos de ‘American Psycho’ una oportunidad inmejorable. Es la hora de los ‘Chicago Boys’. En última instancia, el posmodernismo no es más que la extensión de esta lógica al mundo del análisis social.

 

EL POSMODERNISMO EN LA ERA DEL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Ciertamente, el que un presidente de un país latinoamericano de importancia no despreciable, al menos para nuestro marco, haya vuelto a hablar en nombre del socialismo y consiga construir cierto bloque con algunos otros, mientras establece un puente con el único representante actual de una especie ya extinta, no puede pasarse por alto. El rojo es un color bienvenido, aunque Caracas no sea el equivalente del Moscú de Lenin ni de La Habana de Fidel y el Che. Que Correa y Evo Morales expresan algo que no es del agrado del imperialismo también es cierto. Pero en modo alguno significa que la crisis del socialismo ha terminado y que ha comenzado su reconstrucción. Tampoco significa el fin del posmodernismo. Por el contrario, ellos expresan una extraña variante de la enfermedad que venimos describiendo, algo con lo que, probablemente, no todos estemos de acuerdo.

En efecto, el liberalismo, neo o lo que sea, ha entrado en crisis. Ya no se pasea campante por el mundo. Todo lo contrario, el planeta parece más dispuesto a vomitarlo con violencia más tarde o más temprano, por lo menos desde 2001 hasta acá. En medio de una catástrofe económica mundial, poco aliento puede inflar nuevas burbujas publicitarias a favor de Trump, Macron, Merkel, Menem o lo que sea. Pero una cosa es declarar la crisis de quien se llevaba hasta ahora la mejor parte y otra, que la que venía perdiendo se encuentre de nuevo en pie.

Si observamos la política de Evo Morales, por ejemplo, nos encontramos con posmodernismo en estado puro. El “moralismo” parte de los mismos prejuicios que las ideas que aquí se combaten; no existe un orden general, con sus leyes y jerarquías, no, los ‘indígenas’ tienen su propio ‘tiempo’; las clases no son importantes, lo dominante son los ‘movimientos sociales’; consecuentemente, la política de clase no tiene prioridad, la clave es la ‘etnia’; no existe una totalidad inteligible que se impone a todos, sino que es posible un mundo aparte, una ‘cosmovisión andina’. No es extraño que más de uno crea que el marxismo no es aplicable en Bolivia, un producto eurocéntrico que no podría dar cuenta de la novedad que se cuece en el Antiplano.

Si repasáramos las ideas dominantes en la imaginería de gente como Marta Harnecker, de enorme influencia en Venezuela, o las tonterías de Tony Negri o John Hollowey, de gigantesca influencia en el movimiento anti-globalización, nos veríamos forzados a reconocer que el espíritu del posmodernismo no sólo sigue vivo, sino que se ha colado en las filas de aquellos que asoman la cabeza al mundo de la revolución luego de la larga marcha por las oscuridades de los ’90.

Estos intelectuales y estos movimientos son acaso más perversos que los abiertamente reaccionarios, porque se trata en general, de buena gente, con buenas intenciones. Pero su rechazo a la organización, su fobia al partido revolucionario, su misticismo rampante y su ignorancia teórica, dan pie al oportunismo político más lamentable e inconsecuente.

En nombre de los ‘pueblos originarios’, del socialismo bolivariano, de la auto-determinación, lo que se construye es un dique para el desarrollo político de las masas. Porque mientras se llama a éstas a no organizarse independientemente de la burguesía, ésta se reorganiza rápidamente. Mientras se llama a “hacer la revolución sin tomar el poder”, la burguesía retiene el poder con más tranquilidad. Se fabrica así una derrota de magnitud histórica. Más allá del poder todo es ilusión, decía Lenin, y tenía razón.

 

Irónicamente, las décadas que seguirán a la caída del Muro de Berlín presenciarán la mayor extensión y profundidad de las relaciones capitalistas que se haya vivido nunca. No sólo éstas ya dominaban a placer la parte del planeta que les tocó en suerte durante la guerra fría, sino que ahora se darían el gusto de recolonizar aquellas sociedades en las que su presencia había sido relegada. Hoy, más que nunca antes en la historia el trabajo asalariado es el único responsable de la producción social. Se acabaron los artesanos, los campesinos y todo otro relicto pre-capitalista. El mundo hoy es un gigantesco bazar con una mercancía omnipresente: la fuerza de trabajo. Esto significa que el poder del trabajo es hoy mayor que nunca. Lo que no quiere decir sino que la revolución está más cerca que nunca. ¿Entonces? Si la vida planetaria es vida proletaria ¿por qué no se realiza de una buena vez?

La debilidad del gigantesco proletariado mundial no yace en su tamaño, como creyeron aquellos que proclamaron su ‘adiós’. Su punto flaco está en su cabeza. En la ausencia de dirección a sus luchas, en los límites de su conciencia de clase, de la situación y de su propio poder. El mundo está en sus manos y no se da cuenta. Es un resultado de la derrota de los ’70 y del poder del posmodernismo para vaciar el arsenal teórico de la revolución.

  

Últimas Publicaciones

25/03/2022

PROGRAMA 2

    El Nido del Cuco  8va. temporada Año 2022 jueves de 21 a 23 en FM  90.7 www.fmfribuay.org.ar www.elnidodelcuco.com.ar     

25/03/2022

PELEA DE GALLOS

EDITORIAL Jueves 24 de Marzo de 2022        La pomposamente anunciada guerra contra la inflación empezó con un anuncio que no anuncio nada, un viernes por la noche….

18/03/2022

REAL POLITIK CIRCUS

        EDITORIALJueves 17 de Marzo de 2022         Si a principios de 2022, cuando ingresábamos en el comienzo del fin de la pandemia, pensábamos que por ahí las cosas…

18/03/2022

El Nido del Cuco – Temporada 8 – Programa 1

          El Nido del Cuco 8va. temporadaAño 2022jueves de 21 a 23 en FM  90.7www.fmfribuay.org.arwww.elnidodelcuco.com.ar     

14/03/2022

CAPITALISMO Y NARCOESTADO

        Por POL PLIEGUESCrisis de los opioides en Estados Unidos – Fentanilo Un poco de historiaPara entender la crisis de los opiáceos a la que está expuesta Argentina en estos momentos debemos…