06/06/2019

RAVIOLADA DE DOMINGO

















Por POL PLIEGUES

            De repente un aroma a café mezclado con ajo y cebolla rehogada invadía el cuarto donde yo dormía, me cobijaba más pues sabía que prontamente venían a despertarme, y así era, con un ojo cerrado y el otro entreabierto bajaba de la cama y me dirigía a la cocina donde me esperaba un enorme tazón de loza celeste, cachado en algunos lados, y lleno hasta el tope de leche con un poco de café y toneladas de azúcar. A su costado estaba el pan con manteca untado con toneladas de dulce de leche.

Mientras yo me distraía mirando a mi abuela, jugando con el dulce y lamiendo la manteca hasta dejar el pan desnudo, al que luego introducía en la taza para que se moje y así llenarme la boca de ese sabor increíble a pan mojado en leche con manteca dulce y café, mi abuela seguía por un lado sellando la carne y por el otro echando verduras en la otra olla; zanahoria rallada, morrón cortado de color rojo y luego de color verde. Después venía ese momento mágico, echaba una especie de vino el cual después supe era vermouth.

En ese momento se escuchaba un chirrido y un vapor llenaba de aromas  toda la cocina que se mezclaba junto al aroma del café, el sol de la mañana el gusto a dulce de leche y a ala textura de la manteca… Era un momento sublime, el cual recordaba toda la semana hasta repetir de nuevo el próximo domingo. Parecía brujería, yo terminaba cuando ella echaba el jugo de los tomates licuados y sumergía en el la carne, y tapaba la olla de hierro fundido, enorme para mí en aquella época. En ese momento retiraba todos los restos de mi desayuno sobre la mesa y la limpiaba con extremo cuidado y dedicación. Ya eran las nueve de la mañana.

Ya cambiado volvía a la cocina y la ayudaba a enroscar los anclajes de la máquina de hacer pastas. Ella con sumo cuidado pasaba y pasaba la pasta lisa que había preparado horas antes de que me levantara, dejaba unas sábanas perfectas y rectangulares unas sobre otras. Terminado ese proceso yo le retiraba de la vieja heladera Siam de color amarillo desgastado un bowl lleno del relleno que había hecho el día anterior: espinaca, ricota y los sesos hervidos en agua y laurel, con los que yo siempre soñaba todo picadito y mezclado con especias. Ella decía que comer sesos me daba energía para pensar (los niños de hoy se creerían zombies comiendo cerebros). Era cierto, esa proteína desarrollaba mi cerebro de niño.

Ella extendía una de las sábanas de masa y colocaba con la cuchara, y con precisión matemática, montículo tras montículo y a una distancia perfectamente calculada un poco de relleno, luego tapaba con otra de las sábanas de masa todo eso, con el mismo cuidado y cariño con el que me arropaba con una manta las noches de sábado, con su mano hacía un cuenco y con ese cuenco daba forma a ese montículo de relleno tapado por la masa. Se fijaba que no hubiera huecos ni aire dentro de ellos y allí con una ruedita dentada cortaba cada uno de los cuadrados rellenos. Ya eran ravioles hechos y derechos. Eran las once de la mañana.

Hora de subir al cuarto de mi primo que recién se levantaba. Él estaba un poco loco pero yo no lo sabía, para mí como era más grande que yo era raro, nada más, y mi primo mayor, mi hermano mayor al que quería y respetaba, me trataba como que lo molestaba un poco mi presencia pero él siempre estaba en sus asuntos y nada lo sacaba de allí. Armaba y desarmaba su tren eléctrico, luego miraba un poco de televisión en el cuarto de mi tío y llegaba a la cocina de mi tía en el momento justo que guardaba en la heladera el postre: tarta rellena de ricota. Todavía, y pasados mas de casi cincuenta años, puedo distinguirla de las demás que he comido en mi vida.

Era el momento de ir al comedor y ayudar a poner la mesa, mesa para doce. Ni bien estaba todo dispuesto, ya eran las trece horas, toda la familia comenzaba a ocupar la mesa. El último en llegar era mi tío Carlos con su novia, la eterna novia de un señor carnicero de 45 años, él traía el pan y el queso que pasaba a buscar luego de cerrar su carnicería los mediodías del domingo.

Ni bien estábamos todos sentados aparecían las fuentes que la tía, la abuela y mi madre depositaban sobre el trinchante que hoy tengo en mi comedor y que con tanto afecto paso horas mirando.

No recuerdo donde se ubicaban los demás pero sí mi tío Carlos, él se sentaba en la cabecera de la mesa y era al primero que servían, también recuerdo que cinco raviolones llenaban hasta al más hambriento de los rufianes. Como línea de producción de autos, armaban el plato las tres mujeres que servían los cinco ravioles, la salsa y la carne estofada, y luego el plato circulaba desde la cabecera hasta la última de ellas. Yo una vez comí seis ravioles en dos tandas de tres y después no me entró el postre, de puro glotón nomás.

Entre algarabía y risotadas discurría la velada hasta que alguien pedía más, seguramente era Carlos al cual su panza no lo dejaba aproximarse a la mesa, luego el café y la torta de ricota, y todo, las risas, las caricias, las conversaciones y los aplausos a las cocineras se iban alejando mientras entraba en una profunda siesta que a veces repito, y como un eco recuerdo esos amables y afectuosos momentos.

  

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