05/06/2019

4 x 4 ¿QUIÉN ES LA VÍCTIMA?

















Por MARIANA DUFOUR

«Hasta ahora, el mundo occidental habla por nosotros, piensa y siente por nosotros, intuye y sueña por nosotros. No nos preguntan cómo pensamos, sentimos, intuimos, soñamos… Todo se lo explican por nosotros, ignorando cómo, en verdad, sentimos y pensamos nosotros»

David Choquehuanca Céspedes, dirigente sindical y político aimara boliviano.

             El poeta Vicente Zito Lema sostiene que la historia de la humanidad habla de una perpetua guerra. “Obviamente, hay un momento histórico. Cuando aparece la división del trabajo y el concepto de propiedad privada, como bien enseña Lévi-Strauss, ya no se puede hablar de la paz, ni a nivel del sujeto en relación a sí, ni a nivel del sujeto como parte de las sociedades. Me atrevería a decir que en un mundo en el que el concepto de propiedad privada ha sido cada vez más legalizado, y hasta legitimado, hablar de guerra es la normalidad. Hablar de paz, la excepcionalidad”. (Entrevista radial realizada por Alfredo Grande junto a Irene Antinori – Sueños Posibles, marzo de 2015).

 

Cine Gaumount. El afiche de 4 x 4 Bienvenido a bordo resaltaba por su ferocidad en la cartelera vidriada de la tradicional sala de Congreso. Elegí la película por conveniencia horaria. Por lo que compré el tiket sin saber de qué trataba; desconociendo que Clarín, El 13, DirecTV y NextSudio estaban involucradas en su producción. Sin pre-juicios, me senté en la butaca a esperar su inicio.

“Una lujosa 4×4 está estacionada en la vereda en un barrio, como tantos de Buenos Aires. Un chico entra en ella para robar. Pero cuando quiere salir, no puede. Las puertas no responden, los vidrios tampoco, la 4×4 es un bunker blindado. La situación es desesperante: está encerrado. Alguien desde afuera tiene el control del vehículo y parece tener un plan”, explica la sinopsis oficial del film.

 

JUSTICIA POR MANO PROPIA

Una temática sensible en estos tiempos de crisis y de brechas que se ensanchan. Brechas económicas, brechas políticas e ideológicas, pero, sobre todo, brechas de posibilidades. De imposibilidades de subsistir, mejor digo.

Tras una careta hipócrita (como toda careta), la película de Mariano Cohn se ofrece abierta, sin posicionamiento definido, sin prejuicios y con todas las cartas -o las miserias- sobre la mesa. Apelando a un espectador de poca reflexión y mucha adrenalina, la historia pretende llevarlo de la mano hacia la construcción y corroboración de un sentido común (demasiado común en estos tiempos): a los pibes chorros hay que matarlos. A todos.

Con la idea fija que asegura que “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra” gracias a los jueces “garantistas” (¿¡todos los jueces deben ser garantistas, o no!?), la justicia por mano propia no solo es bien vista, es reclamada. Incluso, por el público que, identificado con la víctima, participa del conflicto con risas o con aplausos.

¿Pero quién es la víctima en este relato? O, mejor dicho, ¿a quién considera el espectador, casi de manera inmediata y a lo largo de toda la película, como el damnificado? ¿El ultrajado? Un joven -el pibe chorro- es privado de su libertad como consecuencia de un plan macabro largamente pergeñado por el propietario de una camioneta siniestrada. Una vez más, ¿quién es la victima?

Ciro, el pibe chorro, es corporizado por Peter Lanzani. Quien conoce al actor, sabe que no es el prototipo del “cabecita negra” ni del pobre villero. Estrategia doblemente peligrosa: la película juega a no ensañarse con los “negros” pero deja bien en claro que el pibe chorro afana casi por aburrimiento. O por necesidad de adrenalina. O por revancha. O sea, “la clase media somos víctimas predilectas de estos vagos de mierda”.

Con el dios Dinero como valor absoluto e indiscutido por la vecindad porteña, Enrique Ferrari, titular de la 4 x 4 Predator, se cree él también todopoderoso. Es Dios de la vida y los destinos de este pibe que entró en su camioneta -su propiedad privada- para robar el equipo de audio…. y rajar con lo que no le pertenece. Huida que no pudo concretar porque Ferrari, protagonizado por Dady Brieva, lo somete a la tortura más insoportable: el hambre y la sed hasta la asfixia.

Apropiándose de los derechos más elementales de su huésped (esperado), el doctor es portador no solo de una enfermedad terminal, sino de las cualidades del torturador. Un rasgo que parece no incomodar al público. Tampoco el abandono de persona que él, como profesional médico que es, ejerce con total impunidad: priva a su rehén no solo de todas las libertades sino de la atención médica urgente que amerita una herida de bala en su pierna derecha.

Cuando el espectador empieza a conmoverse por el “extremo” castigo que padece el delincuente, “casualmente” identificado como hincha de Boca, el director da un nuevo giro y se encarga de marcar lo bien merecida que tiene la sanción decidida de manera caprichosa: Ferrari (Dady Brieva, no olvidemos) recuerda a Ciro la cantidad de delitos que lo llevaron a pisar la cárcel… de la que salió como si nada. El mensaje es emitido con éxito. Una vez más, el sentido común omite la realidad de manera obscena: las cárceles desbordan de pobres sin condena firme.

Dueño de la vida, la muerte y el dolor del otro, Enrique Ferrari justifica su conducta enumerando los 28 asaltos sufridos en los últimos años. Ninguno implicó riesgo de muerte. La asaltada fue la propiedad privada. Así, el reconocido profesional de clase alta bien parida, humilla a Ciro ofreciéndole detalles sobre los movimientos de su familia, que será redimida de la “mugre” gracias a un dinero que él dice haberles dado. Su familia no lo merece como marido ni como padre. Eso también lo decide el doctor.

Todo trascurre en una calle cualquiera de un tranquilo barrio porteño. Casi al final el film, el clima se tensiona una vez más. Los vecinos, los policías y los medios, alertados por los gritos de los protagonistas, rodean la escena. El obstetra justiciero, apuntando a la cabeza del pibe que delira de hambre, sed y fiebre, interpela a sus pares: “Levanten la mano a los que alguna vez les robaron”; “quiero que la gente decida en la televisión”; “voten si quieren que el ladrón siga vivo”. Mientras una mujer policía intenta intervenir en la escena, la respuesta mejor escuchada en el film es “Matalo, ¡uno menos!”

Con la aparición de un nuevo personaje protagonizado por Luis Brandoni, negociador de la policía, jubilado ya, lo insólito vuelve a acomodarse en el relato. Los argumentos que Julio Amadeo ofrece a Ferrari -cuya mano aprieta el arma sobre la nuca de Ciro- para que desista de su amenaza son tan livianos y desgraciados que alimentan aún más la idea de los vecinos (y espectadores) “justicieros”.

El personaje de Brandoni deja bien en claro que “ellos” no son “nosotros”. Amadeo solo le habla al médico: “Soltalo, el pibe ya entendió”, repite una y otra vez. Nunca se dirige a Ciro. Nunca condena la terrible conducta de Ferrari. Ambos pertenecen a la misma clase: la clase de los propietarios, dueños de las cosas, las vidas y los derechos. E invita a su igual a tomar una cerveza cuando todo termine.

Que quede claro: la única vida que estuvo en riesgo a lo largo de todo el film fue la de Ciro; el único que realmente provocó una situación peligrosa fue el personaje de Brieva al hacer explotar su camioneta rodeada de vecinos. Increíblemente, nadie salió herido. ¿Pero quién condena o, al menos, cuestiona esa decisión caprichosa -pero cuidadosamente planeada- de Ferrari? Nadie. La propiedad está por encima de las vidas. Y el propietario tiene el sacro poder de decidir.

 

¿Quién es el dueño?

Abundan las críticas que aseguran que la película de Mariano Cohn y Gastón Duprat abre el tema de la justicia por mano propia a la controversia. Nada de eso provoca el film. El espectador sale del cine con la conclusión masticada. Cual continuidad de los medios, el relato refuerza, de una y mil maneras, su posicionamiento hasta el final. La película cierra con una escena casi innecesaria al propósito de la trama: los vecinos patean con sadismo a un pibe cuando es detenido por la policía mientras la 4 x 4 del médico se consume en llamas, a pocos metros. Un ataque caprichoso y sin sentido en el que nadie se escandaliza. Tampoco nadie se interesa por la salud y los derechos vulnerados del pibe chorro, claro está.

La película de Clarín conduce, irremediablemente, a la obra Los satisfechos del dramaturgo español Raúl Cortés. En ella, Cortés polemiza con la ética capitalista. Tres marginales muertos de hambre —un cura, un sepulturero y una prostituta— se encuentran casualmente en un funeral. ¿A quién están velando? No lo saben. Al abrir el cajón encuentran un plato de comida. Un platillo que no les pertenece, pero que tampoco saben de quién es inicia el conflicto.

 

«El animal-humano ante una posible comida se pregunta, duda, se siente culpable al no saber quién es su dueño. He aquí cuando el individuo hace suya la violencia sistémica. Estos dilemas no sólo evitan saciar el hambre, sino que nos plantean la situación en la que nos encontramos. Una ética al servicio del capitalismo y no del ser humano en tanto animal (que vive y se desarrolla en un

ecosistema). La ética capitalista no se pregunta “¿por qué pasas hambre?, ¿por qué te suicidas? O cuáles condiciones no te permiten comer lo necesario para seguir vivo”. Esta ética te hace preguntarte por el dueño del plato de comida que tienes frente a ti», explica Daniel J. García López en su texto Violencia sistémica y contra-estética de la jambre (Barcelona, 2013).

 

La vecindad que rodea a la 4x 4 Predator nada sabe del hambre. Las normas sociales sostienen a la intocable propiedad privada por encima de la vida.

La sociedad «bien comida» nunca se pregunta por el hambre. Corrompiendo todo derecho natural, la ética capitalista impone su pregunta: ¿Quién es el dueño?

La honra es del pobre, sentencia la parábola. Un mandato culposo y suicida. Un yugo cultural que llama a la resignación y el acatamiento. La palabra asfixiante que la película de Cohn nos impone “con la leche templada” y en cada escena.

  

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