08/09/2018

Los dilemas de la educación católica


Por ARIEL STIEBEN

Las escuelas católicas han surgido como una institución que, en el mundo secular, es decir en lo profano, intenta mantener la vitalidad de lo sagrado. La modernidad que ha profundizado la distancia entre uno y otro término hasta demostrarlos irreconciliables, ha mostrado claramente su preferencia por lo secular.  En ese contexto, la Iglesia Católica institucional ha visto durante siglos sucesivos como su misión de “religar” al hombre con lo divino se volvía cada vez más dificultosa, aunque el contexto histórico le permitía crear bastiones – las escuelas, por ejemplo – que, en el mundo profano, funcionaban como verdaderas fortalezas de los principios religiosos.

     ¿Qué es realmente la educación católica? ¿Es legítimo hablar de ella como si se tratara de algo definido o es meramente una forma particular de lo que se denomina educación religiosa y que tiene diversas manifestaciones en la historia de todos los pueblos? Si aceptamos el calificativo de católico para un tipo de educación, deberíamos poder establecer con claridad una concepción, una serie de prácticas concretas y un conjunto de resultados mensurables que nos den la medida justa de ese tipo de educación, que además, se entiende, debe diferir sustancialmente de cualquier otro. Tal vez, sea conveniente mencionar algunos mitos bastante difundidos acerca de lo que llamaríamos educación católica.

Gerald Grace, en su libro “Misión, mercados y moralidad en las escuelas católicas”, hace mención a los prejuicios más comunes: en primer lugar, la idea de que todo lo atinente a escuelas católicas es un asunto que sólo a los católicos debe interesar, cuando en realidad en los países de Europa con alto índice de creyentes de esta religión, como en cualquier lugar donde se registre el mismo fenómeno, el lugar que estas escuelas ocupan en el sistema educativo es casi tan importante como la educación pública, principalmente porque la mayoría de ellas recibe del Estado una importante ayuda económica (cuando no una subvención completa)  y esto las convierte en “cosa pública”; pero también porque la población estudiantil que concurre a instituciones católicas no necesariamente profesa el culto católico e incluso tiene otro credo.

Además, y en relación con lo anterior, importantes sectores de clase media y media baja envían a sus hijos a escuelas confesionales. En nuestro país una cantidad considerable de escuelas católicas, muchas del gran Buenos Aires (donde la ineficiencia estatal genera vacíos reales), no sólo administrativamente privadas, dado que el arancel está muy por debajo de lo que suele considerarse el valor de una escuela privada, ubicándose así en una zona gris. Todo eso señala la importancia que tienen las escuelas confesionales en el sistema educativo general.

En segundo lugar, la idea de que estas escuelas no son más que una especie de trinchera religiosa en la que, bajo la apariencia de institución pedagógica, lo único que se pretende es impartir una doctrina de forma autoritaria, como si se tratara de un “lavaje cerebral”; esto se basa en las imágenes heredadas a través de la literatura y el cine que muestran los sufrimientos psicológicos y hasta físicos que debían padecer los estudiantes (por otra parte, prácticas bastante comunes en cualquier tipo de escuela del mismo período histórico) en nombre de “el amor al prójimo” y “el dolor purificador”; ciertamente esas escenas no son gratuitas y realmente dan una idea precisa y cruda de lo que fueron antes del Concilio Vaticano II muchas escuelas católicas. Pero, hoy en día, son imágenes que  poco o nada tienen que ver con la realidad que muestra el alto índice de padres no católicos o no practicantes que optan por las escuelas confesionales, en un contexto social hipersensible a los hechos del autoritarismo abusivo sobre los cuerpos en el amparo de lo institucional.

Por lo tanto la validez de la pregunta por el significado de la educación católica está menos ligada a cuestiones teológicas que a la problemática educativa en general.

Las escuelas católicas han surgido como una institución que, en el mundo secular, es decir en lo profano, intenta mantener la vitalidad de lo sagrado. La modernidad que ha profundizado la distancia entre uno y otro término hasta demostrarlos irreconciliables, ha mostrado claramente su preferencia por lo secular.  En ese contexto, la Iglesia Católica institucional ha visto durante siglos sucesivos como su misión de “religar” al hombre con lo divino se volvía cada vez más dificultosa, aunque el contexto histórico le permitía crear bastiones – las escuelas, por ejemplo – que, en el mundo profano, funcionaban como verdaderas fortalezas de los principios religiosos.

Verdaderamente invirtieron grandes energías en lo que pudieron considerar la “protección” de los valores y las prácticas católicas. Sin embargo, esta actitud en sí misma iba en contra de uno de los mayores valores con que el mismo catolicismo se identifica: el sentido de misión. Puesta a elegir entre un cierre que prometería la conservación de los distintivo católico y entre una apertura o salida (un “llamado”, como suele decirse) hacia la profundidad del mundo secular con el fin de llevar el mensaje de Cristo, la Iglesia se inclinó, durante buena parte de su historia contemporánea, por la primera opción.

Esta es una contradicción de base. Los mayores problemas que las escuelas católicas han debido enfrentar, desde dentro, tienen que ver con el tironeo entre cierre y apertura, entre la posibilidad de proteger los principios religiosos a costa de la evangelización – la difusión de La Buena Noticia – o la de llegar al mayor número posible de seres humanos con riesgo de diluirse en las múltiples prácticas religiosas y profanas que pueblan la tierra. En este sentido es crucial el lugar ocupado por el Concilio Vaticano II (1962 a 1965), que destacó sobre todo el sentido de misión de la Iglesia. Fueron años de fuertes  debates internos, en los que las posturas progresistas y conservadoras se enfrentaron haciendo evidente que el catolicismo nunca formó un bloque monolítico de concepciones compartidas por todos, aunque esa sea justamente la imagen que la Iglesia católica institucional se ocupe de difundir. La fuerza del debate llegó a poner en cuestión la legitimidad de una “educación católica”.

Al respecto Gerald Grace cita un artículo de Terry Eagleton, “Educación Católica y compromiso” de 1967, en el que el intelectual argumenta: “O somos sinceros en cuanto a tener contacto con el mundo o no lo somos; lo que no podemos  hacer, creo yo, es transigir una solución de compromiso, un poco adentro del mundo y un poco afuera, me parece que es la idea que impera en gran parte de nuestro pensamiento actual”. Según esta postura, hablar de educación católica es ilegítimo en tanto intenta diferenciarse  de la educación a secas generando prevenciones y limitando el campo de acción misional al conjunto de los católicos, es decir, a quienes menos necesitarían tal tipo de educación. Esa paradoja histórica es probablemente una de las cuestiones centrales a dilucidar.

Por otra parte, diversos estudios demuestran que la formación brindada por las escuelas confesionales en lo que respecta a los valores estrictamente religiosos tienen una escasa eficacia en aquellos estudiantes  provenientes de familias no practicantes o de credos diferentes, con lo cual, aquella finalidad misionera que tanto se atribuyen, resulta acaso secundaria e incluso banal.

Con todo, cabe preguntarse qué motiva a padres que no profesan el catolicismo – o lo hacen tan vagamente que no lo vuelven significativo – a enviar a sus hijos a escuelas católicas. Es aquí donde se juega otra cuestión insoslayable que involucra sobre todo a la educación pública. Las escuelas católicas cuyos aranceles están al alcance de padres de clase media y media baja son en muchos casos preferidas a las llamadas “escuelas del Estado”. Se argumenta que en ellas “la disciplina” y “el buen nivel académico” son mucho mejores que en el sistema público y que además “el clima familiar” reinante en muchas de ellas – principalmente las que optan por una matrícula relativamente reducida – favorece mucho la “formación integral” (léase ética y académica) de los estudiantes.

Pero tal vez sea lo que se denomina “sentido de pertenencia” una de las claves para entender el éxito de las escuelas confesionales y lo que constituye probablemente su rasgo distintivo.

Eso tiene sus raíces en la idea de comunidad religiosa como pequeña sociedad fundada en principios y fines claros, con amplia capacidad de generar subjetividad, y por ende, identidad. Los estudios demuestran un fuerte compromiso de los padres con las escuelas católicas en las que posiblemente se formaron ellos mismos, llevando a sus hijos y nietos. Este aspecto está generalmente desplazado de las consideraciones acerca de las escuelas confesionales y constituye quizá el motivo principal que explica su permanencia y la importancia cuantitativa que tienen en el sistema educativo.

Es decir que más allá de las muchas – y legítimas – críticas  que pueden hacerse a la educación impartida en las escuelas católicas, no es posible dejar de lado el hecho de que, frente a la gran cantidad de escuelas públicas disgregadas, despojadas de legitimidad por el mismo Estado ausente que las crea, estas escuelas confesionales han tenido – y en muchos casos aún tienen – la capacidad de producir algún tipo de identidad.

Por supuesto, todo está en movimiento. Hay una afirmación de la Iglesia Católica institucional que ha sido motivo de fuertes acusaciones de falsedad ideológica, de hipocresía  o simplemente de mentira: es la que declara la “opción por los pobres”. Si bien durante las décadas del ´70 y ´80 los hijos de familias obreras tuvieron acceso a la educación impartida en las instituciones, que mantenían ciertos estándares de calidad en un sistema estatal que lamentablemente comenzaba  a deteriorarse con rapidez, los años noventa destruyeron a la clase obrera de nuestro país, alejaron a los sectores menos pudientes de la educación privada y esto volvió a generar un fuerte debate dentro de las instituciones católicas que los habían albergado.

Hasta qué punto sigue manteniéndose el principio que privilegia a la porción de la sociedad con menores posibilidades de desarrollo, en una realidad que muestra nuevos sectores con recursos que, ante la degradación de la escuela pública, busca la “excelencia” de la escuela privada católica. En muchas escuelas confesionales se ha ido perdiendo el ideal de la “opción por los pobres” en favor de una demanda cada vez más pudiente que encuentra aranceles accesibles en instituciones de aceptable calidad educativa – calidad que debe ser entendida como posibilidades reales de acceso al mundo laboral y a los estudios superiores -. Esta es la discusión presente y en general dejada de lado por la Iglesia católica institucional, lo cual no es novedad, suele hacerse difícil encontrar coherencia entre dichos y hechos.

Así, más allá  de la pregunta por la legitimidad de las escuelas confesionales se encuentra la de su  finalidad real en la sociedad (la de su Misión concreta) cuyos fundamentos no deberían ser buscados en la coyuntura económica del momento , sino en los principios que la misma “educación católica” declara.

  

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