¿QUE MATAN LOS SUICIDAS?
2019-06-06 Desactivado Por ElNidoDelCucoPor REGINA SIPMAN
Los escritores suicidas siempre despertaron la fascinación de los lectores. Si bien ningún escritor se consagra suicidándose (por favor , muchachos, no lo intenten), es cierto también que muchos consiguieron gracias al suicidio cierta aura atractiva.
La muerte no tiene pasado. A pesar de ello, cuando un escritor decide suicidarse, los lectores y los críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus páginas como policías que buscaran huellas en el escenario del crimen y hasta parecen querer leer sus obras como si, por alguna improbable perversión de las leyes del tiempo y el espacio, hubieran sido escritas después de desaparecido su autor, o como si éste hubiera sido durante años un muerto en vida, alguien que ya escribía desde el futuro, desde ese terrible después. Cuando no existen respuestas, lo mejor es inventarlas. Cuando los hechos no bastan, hay que recurrir a la imaginación. Sin embargo, el silencio de la muerte sólo existe para los vivos, son los que quedan de este lado del más allá quienes parecen sentir la imperiosa necesidad de cubrir, o al menos atenuar ese hermético vacío que deja tras de sí la muerte, esa inmovilidad como ultraterrena que sucede al disparo, la copa de veneno o la caída al vacío. Y son los vivos, o los sobrevivientes, que diría un fatalista, quienes inventan lo que tienen que decir las palabras del suicida, quienes asocian el drama final con el resto de la historia de la mujer o el hombre que dijo basta, lo mismo que si no fuesen más que los extremos de la misma soga.
En realidad, y esto lo sabe cualquier psiquiatra, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la llave del gas o volcarse en la mano los barbitúricos. Algo así como los marineros del relato de Horacio Quiroga. Son personas depresivas, angustiadas o infelices y, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Hay escritores que intentaron matarse varias veces, eso es cierto, como la poeta norteamericana Anne Sexton o como Guy de Maupassant, que veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad:”¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado”.
Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Por alguna razón, esa vulgar bolsa de plástico me produce un escalofrío mayor que las espadas con que se ultimaron Yukio Mishima o Emilio Salgari.
Y hay autores que decidieron tomarle la delantera a la muerte cuando, por uno u otros motivos, sus existencias ya eran, como en el relato de Jack London “un largo camino de amargura y horrores” que se había ido estrechando y que ya llegaba a su fin. Eso le ocurrió a Sylvia Plath, que no pudo sostener el peso de ser abandonada; a Reinaldo Arenas, que pronto descubriría que el paraíso capitalista era igual al paraíso comunista; a Hemingway y Bohumil Hrabal, el primero de los cuales se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía; y el segundo porque encontró un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en un caso terrible de artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. Le ocurrió a Marina Tsvietáieva cuando ya quedaba a su alrededor miseria y abandono. Y también a Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, el fascista Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakosky y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcom Lowry, a Dylan Thomas, y hace un tiempo al poeta Gabriel Egea. Otros como Cesare Pavese, se mataron porque eran incapaces de seguir vivos. Es impresionante pensar en el cianuro de Horacio Quiroga, la morfina de Jack London, el veronal de Ryunosuke Akatugawa, la bala dadaísta de Jacques Rigaut o los somníferos de Malcom Lowry.
La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en algún punto intermedio entre ambos estados. Alrededor del suicidio hay, como no podía ser de otro modo, toda una mitología y hasta quien se atreve a decir que no matarse es cosa de cobardes.
No comparto esa opinión ni suicidarse me parece un acto de coraje, sólo de desesperación. Y tampoco creo que los autores que terminan suicidándose posean un secreto que los demás ignoran. Las librerías están llenas de obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por mujeres y hombres que murieron en sus camas de eso que se llama, de un modo un tanto macabro, ni más ni menos que muerte natural. Y también están llenas de obras maravillosas escritas por gente como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova, que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos. En la literatura, lo mismo que en la vida, una cosa puede ser lo contrario de la otra y ser tan verdad como ella. Ojalá los escritores que citamos no se hubiesen matado. Sus creaciones no serían peor por eso y no hay más que leer sus libros para darnos cuenta el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas.
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Leí la nota. Hay muchos que deciden la muerte por mano propia. Algunos son escritores, otros no. Es verdadero, me parece, que la culminación trágica de una vida dedicada a la escritura (esos retratos de la existencia humana, a veces anclados en el tormento) puede despertar cierto atractivo en quien la ve de afuera, leyendo las páginas de un suicida. Mi pregunta es por qué. ¿Por qué sería tan atrayente leer un libro a sabiendas de que el autor decidió matarse? ¿Por qué eso cobra un valor diferencial respecto de otros libros o de otros autores? ¿Por qué seduce leer el libro que aviva la llama de la muerte, ese en el cual relata la previa desesperación y el tormento ante la vida? ¿Que hace que un lector a la hora de tomar un libro, elija el asunto de la finitud? Interesante nota, dejo este comentario. Ojalá haya alguna respuesta a estos interrogantes, si es que aportan algo. Espero que sí.
Saludos.