17/06/2022

LO MÁS SUBLIME DE LA CREACIÓN


 

 

 

 

 

 

 

 

Por EL PIBE CALYPSO

                  En realidad, no se ofenda, pero en el capitalismo no hay nada sublime. Lo único sublime es la vida misma y el arte es, como cualquier otra actividad humana, “sublime “solo en la medida en que participa de la vida y no per se.
A los artistas también les cabe: la vida determina la conciencia. Y el arte no es más que una de las formas que asume la conciencia. Los artistas que viven exigiendo libertad para la producción artística suelen olvidarse de qué cosa es la libertad y de que sea lo que sea, todos tenemos derecho a ella, no solo los artistas.

La libertad siempre es conciencia de la necesidad. Presupone conciencia de aquello que se puede y de lo que no se puede hacer. La libertad consiste en la posibilidad de realizar elecciones reales positivas. Existe por lo tanto una libertad sustantiva, aquella en la cual los demás son condiciones de mi realización personal. Es decir, no puedo ser libre sin los demás. Pero para que tal cosa suceda, es necesario que las relaciones que trazo con los demás no sean antagónicas o no estén atravesadas por ese antagonismo. Solo cuando las relaciones solidarias unan a las personas, será posible una libertad individual sustantiva. Sólo cuando las relaciones solidarias unan a las personas el arte será libre. Mientras tanto, le caben las generales de la ley y no puede hacer otra cosa que reflejar/ reproducir / recrear / fortalecer /  combatir ese antagonismo del que surge, como cualquier otro “artefacto” del mundo social. El arte, entonces, es un fenómeno de clase. No podía ser de otra manera. Por lo tanto, que la lucha de clases atraviese el arte, no debería resultar extraño.

Beethoven es un contemporáneo de la Revolución Francesa. Su música es la transcripción al pentagrama de ese evento de magnitudes colosales. La humanidad de Beethoven es también la humanidad individualista, es la humanidad tal cual la entiende la burguesía. Individualismo burgués que Beethoven veía representado en Napoleón. No es raro. Al igual que el general francés, Beethoven surgió de la nada. De una familia de músicos pobres, con un padre fracasado y alcohólico que lo obligaba a estudiar piano a los golpes, Luigi (como le decían las mujeres con las que coqueteaba), fue un niño prodigio en una época donde estaban de moda los niños prodigio a imitación de Mozart.

El padre de Ludwig le quitó dos años (tenía ocho, pero hacía creer que tenía seis) y lo paseaba por todos lados para poder sacar plata. Beethoven vivió toda su vida en la incómoda situación de los artistas del siglo XVIII europeo: si querían dedicarse a la composición y a la música, debían entregar su alma (literalmente) a algún mecenas. Y por supuesto, estar dispuestos a todo tipo de pleitesías.
Recién estaba en marcha un mercado europeo de música, de modo que el que quería sobrevivir como músico no podía apelar al “público”. O mejor, tenía un  público selecto: la nobleza feudal centroeuropea, que lo trataría poco más que como a un paje. Haydn, por ejemplo, la mayor expresión de la música del momento, el creador de la escuela clásica, fue empleado durante décadas por el Príncipe Lobkowicz, vivió casi recluido en sus posesiones y comía entre los sirvientes. Ese era un mundo de subordinaciones humillantes.

La vida de Ludwig iba a verse influenciada notablemente durante su adolescencia por los sucesos franceses . La revolución francesa no era sólo la expresión de la caída de un  mundo, sino la exaltación de la capacidad humana de transformación. Es, por lo tanto, la exaltación de la voluntad, de la capacidad de hacer, de la lucha. Toda la música de Beethoven iba a expresar el carácter convulsivo, violento, dramático de la época, tanto en el sentido emocional como en el teatral de la palabra. Pero para poder producirla, Beethoven debía vivir de aquella clase que estaba siendo expropiada por la burguesía, la nobleza feudal. Triste contradicción que se observa a lo largo de toda su vida: el amor-odio de una clase a la que se desprecia pero de la que vive.

Sobran las anécdotas, verdaderas y falsas, de esta relación de Ludwig con sus patrones. Parece que, caminando con Goethe por los parques del rey, se les cruza la comitiva real. Goethe se hace a un lado mientras Beethoven se queda parado obligando a sus miembros a dividirse para pasar. Ludwig le habría dicho al poeta alemán, incapaz de una rebelión de ese tipo, algo así como “yo también soy un rey en lo mío”.  Otras anécdotas no son menos impresionantes, como aquella en la que le dice a uno de sus protectores nobiliarios de toda la vida que “príncipes hay muchos, Beethoven hay uno solo”.

A Ludwig le gustaba poner en ridículo a los nobles que lo mantenían y lo adulaban. Pero también le gustaban los placeres de la corte. Tal vez Ludwig envidiaba no ser un noble tanto como despreciaba la condición de tal. Al mismo tiempo que protagonizaba desplantes inconcebibles a  Mozart o Haydn, se hacía llamar Don Beetho (el Don es indicación de nobleza en español) y solía firmar con el Van, que indica procedencia noble en los Países Bajos.

Nunca quiso a una mujer de pueblo y siempre tuvo amoríos con damas de la corte, condesas sobre todo, que no podían desposarse con nuestro empobrecido amigo. De modo que su vida amorosa era un fracaso permanente, no solo porque era bajo de estatura (1,65 mts), feo y sucio, (parece que una de las pocas mujeres no nobles que recibió proposiciones serias, la cantante Magdalena Willmann lo rechazó por feo y medio loco…Ludwig estaba a mitad de dos mundos) por origen e influencia inmediata era un revolucionario burgués; por situación material, un desclasado de la nobleza feudal. En su vida cotidiana esto se reflejó en sus actitudes entre arrogantes y ridículas, en su pleitesía y en su rebelión permanente. Pero en su música se subliman todas sus contradicciones, es la música de una revolución sin atenuantes, ni compromisos. 
Beethoven expresó en su música mejor que nadie la potencia creadora de la humanidad. No es casualidad: aprisionado en una sociedad demasiado conservadora para una revolución real, acorralado por una revolución que retrocede a una terrenalidad mediocre pocos años después de haber prometido el cielo, Beethoven trasladó a la música esa promesa gigantesca que todavía sigue pendiente de ejecución. Y vaya si lo consiguió: la Quinta Sinfonía debiera ser el himno del Bloque Piquetero.

Beethoven era entonces un intelectual orgánico de la burguesía en ascenso, como Goethe, como Schiller, como Kant y Hegel, como todo el iluminismo alemán. Por las limitaciones de su clase, es decir, por la limitaciones de la burguesía alemana, Beethoven vivió como vivió. Como todos ellos, expresó la ideología de esa clase. Como todos ellos, tenía poca necesidad de ideología y mucha de ciencia (no resulta casual que una de las lecturas predilectas de Beethoven fueran los escritos sobre historia natural de Kant) porque eran la expresión de una clase en desarrollo, que impulsa la conquista del mundo existente. Por eso libera a sus intelectuales a todas las aventuras; a la aventura de la ciencia, pero también a la aventura del arte.
Una clase naciente da origen, necesariamente, a una ciencia renovada tanto como a un gran arte. No se puede entender la genialidad de Beethoven fuera  de ese marco porque el arte no hace más que expresar la vida. Y la vida es, hasta que consigamos otra cosa, una vida de clase. El arte no puede ser de otro modo, no puede ser una excepción. Como Beethoven es expresión del momento más vital de la burguesía, su potencia sigue viva.
El agotamiento de la música clásica a lo largo del siglo XIX y, sobre todo, del siglo XX, no hace más que reflejar el agotamiento de la clase que la protegió durante los últimos dos siglos. Sacarla de allí requiere otra revolución. O sea, otra clase.

  

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