26/02/2022

DROGAS Y PLACER, LA DISCUSIÓN NEGADA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por DAVID PERE MARTINEZ ORÓ

          En el ámbito de las drogas, un aspecto que llama profundamente la atención es la marginalidad del placer como concepto de discusión y análisis para explicar los consumos. La irrelevancia del placer es producto de las raíces puritanas del prohibicionismo que lo desprecia como un fin justificable en la vida de las personas. Negación común en todos los dogmas derivados de la moral judeocristiana (Nietzsche). El discurso prohibicionista, con el objetivo de evitar cualquier contacto con las drogas, ha maximizado los aspectos problemáticos omitiendo y escondiendo el principal motivo de consumo: el placer. Duff apunta que «las políticas de drogas tienden a privilegiar el “problema” de los daños de las drogas, mientras que eluden la consideración del placer como un elemento central en los consumos». El placer es obviado estratégicamente en las discusiones sobre las políticas de drogas para reproducir el discurso problematizador, sin prestar atención en las numerosas evidencias que subrayan su centralidad para dotar de sentido los consumos (Hidalgo, 2011; Duff, 2008: 384). Mientras se nieguen los efectos placenteros, las políticas continuarán sin captar la totalidad del fenómeno; incorporarlos permitiría mejorar la efectividad y la ética de las intervenciones.

Holt y Treloar se preguntan «¿Por qué el placer se considera tan poco importante y por qué es continuamente omitido?» La respuesta descansa en la aversión prohibicionista hacia placer que lo considera una falsa ilusión producto de la transitoria «luna de miel», que una vez que se desarrolle la adicción dejará inevitablemente paso a los tormentos. La prevención abstencionista omite cualquier referencia al placer, presentando de manera descontextualizada las consecuencias problemáticas, como único escenario posible después de consumir, información inútil para todos aquellos que se drogan (Martínez Oró y Pallarés, 2009: 195-202). Holt y Treloar apuntan que conocer los riesgos y los posibles daños es insuficiente para persuadir de desistir de los consumos. Coggans destaca que la prevención universal es muy poco efectiva. En cambio, el discurso de la reducción de daños y riesgos ofrece una mirada pragmática, sensata y libre de carga moral para abordar los consumos, donde los placeres son reconocidos como posibles consecuencias (Bernabeu y Sedó, 2013157-168; Race, 2008; Keane, 2003).

La obra de Foucault subraya que las disciplinas del cuerpo: Epidemiología, Psiquiatría, Salud Pública y Psicología, poseen el poder estratégico para regular las poblaciones mediante el conocimiento intencionadamente ideológico. El poder estratégico da forma a todo lo que se construye como normal o desviado. En el ámbito de las drogas, el discurso prohibicionista se ha legitimado mediante las disciplinas de la salud (disciplinas del cuerpo) que han destacado las consecuencias perversas de las drogas (Moore). Las disciplinas de la salud representan el espacio de conocimiento donde se ha generado la inmensa producción científica en el ámbito de las drogas. Los temas estrella han sido aspectos como la predisposición a la adicción, las conductas compulsivas, la teoría de la escalada, las disfunciones en la memoria, las dificultades de aprendizaje, la neurotoxicidad, las enfermedades infecciosas, y muchos otros, obviamente aspectos problemáticos. Si se investiga exclusivamente sobre las situaciones negativas, los únicos resultados posibles versarán sobre los problemas, sin espacio para otros tipos de conocimientos.

La línea ideológica en la investigación en el ámbito de las drogas consiste en continuar reproduciendo el mantra prohibicionista, centrándose en los daños, las adiciones y los problemas, sin espacio para la investigación en aspectos como el placer y todo lo positivo que pueden reportar las drogas a las personas (Amigó, 2012). En palabras de Moore, «Un investigador […] que escriba sobre el placer no obtendrá grandes  presupuestos para investigar, por tanto, para asegurar su futuro profesional aceptará el enfoque de los riesgos y los daños». Reconocer el placer, en el ámbito de las drogas, tal vez no es el mejor camino para realizar investigaciones con altos presupuestos pero sin duda que es el más ético.

Las investigaciones etnográficas no pueden omitir los efectos positivos y placenteros de las drogas. Los informes del Observatorio de Nuevos Consumos de Drogas incluyen el apartado de efectos positivos donde el placer se convierte en central. Bajo el epígrafe de efectos positivos, encontramos la amalgama de prácticas que justifican tomar drogas: relacionarse con el grupo, potenciar las afinidades, desconectar de la rutina, intensificar las emociones y desinhibirse. En definitiva, buscar estados relacionales y emocionales positivos. En todos ellos descansa el placer. Y, si la presión consumista convierte a los jóvenes en cazadores de placeres, las drogas se erigen como una vía más para obtener el placer (Demant).

La persecución del placer es estratégica, aceptarlo en el contexto de una sociedad hedonista implicaría legitimar los consumos de drogas. Para los consumidores, la búsqueda del placer representa la libertad en la gestión del propio cuerpo, que sirve para obtener experiencias vivenciales (y a veces viscerales) intensas, desvinculadas de la presión de los tiempos formales. Como señala Gourley los consumidores de éxtasis tienen dificultades para explicar el placer obtenido. El placer es el motivo final de los consumos para que sea cual sea el motivo esgrimido, siempre se expresa la búsqueda de una situación agradable y positiva, es decir, placentera. Y, en la búsqueda, los consumidores reconocen la necesidad de realizar el ejercicio de control.

Desterrar del campo social el placer es ocultar intencionadamente un conocimiento al conjunto de la población. La línea ideológica en la investigación en el ámbito de las drogas consiste en continuar reproduciendo el mantra prohibicionista, centrándose con los daños, las adiciones y los problemas, sin espacio para la investigación en aspectos como el placer y todo lo positivo que pueden reportar las drogas en las personas. En el mismo sentido que la filosofía epicúrea, que postula que en la búsqueda de la felicidad se puede recurrir a la utilización de los placeres pero se deben disfrutar con moderación porque los excesos provocan daños y dolor.

La inmensa mayoría de consumidores, se aplican la filosofía de Epicuro y rechazan el hedonismo radical de Aristipo que busca la felicidad mediante la mayor cantidad de placeres sin importar las consecuencias. “Si los consumidores obviaran el control y sólo buscaran el placer infinito los problemas relacionados con las drogas serían incalculables”.

  

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