14/07/2021

EL MUNDO SIN ARTE ES UN HORROR


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ANDRÉS GARCÍA

“Si se calla el cantor calla la vida

porque la vida, misma es como un canto.

Si se calla el cantor, muere de espanto

la esperanza, la luz y la alegría”.

Horacio Guaraní

         Cuando Platón conoció a Sócrates y abrazó su filosofía, juntó todos los poemas que había escrito y los prendió fuego. Para el futuro filósofo en la poesía no había Verdad, los versos no reflejaban la esencia de las cosas. Muchos años después, en su obra “La República”, expulsaría a los poetas de aquella sociedad que había ideado, por mentirosos y blandengues.

Pero resulta que su tan amado Maestro concurría al teatro, y según cuentan algunas crónicas, Sócrates lloró de la risa cuando vio “Las Nubes” de Aristófanes, obra en la que el mismísimo Sócrates era ridiculizado. Evidentemente Platón no entendió nada o era un viejo amargo.

También su discípulo, Aristóteles, escribirá un libro dedicado al Arte, “La Poética”, en donde le da un estatus importante e incluso una función social: la Catarsis.

Veinticuatro siglos después, parece que esta pesadilla platónica se hubiese concretado. En el transcurso de una pandemia mundial, los artistas parecen haber sido expulsados del escenario público, en medio de un inmundo silencio cómplice, que no hace más que exponer el discurso hipócrita del elogio desaforado de la cultura.

No hay silencio más angustiante que el de un teatro vacío, un escenario muerto o un alma abandonada. El desprecio a la actividad cultural queda de manifiesto cuando no la encontramos en el listado de esenciales. La deforestación, la minería a cielo abierto o cualquier contaminación mediática tienen inmunidad diplomática contra catástrofes y prioridades y son más esenciales que las Ideas de Platón.

La salud está primero, por eso cerramos los teatros y abrimos los manicomios televisivos en la soledad de las casas, 24 horas de odio radioactivo y vaciamiento solidario. Distanciamiento social cuántico en el tren Sarmiento, en micros y aviones de afortunados que van en busca de virus foráneos… Las consecuencias lógicas de las mismas piedras que nos hacen tropezar están a la vista.

El alma se seca con el cuidado intensivo del catálogo esencial. De una maceta llena de billetes no sale ninguna flor, ¿o acaso no se dan cuenta que nunca se ha podido construir nada bueno con los ladrillos del terror, el miedo y la paranoia? Las épocas doradas que encandilan las páginas de la historia están iluminadas por supernovas creativas en las artes y las ciencias. Ya sabemos qué pasa cuando se apaga la luz. Ya sabemos qué pasa con una sobredosis de tristezas y miserias fabricadas.

Pero no se ve mucho síndrome de abstinencia. Sólo se escucha el ruido de los engranajes contaminantes, el masturbatorio televisivo que legitima la injusticia y absuelve a los criminales vitalicios y el crematorio cultural donde se arrebata el futuro prometedor. Mientras tanto, los discursos para una bienaventuranza póstuma siguen haciendo eco desde los confines de la historicidad.

Los postergados de siempre deben seguir esperando en los sótanos del ascenso social, porque hay que honrar las estafas que son deudas y sostener privilegios que no derraman. La salud está primero siempre y cuando sea un negocio para el mercader de Venecia. Las crisis nunca golpean sus puertas, porque toda inundación siempre empieza desde abajo.

El torque hegemónico sigue esculpiendo mandamientos en piedra eterna para que los profetas del evangelio libertario sostengan el dogma del libremercado. Conectados al wifi de la tristeza y la desesperanza, los soñadores de lo imposible se secan en el diván del perverso freudiano. Sin cable a tierra ni pararrayos, la farsa se repite como historia.

Llamen a Aristófanes para que ría la Verdad y queden desnudos los miserables sirvientes. Que suene la música para que bailen nuestros sueños sobre los oscurantistas, que los escultores llenen de caricias nuestros cuerpos golpeados por las piedras de los mandamientos, que los pintores llenen de luz y colores nuestras emociones erógenas y que el poeta escriba en la línea del horizonte que no hay nada más esencial, necesario y verdadero que el Arte.

Porque el mundo sin Arte es un horror, es una pesadilla orwelliana que nos deshumaniza. Lo sabía Sócrates, que asistía a las comedias de Aristófanes para reírse de sí mismo y de todos. Porque cualquier obra artística nos pone del otro lado del espejo y deja desnudos a los moralistas republicanos. Porque la cultura panfletaria reproduce la miseria espiritual de una cuadra de esclavos. Y allí permanecen encadenados los miles de millones, en las profundidades de la caverna, entretenidos por las sombras del miedo y el odio, opinados, pensados y vomitados.

Pero que nadie se confunda. No es este un grito anti-cuarentena ni un pedido de relajación frente al desafío que representa una pandemia. Es simplemente dejar en claro qué lugar tiene la cultura en nuestra sociedad en un momento excepcional como este. Cuánto hay de discurso y cómo la degradación cultural copó todos los medios y fue la única opción en el encierro doméstico. El enemigo fue subsidiado para que el Gran Hermano terminase de horadar lo poco que quedaba. Que quede en claro entonces que la salud no solo es atacada por un virus. Hay enfermedades más letales de contagio ideológico propagadas de forma insospechada. Y contra eso no solo no hubo medidas sino que se cerraron los pocos canales de escape que había.

Pero no hubo catástrofe en toda la historia que haya callado al poeta. Jamás ha cometido crímenes como lo han hecho las religiones, la política y la ciencia. Durante miles de años ha pulido el espíritu humano para que se refracte como la luz en un diamante. Le debemos todo lo mejor de lo que fuimos capaces. Y seguramente esta bella locura sea la que nos cure nuevamente de la normalidad de los gusanos.

 

Que no calle el cantor porque el silencio

cobarde apaña la maldad que oprime,

no saben los cantores de agachadas

no callarán jamás de frente al crimen.

  

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