16/03/2020

MANICOMIO FREAKSHOW


 

 

 

 

 

 

 

 

Por DIEGO JÁUREGUIS

El sábado 7 de marzo se presentó en Casa Rock de Palermo el Manicomio Freakshow con su nuevo espectáculo titulado “Fobia”.

 

               A partir de las nueve de la noche el público se fue congregando en el bar de la planta baja. Algunas personas, predominantemente del ambiente, por el negro de sus ropas y los motivos de sus tatuajes, ya conocían a la compañía teatral y venían siguiendo su trayectoria en distintos espacios como “El Salón Pueyrredón” o “El Emergente”, incluso en la apertura del último Festival BARS (Buenos Aires Rojo Sangre); otras, en cambio, en pareja o con sus amigos y amigas, se habían acercado por esa curiosidad macabra a la que aluden los miembros de la agrupación en su fan page. Así, todo el mundo esperaba hablando lo usual en un sábado por la noche, compartiendo una pizza, tomando algunas birras. Cada cual a la expectativa debido a esa sinergia entre el flyer tétrico, los videos enloquecedores posteados en la página del grupo (que son un anticipo del carnaval caníbal) y ese voyeurismo de serial killer que, días antes de la función, recorre las biografías de la troupe siniestra a través de las redes sociales. En ese contexto de espera, aquí y allá, se podía sorprender, en los grupos alrededor de las mesas, alguna mención al coronavirus y la primera muerte en el país, pero solapada y como al pasar, entre los detalles, más próximos y menos mediáticos, de cada experiencia cotidiana, a veces más espeluznantes que las infecciones todavía lejanas. También, entre quienes fumaban en la vereda, latita en mano, se referían otras actividades dentro de la movida oscura y extrema junto al anecdotario que es el resumen personal de la semana.

A las 22 hs empezó el show a sala llena. El manicomio que es un circo freaky del horror y del erotismo en una atmósfera de suspenso traumático.

 

Primitivismo slasher

Lo primero que podemos ponderar del espectáculo, más allá de la narrativa gótica en los atuendos, en la música y en los personajes, es la preponderancia de atavismos. Entendiendo cada atavismo como un conjunto retorcido de pulsiones antagónicas. Esta energía negra emerge, contradictoria y desquiciante, hasta materializarse en un estilo demoníaco que conforma la identidad colectiva y discursiva de ciertas sensibilidades no convencionales. Así las alienadas y los locos, en un momento de la obra, se agrupan en círculo alrededor de una vampiresa semidesnuda que realiza su exhibición de pirofagia sadomaso; y en torno a esta ronda saturnina el público también se apiña pero para filmarlo todo con sus celulares en alto, quizás actualizando una remembranza post-apocalíptica y de subterráneo.

La puerta de acceso para estos atavismos, dentro del marco de este show de manicomio, son las películas de terror clase b, el rock industrial, la cultura BDSM, y el conjunto de prácticas que, alrededor de la música dark y el metal, delinean los matices colectivos de esta tribu afín a las tinieblas estéticas. Y como estamos en el marco del atavismo y en su celebración malsana y nocturna, podemos estar hablando, a lo largo de la hora y media de show, de un espíritu de colectivización cuyo pegamento comunitario es -a través de los riffs distorsionados de la banda que musicaliza en vivo las escenas- el interés artístico por lo perverso. Y esta perversión, de acuerdo a los patrones estilísticos de este nicho tribal, construye una atmósfera de mazmorra psiquiátrica mientras el público se desplaza con morbosidad siguiendo a los actores y actrices que desarrollan sus evoluciones hábilmente grotescas entre la concurrencia. Y es que la audiencia, no necesariamente del palo, experimenta esa inquietud proactiva de presenciar las torturas, ciertas formas de denigración o de liberación aterradora y alienada, sólo por el impulso hechizante de ver encerradas, pero de un modo estéticamente condescendiente, tales aberraciones. La crueldad, con todas sus derivaciones amorfas (desde las cósmicas a las políticas), merece ser representada dentro de las coordenadas de un espacio escénico y, sobre todo, truculentamente festivo. De lo contrario, no habría exorcismo lúdico del otro lado de la línea demarcatoria. Es decir, esa General Paz en el mapeo de las sensualidades donde hay hijas latinas de la Condesa Sangrienta y Alucardos argentinos. Así lo enseñó Artaud siguiendo, con varias disidencias profundas, el clásico precepto aristotélico de la catarsis de las pasiones colectivas.

 

Manicomio-circo-carnicería

Cualquier observador, u observadora, medianamente involucrado con este estilo artístico y sus derivados a través de subgéneros literarios y cinematográficos o musicales, podría preguntarse, por la impresión de las escenas terroríficas, o tal vez debido a alguna estrategia teatral conscientemente aplicada, que la agrupación que lleva adelante la propuesta está unida por aquel espíritu pesadillesco que servía de lazo identitario a los moradores y moradoras de la espectral, surrealista y criminal ciudad subterránea de Midiam, maravillosamente descripta por Clive Barker en su novela “Cabal”. De todos modos, estar al tanto de esta apreciación no es relevante, sólo tiene valor para los espectadores entendidos. Pero éstos, partiendo de este dato o de alguna otra asociación, podrán encontrar enlaces y guiños con otros fenómenos y productos culturales que son parte de la atmósfera alucinante, y desde luego, celebratoria, que va desplegando esta obra inmersiva, como, por ejemplo, las dos monjas aterradoras y el sacerdote infame cuyos modelos, si partimos de la referencia barkeriana, remiten al vampirismo estilo Craddle of Filth, banda clásica del Black Metal inglés, entre otros antecedentes que ya son “arquetipos de culto” dentro de esta movida. Pero, para la audiencia promedio, o para quienes tengan una idea más o menos superficial del contenido, estas referencias, siéndoles desconocidas, son un substrato sórdido que han podido disfrutar, cerveza en mano, como aperitivo o antesala de un imaginario espeluznante que construye arte o produce diversión sólo si puede escenificar lo que está prohibido. Así se habrán enterado, ya que dieron el primer paso comprando su entrada, y el segundo, asistiendo al show, que hay tribus urbanas con una sensibilidad que amplifica esas sombras que todos y todas llevan adentro pero con la intención performática de expresarlas lúdicamente, entretejiéndose teatralmente con ellas. Formular sombras psicológicas como en esa escena lésbica donde las alienadas y las religiosas que las custodian se entrelazan en una puesta erótica y ambigua donde los valores entre el sadismo y el masoquismo, el placer y el dolor, el poder y la sumisión, están confundidos y ensortijados, sin ninguna distinción tranquilizadora. Se trata, en definitiva, de los equívocos políticos con los que juega ingeniosamente el humor negro en clave de bondage.

Y no se trata de racionalizar ningún deseo, lo cual podría colocar a los espectadores y a las espectadoras en la rigidez de algún marco conceptual y defensivo, sino al contrario, exhibir esos atavismos que sólo desde una perspectiva careta podrían ser cuestionables. Porque en realidad esos impulsos diabólicos siempre están ahí, eternamente presentes, psíquica y energéticamente incorrectos. Encuentran, a pesar de la vigilancia, su formulación expresiva. Y se trata de conjurar con ánimo celebratorio lo innoble, lo mórbido, lo sádico, lo masoquista, el límite entre lo erótico y lo pornográfico. Así como viene, pero ya formateado críticamente por otros productos artísticos del ambiente y que son la base anímica del contenido, o, si prefieren, de esta varieté tenebrosa. Porque la estructura narrativa es simple, muy simple, por eso ofrece un espectáculo, estilo película de sexplotation en crudo y en directo, cuyo eje principal no es la historia sino las estimulaciones que caen, en cascada, sobre un público excitado: humo fantasmal, rock industrial en vivo y al taco, vejaciones sexuales, un crucifijo-consolador, faquirismo, degustaciones de insectos,  tortura genital y mental, una inesperada lluvia dorada ante un auditorio atónito. Todo esto y más en el contexto de una historia que relata la subversión freaky de los alienados y las alienadas. De ahí esa idea celebratoria, pero monstruosa, como estrategia de inducción participativa destinada a esa asistencia voyeurista que se mueve frenéticamente en las penumbras.

 

Subversión perversa y freaky

Hay una relación entre la sobre estimulación por medio de gritos y alaridos esquizofrénicos y otros efectos escénicos, y el título del espectáculo. Y esta relación podría ser la película “La mansión de la locura” del director mexicano Juan López Moctezuma. Y si así no fuera, la institución psiquiátrica funciona en todo caso como matriz narrativa muy apreciable para el disfrute de las subjetividades góticas y extremas. O podemos remitirnos al asilo mental de Charenton escenificado por Peter Weiss, que sirvió para dramatizar las contradicciones de la Revolución Francesa y las del Divino Marqués. Y por aquí podemos encontrar uno de los resortes, simples y efectivos, que sirve de comunicación entre los personajes y ese público casi hambriento de parafilias: el director y la supervisora del manicomio, ese dúo de Caligaris, que cumplen con la función de hostigar a los espectadores y espectadoras para invitarlos a la acción a través de cada una de las intervenciones que se van desarrollando en todo el espacio escénico. Arriba y abajo del escenario. Especialmente abajo, con esa complicidad que ha sido inducida en los concurrentes ofreciéndoles algún insecto, un piscolabis coprofágico, entre otros comestibles putrefactos (aunque sobre gustos no está todo dicho). Porque “Fobia”, la propuesta del Manicomio Freakshow, que tiene como género teatral inmediato el Grand Guignol, pero reactualizado en código Ultra-Gore, es a su manera una parodia psicótica de festividad popular. Y lo es si, más allá de las flagelaciones y torturas, y demás extravagancias sensoriales y disciplinarias, vemos que el espectáculo, por medio de una introducción, un nudo y un desenlace, ofrece, sumergiendo al público, el relato de una revolución freaky contra las autoridades médicas y religiosas del nosocomio sadeano.

Por eso vale la pena destacar la condición física de algunos cuerpos puestos en escena, es decir, de esos cuerpos convulsos y tatuados, de esas carnes expuestas al faquirismo, de alguna que otra lengua bífida, que en el marco de desnudez casi absoluta y sangrienta, configuran un asilo de punks-freakys-demenciales salidos de la imaginación perturbada del loco de la motosierra durante la Masacre de Texas. Pero son cuerpos anti-mainstream martirizados de verdad por debajo del maquillaje lunático y los disfraces ensangrentados. Por lo tanto las cicatrices, producto de escoriaciones, abundancia de piercings y de un decadentismo nuestro y lunarmente subtropical, funcionan como subtexto que potencia el efecto psicológico del vestuario y aumenta la carnalidad tortuosa debajo de esa luces rojas y celestes, que se encienden y apagan a ritmo de trance y machaque de viola.

La disposición anímica del público es un factor imprescindible en este tipo de dispositivos teatrales inmersivos. Por eso no se puede obviar la naturaleza latinoamericana de la concurrencia. Porque si bien éste es un producto de choque (como diría Walter Benjamin) que utiliza distintos recursos como la desnudez, la violencia y otras herramientas performáticas ya señaladas para construir un manicomio-circo-carnicería con los estereotipos propios de la subcultura dark, especialmente anglosajona, la concurrencia pone de su parte aquellas formas de curiosidad y participación que son las de nuestra atmósfera latina, con terrores larvados típicamente argentinos. El religioso perverso, por definirlo de alguna forma, tiene una picardía macabra y latina que remite, a través de múltiples asociaciones, al padre Ambrosio, protagonista de la novela gótica de Matthew Lewis “El Monje”, cuyas tentaciones culminan en una cripta madrileña. Del mismo modo las monjas dominátrixs poseen, por uno de esos hallazgos de physique du rol, ese poderío ineludible de vampiresas ibéricas estilo Jesús Franco. Y así en toda la obra, donde los actores y las performers, incluido un Joker propio del Borda, imprimen ese pulso, desde luego inconsciente, que es la forma original con que el sentimiento de horror latino fagocita lo gótico y le da ese ímpetu sanguinario y erótico, absolutamente de acá, que atraviesa el tabú de un modo más infinitamente perturbado, carnal, extremo y enloquecedoramente próximo.

  

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