19/12/2019

PAUL LAFARGUE Y LA REIVINDICACIÓN DE UNA ONTOLOGÍA REVOLUCIONARIA

















Por GERMÁN GOMEZ

            De origen familiar francés, nació en 1842 en Santiago de Cuba. Expulsado de todas las universidades de Francia por dar discursos revolucionarios y haber insultado la bandera francesa, glorificando el terror y a la bandera roja, viaja a Londres para continuar sus estudios. Allí conoce a Marx y se casa con su hija Laura en 1868, luego de terminar la carrera de medicina. Lafargue inicia su vida militante como proudhoniano y admirador de Blanqui. Allí tendrá dos frentes de combate. El primero, en relación a la Comuna de París; el segundo, contra el bakuninismo.

La esclavitud, al decir de los idealistas, tuvo la doble fortuna de haber sido introducida por filantropía y abolida también por ella. El hombre había cesado de comerse a sus semejantes desde el momento en que el amor al prójimo comenzó a lucir en su corazón. Sin embargo, era una bella prueba de amor la que daba comiéndoselo. Los católicos estiman que no pueden dar a su Dios mayor prueba de estimación que tragándoselo bajo la forma y especie de hostia.

En realidad, no se puede atribuir la cesación de esas meriendas antropofágicas sino a causas económicas y a la influencia de la mujer. Al principio toda la tribu, hombre, mujeres y niños, participaban de la merienda, que la constituía algún viejo pariente, a quien se quería evitar las penalidades de la edad y los contratiempos de la vida salvaje, tan difícil para los que han perdido el vigor y la elasticidad de los miembros; pero cuando la caza y la pesca eran abundantes y cuando la ganadería o pastoreo y el cultivo de la tierra permitió alimentar a los viejos, se les dejó morir naturalmente. Pero se continuó comiendo los cadáveres de los enemigos caídos en el campo de batalla, así como los prisioneros de guerra. Únicamente los guerreros tomaban parte en estos festines, estaban excluidas las mujeres, las cuales, por envidia, sin duda, acabaron por tomarles horror, manifestando aversión hacia los hombres por asistir a las comidas canibalescas. Los hombres, influidos por la opinión femenina, acabaron por suprimir las comidas, conservándolas sólo como ceremonia religiosa; la comunión de los católicos es un recuerdo de los festines antropofágicos.

La esclavitud se introdujo cuando la producción agrícola e industrial estuvo bastante desarrollada para que el hombre, trabajando, pudiera reproducir lo que necesitaba y algo más, de lo cual pudiera apoderarse otro individuo.

Las tribus salvajes y bárbaras, cuando habían sido diezmadas por sus luchas intestinas, adoptaban a los prisioneros de guerra para cubrir las bajas ocasionadas en las filas de sus guerreros; entonces los adoptaban para convertirlos en trabajadores. Esa adopción del esclavo se ha conservado aún en los pueblos civilizados; los griegos y los romanos recibían a los esclavos como miembros de la familia, después de una ceremonia religiosa que se verificaba ante el altar doméstico. El esclavo dio su nombre a la familia, porque la voz ‘familia’ proviene de una antigua voz osea, ‘famel’, que significa esclavo. La familia patriarcal, en efecto, está basada en la esclavitud de la mujer.

La esclavitud, en sus comienzos, era dulce; el esclavo era un compañero, casi un amigo. La esclavitud, tal cual nos la pinta la ‘Odisea’, aunque estableciendo todavía relaciones de amistad entre el amo y el esclavo, ha perdido ya su carácter primitivo, y a medida que la civilización progresa, que la filosofía ilumina a los hombres, que la justicia regula los derechos de los ciudadanos libres y que la moral adorna con preceptos sus vicios, la esclavitud pasa a ser cada vez más inhumana, hasta convertirse en intolerable en los tiempos más hermosos de Atenas y Roma.

Sin embargo, esa esclavitud inhumana e intolerable era aceptada por los filósofos más idealistas. Platón introducía esclavos en su República utópica, y Aristóteles creía que la naturaleza señalaba a ciertos hombres para la esclavitud y el villano dios de los judíos y de los cristianos había designado a la raza de Cam para suministrarlos. Pero el pensador griego entrevió la abolición de la esclavitud cuando las máquinas funcionaran y realizaran por sí mismas el trabajo sagrado, como los trípodes de Vulcano.

Los sacerdotes católicos que con el estudio de la teología han aprendido el arte de mentir dicen y repiten que el cristianismo abolió la esclavitud, cuando lo que hizo fue introducirla en América y conservarla en el antiguo mundo. Enseñaban a sus esclavos a obedecer y servir fielmente a sus dueños terrestres para merecer los favores del dueño celestial, el protector nato de los dueños de los esclavos y de los déspotas. Los sacerdotes condenaban públicamente la esclavitud, la defienden en los seminarios de su enseñanza privada. El jesuita Gury, en su Teología Moral, obra clásica en las manos de los seminaristas, dice a este propósito; “Pregunta: ¿Puede el hombre tener derecho de la propiedad sobre otro hombre?” (Gury, RP; Compendium Theologiae moralis).

La esclavitud, que la filosofía y el cristianismo no pensaron jamás en combatir y menos aún en suprimir, desapareció cuando los medios de producción estuvieron bastante desarrollados para hacer arriesgada y costosa esa explotación del hombre. Comparen salario con esclavitud. El amo ha de comprar el esclavo y soportar las pérdidas provenientes de los accidentes y de la muerte, se ve obligado a sustentarle aun cuando el esclavo cae enfermo o está ocioso y sostenerle en la vejez, porque no puede matarlo como a un perro. El capitalista se ahorra todos esos cuidados, sin abrir su billetera, se procura tantos trabajadores como desea, y el salario que les da por su jornada de trabajo corresponde, con poca diferencia, a la suma que el dueño de esclavos ha de gastar en alimentar a sus bestias de carga. Por razones económicas y no por fantasías sentimentales e idealistas, puede explicarse por qué los capitalistas, que explotan tan fervorosamente al hombre y a la mujer libres, son tan ardientes partidarios de la abolición de la esclavitud.

La esclavitud, aprobada por la justicia y la moral, era no solamente aceptada por la clase dominante como una institución divina y natural, sino también por la clase oprimida. Los desgraciados esclavos de la sociedad antigua no entreveían ni aún la posibilidad de su abolición. La servidumbre había extinguido todo sentimiento de rebelión en sus corazones, como había impedido la generación de toda idea de justicia en el cerebro de sus amos; y así, durante la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, no pudo reclutarse número bastante de negros para formar un solo regimiento en la lucha contra sus opresores.

No ocurre lo mismo en la Edad Media: el feudalismo no puede extender su opresión por todo un territorio más que con una lucha incesante, y tiene por vencer una serie ininterrumpida de sublevaciones y ahogar los sentimientos de igualdad y de independencia de los campesinos que viven en las aldeas colectivas. Los campesinos no necesitaron esperar a los burgueses de 1789 para tener sentimientos de igualdad; pero ¿qué podían pobres campesinos cubiertos de pieles o de sayos de lana burda y armados con palos y hoces, contra el barón feudal cubierto de hierro? En Francia, Inglaterra y Alemania, fueron batidos, torturados y asesinados con la ayuda y complicidad de los curas y la burguesía. Pero cuando la pólvora del cañón salió del laboratorio del alquimista para entrar en el dominio de la industria, restableció la igualdad en los campos de batalla y decretó la sentencia de muerte del feudalismo. Pero la pólvora que desembarazó la Europa del feudalismo, introdujo otras plagas: los ejércitos permanentes.

La burguesía tiene horror al militarismo, detesta a los que arrastran armas, y como está animada por la noble ambición de explotar a los hombres sin distinción de nacionalidades, ha proclamado la fraternidad de los pueblos y anunciado que bajo su dominación social la paz y el comercio reinarían. Las cabezas fuertes de la burguesía europea fundaron una Liga Internacional de la Paz, para apresurar la venida de ese reinado pacífico. Celebraron congresos internacionales y enviaron misioneros a los reyes y a los déspotas para hacerles conocer los horrores de la guerra y espantarlos con los gastos enormes que ocasionaban los ejércitos permanentes. Pero estos apóstoles de la justicia y de la fraternidad han acabado por desalentarse viendo los ejércitos permanentes multiplicarse por todo el mundo, y aumentar sus efectivos, y viendo que las guerras son cada día más mortíferas. Entonces cambiaron a ser resueltos patriotas, y si hoy no predican el degüello de los pueblos, después de haberlos evangelizado con su fraternidad, es por miedo, porque también los burgueses son carne de cañón.

El hambre seguirá a la matanza. En efecto, la guerra alistaría bajo sus banderas a todos lo hombres válidos; los talleres se vaciarían, las cosechas de los campos se pudrirían y la tierra, no labrada ni sembrada, terminará; la población de los países en que se hubiera desarrollado estaría arruinada y sin pan; los obreros tendrían un fusil en la mano. “Quien tiene fusiles, tiene pan”, dijo Blanqui. Una guerra desencadenaría la revolución social del mundo capitalista.

Sólo los locos y los criminales pueden desear una gran guerra. La guerra ha llegado a ser imposible por el desarrollo y el perfeccionamiento alcanzado por los aparatos de destrucción y por la militarización ciudadana. Ha llegado, pues, el momento de realizar el ideal de la burguesía de abolir los ejércitos permanentes.

Pero los fenómenos económicos, más poderosos que la voluntad de los burgueses, no permiten la realización de su ideal. Se mantienen hoy los ejércitos permanentes, no para la guerra, sino para ayudar la industria y el comercio. En efecto, si en las naciones se licenciasen las tropas, se arruinarían las industrias que viven del ejército, se arrojarían afuera del mercado de trabajo a millones de hombres válidos, jóvenes, y esto sería equivalente a un paro general con las consecuencias sociales implícitas.

Cuando, por casualidad, la triste burguesía tiene un ideal razonable, cuya realización persigue desde que alcanzó la dominación social, las fuerzas económicas que ella misma puso en movimiento se oponen a que ese ideal se convierta en hecho, probándole así que no es dueña de sus propios destinos, sino que se halla sometida a las fuerzas del mundo económico.

  

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