19/09/2019

BILL HICKS – El horror y la risa


 

 

 

 

 

 

 

 

Por FACUNDO GARCÍA

Le decían el Nietzsche del Stand-Up.  Poseedor de una pasmosa honestidad, su uso de la autorreferencia y la crítica social lo convirtieron en un monologista de culto.  Vivió rápido, murió joven, y dejó una obra vital para entender el sinsentido de las sociedades modernas. Habló a favor de las drogas, en contra de las religiones, criticó las instituciones que nos someten, pretendía que su público pensara por sí mismo y sugería salir a cazar artistas pop. Esta es la historia de un bufón enojado que escupía verdades.    

           Bill Hicks nació en 1961, en Georgia, y fue criado en Hudson, Texas. Fue el tercer hijo de una familia bautista que nunca faltaba a misa los domingos. Pasó su infancia como cualquier niño criado en el sur de EEUU, yendo a campamentos de verano donde aprendía sobre el uso de las armas y el fundamentalismo cristiano, viendo adolescentes bebiendo cerveza mientras competían en carreras ilegales de camionetas, y saldaban cualquier discusión a puros insultos, entre las casas adornadas con la bandera confederada y rock sureño sonando en la radio. El sur no era, en definitiva, ese lugar donde el pensamiento fluyera libremente y las ideas dieran lugar a la reflexión. Y tampoco era un lugar muy propicio para la comedia. Pero tal vez, fue este ambiente el que terminaría moldeando el estilo de Bill Hicks, un tipo solitario, que hablaba en bares de mala muerte junto a las autopistas, que contaba verdades ahí donde nadie quería escucharlas. Un hombre amargo defendiéndose del mundo con humor y la palabra. «Soy un cómico y un poeta, así que si en algún momento no se ríen, es que eso era un poema».

Entrando en la adolescencia, Bill ya sabía que quería ser comediante. Empezó a pasar horas encerrado en su cuarto junto a su amigo Dwight Slade preparando chistes. Con 16 años, se subió a los escenarios por primera vez. Al terminar el instituto decidió que tenía que ir a Los Ángeles si quería crecer como cómico. En una familia en la que los otros cuatro miembros eran graduados universitarios, no era fácil de encajar. En Los Ángeles lo admitieron para actuar en el mítico Comedy Store. Debutar con un monólogo bien preparado es más fácil de lo que parece. Lo complicado es convertirse en cómico habitual de un recinto y no acabar aburriendo. Por aquel entonces, Bill era un cómico limpio que no decía palabrotas en el escenario. Maduró, pero no encontró su voz.

 

¿Habéis oído alguna noticia buena sobre las drogas?

Un día, Hicks llamó a su amigo Kevin Booth. «Adivina qué, estoy de vuelta en Houston y tú y yo vamos a tomar hongos alucinógenos». Y así lo hicieron. Aquél fue, de hecho, el primer contacto que tuvo Bill con cualquier droga, incluido el alcohol. Desde entonces, ambos hacían esporádicas visitas a un rancho en Fredericksburg donde experimentaban con los alucinógenos. Para Bill, escuchar sobre algo no era suficiente. Él quería que la revelación le viniese de primera mano. Algo pasó en una de esas experiencias para que él pensase que tenía que abrirse a su público respecto a estas cuestiones.

«¿Habéis oído alguna noticia buena sobre las drogas? ¿No? Yo tampoco. Las noticias se supone que han de ser objetivas. Siempre sale la misma noticia sobre el LSD. «Un hombre joven puesto de ácido piensa que puede volar y salta desde un edificio, ¡qué tragedia!». ¡Qué gilipollas! si lo piensas. Si él creía que podía volar, ¿por qué no probó a despegar desde el suelo?».

Acto seguido, Hicks anhelaba que por una vez hubiese una noticia positiva sobre el uso de drogas:

«Hoy un joven puesto de ácido se ha dado cuenta de que toda materia es simplemente energía condensada en una vibración más lenta, que somos todos una única conciencia que se experimenta a sí misma de manera subjetiva, que no existe la muerte, la vida sólo es sueño y somos una imaginación de nosotros mismos. Pasamos a Tom con el tiempo».

Bill empezó a fumar y consumir alcohol. También lo hacía sobre el escenario. Lo que al principio eran copas con sus colegas de profesión pasaron a ser consumiciones que le hacía llegar gente desconocida del público. Luego empezaron a darle cocaína gratis. Querían ver hasta dónde podía llegar el show con Hicks puesto hasta arriba.

La hermana y el hermano mayores de Bill fueron a ver una de sus actuaciones un día. Lo único que encontraron fue un borracho tendido sobre el escenario. Nadie se reía. Al final lo despidieron.

Como suele suceder, no es hasta que tocó fondo que Bill se dio cuenta que tenía cambiar de aires. En febrero de 1988 dejó de beber. Aun así, sabía que iba a ser difícil mantener la sobriedad estando rodeado de cómicos en Houston. Así que Bill decidió desaparecer para resurgir en Nueva York. Ahí es donde se convirtió en el monologuista espectacular al que se recuerda. La única droga que consumía con mucha habitualidad era el tabaco, y su adicción a los cigarrillos pasó a ser un tema recurrente en sus monólogos.

«No me drogo pero me gusta hablar sobre drogas. Dicen que fumar marihuana te convierte en una persona desmotivada. Menuda chorrada. Cuando yo estaba colocado podía hacer todo lo que haría normalmente, hasta que me di cuenta de que no merecía la puta pena. No voy a salir de la cama si es para meterme en un atasco de camino a un trabajo que odio. Mejor me quedo en la cama viendo dibujos animados».

«Si queréis entender una sociedad, prestad atención a las drogas que utiliza. ¿Qué nos dice esto sobre la cultura americana? Exceptuando el veneno farmacéutico, hay esencialmente dos drogas que la civilización occidental tolera: cafeína de lunes a viernes para convertirte en un miembro productivo de la sociedad, y alcohol de viernes a lunes para mantenerte estúpido como para darte cuenta de la cárcel en la que vives».

 

 El Rock es la música del diablo

Es posible que los chistes sobre matar a músicos pop como Michael Bolton, o su idea de un Jesús volviendo a la tierra y enojándose cuando ve a todo el mundo con una cruz al cuello son cosas para las que el público americano no estaba preparado. Pero Bill miraba la cultura de los 80 y lo que veía era como todo el arte se transformaba en una industria que recaudaba dinero y nada más. Y el rock no era más que la parte más redituable de todo el asunto, y para eso había tenido que dejar de ser lo que fue. […] Así que me repugnan esas estrellas limpias e inocentes que nos meten por los oídos a todas horas.  Me dicen «Bill, son los New Kids On The Block, no la tomes con ellos, son tan buenos y dan tan buena imagen para los niños». Que se mueran. ¿Desde cuándo la mediocridad y la banalidad se convirtieron en una buena imagen para los niños? Quiero que mis hijos escuchen a personas que rockearon de verdad. No me importa si murieron ahogados por su propio vómito. Quiero a alguien que toque para sus putos corazones.

“Nos dicen que el Rock’n’roll es la música de Satanás. Bueno, digamos que “sabemos” que el rock es la música del diablo, y sabemos que es así seguramente… ¡Al menos es genial! Si es una elección entre el eterno infierno y buenos riff, o el cielo eterno y New Kids on the Block… Estaré surfeando en un lago de  fuego, rockeando.”

Fue un rockero sin ser músico, pedía a los músicos que tocaran para conmover y se ganó la rendida admiración de muchas bandas de rock —Maynard James Keenan llegó a incluir parte de uno de sus monólogos en el disco de Tool Aenima. Para Bill, la cultura rock no era inocente de la moral cristiana, el anti-intelectualismo imperante y el belicismo promovido por la administración Reagan y Bush, o de las políticas antidrogas o  la censura que se pretendía imponer en los discos. Denunciaba la banalidad de la música que solo se dedicaba a hacer comerciales para vender Pepsi.

El humor como única arma para combatir el horror de una cultura en decadencia, lo acercaba a un cinismo que él mismo se encargaba de anunciar. Así comenzaba muchos shows: «Buenas noches, mi nombre es Bill Hicks. He estado en esto de la comedia doce años, así que, acompáñenme mientras esbozo una sonrisa falsa e interpreto toda esta mierda una vez más. Estoy algo cansado de viajar, algo cansado de hacer comedia, algo cansado de ver sus rostros inexpresivos mirándome, queriendo que llene sus vacías vidas con humor e ideas que posiblemente no pueden pensar por sí mismos. Esta noche será mi última noche».

 

Esto es solo un paseo

Bill Hicks murió de cáncer de páncreas en febrero de 1994, meses antes, le habían ofrecido una actuación en el show de Letterman. Él sabía que era la última vez que el país entero tendría oportunidad de verlo. Para su desilusión, el mismo David Letterman censuró su actuación (fue la segunda actuación en la historia de la televisión Norteamericana que se censuró, la primera había sido la actuación de Elvis moviendo las caderas). El presentador se retractó en 2009, cuando tras una queja formal de Mary Hicks, la madre de Bill, decidió invitarla al programa, mostrar su arrepentimiento y emitir la grabación, cuyo tema central era crear un reality show para dar caza y muerte a Billy Ray Cyrus.

Se fue dejando huérfano el siglo 21 de esa unión entre la rabia y la risa. Hoy la ironía es una actitud de estar de vuelta de todo y mirar desde arriba sin intervenir en la realidad. Un cómodo lugar donde estar a salvo de cualquier compromiso. Todo el cinismo, todo el sarcasmo, toda la ironía de Bill tenía un solo motor: el amor. Para el, debíamos despertar, debíamos ser más conscientes, mirar al otro como un par, salir de la estupidez de una sociedad que te quiere embriagado y alienado para que seas productivo. Y hay que verlo, hay que escucharlo para entender quién era Bill Hicks, para ver cómo algo tan pequeño como el cuerpo de un hombre puede contener tal cantidad de amarga grandeza. Acaso su despedida, cada noche, del escenario, nos hubiera servido para despedirnos de él:

La vida es como una montaña rusa en un parque de atracciones, y cuando te subes piensas que es real porque así de poderosas son nuestras mentes. Hay personas que han estado subidas por mucho tiempo, y empiezan a pensar, «Oye, ¿esto es real? ¿es tan solo un paseo?». Se giran hacia nosotros y dicen: «No te preocupes; no tengas miedo, nunca, porque esto es solo un paseo». Y cuando nos dicen la verdad… matamos a esas personas. «¡Silencio! Tengo mucho invertido en esta atracción. ¡Calladlo! Mirad mis arrugas de preocupación, mirad mi enorme cuenta bancaria, mirad a mi familia. Esto tiene que ser real». Pero es solo un paseo. Y siempre matamos a las buenas personas que tratan de decirnos eso, ¿no lo han notado? Y dejamos a los demonios sueltos… Pero no importa, porque es solo un paseo. Y podemos cambiarlo por otro en el momento en que queramos. Es solo una opción. Sin esfuerzos, sin trabajo, basta de ahorrar dinero. Una elección simple, ahora mismo, entre el miedo y el amor. Buenas noches.

 

  

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