29/07/2019

TEATRO DEL INSTINTO


 

 

 

 

 

 

 

 

Por EVA PORTILLO

             El Teatro Del Instinto nace en la ciudad de Buenos Aires, allá por el año 2001 en plena crisis social, en medio de un estallido, lanzando piedras y esquivando balas. Yo tenía en ese entonces dieciocho años, de dolor, de furia, de rabia, dieciocho años de injusticia social. Oriunda de la ciudad de La Plata, había huido tempranamente de casa en busca de un mundo mejor del que mi entorno podía ofrecerme, confiada, alegre y rebelde me instalé en Capital Federal.

Esos primeros años no fueron fáciles, los trabajos inestables, las viviendas precarias, la dura realidad de muchas que venimos de afuera en busca de ese No sé qué que tienen las tardecitas de Buenos Aires. Una hermosa tarde de otoño atravesando la plaza Congreso miro hacia arriba y veo un gran cartel con muchos pañuelos blancos que llamaron rápidamente mi atención y me hicieron apurar el paso.

“Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo”. Desde Evita al Che Guevara, Fidel Castro, Los Desaparecidos, todo o casi todo lo que yo amaba estaba allí adentro.

“Formación de actores para un Teatro Popular”. Ese fue el comienzo, esa tarde que caminaba sin trabajo sin saber dónde ir, guiada por mi instinto encontré en esa Universidad Popular las puertas abiertas de ese mundo mejor que andaba buscando, que tanto deseaba y necesitaba encontrar.

Comenzamos allí un Taller de Teatro Popular que dio origen a lo que luego sería el Grupo de Teatro de Madres de Plaza de Mayo, el cual funcionó durante seis años, realizando obras de creación colectiva con diferentes temáticas sociales que en ese entonces íbamos conociendo cada vez más en profundidad, ya que trabajábamos en los barrios, las fabricas recuperadas por los trabajadores. Fue un teatro desde las entrañas, un teatro en movimiento, hecho con el pueblo para pueblo.

Un teatro que contara sus historias, esas que el sistema necesita silenciar, esas por las que nadie pagaría una entrada porque no esta bien que eso llegue a la gente. Contamos las historias de los nadies, y esas historias comenzaron a circular en asambleas populares, escuelas, barrios, plazas, marchas, piquetes, universidades, entonces los invisibles comenzaron a verse, los nadies pasaron a tener nombres, los silencios fueron gritos y al verme yo profundamente reflejada en cada niño de cada barrio supe que tenía una herramienta maravillosa, el cuerpo, la palabra, la risa… Entonces me prometí a mí misma dedicar la vida entera a llevar teatro a la gente, a salir al mundo, a recorrer lugares impensados, y así lo hicimos.

Entre nuestro trabajo con el Grupo de Madres comencé a recorrer el país con diferentes obras que creábamos con compañeros, mochila en hombros y a soñar. Entre tantos viajes nos detuvimos por tres meses a trabajar en Traslasierra, Córdoba. Instalados allí en temporada de verano, experimenté por primera vez que era posible vivir del teatro y que era urgente y necesario salir de la gran ciudad e intentar construir un modo vida alternativo al sistema impuesto. Al regresar a Buenos Aires, el Grupo de Teatro Popular había comenzado su final y yo ya vislumbraba el mundo nuevo donde vivir en mi propia naturaleza.

A la naturaleza nos fuimos sin pensarlo muchas veces. Disuelto el Grupo fundamos con dos compañeros Cirene Compañìa Teatral, montamos una obra y nos instalamos en el Valle de Calamuchita, Córdoba. Con el deseo del silencio del entorno y el propio, la naturaleza, su inmensidad y el instinto, inicié un camino en este Valle que nos puso y nos pone a prueba constantemente.

En primer lugar nadie necesita nuestro teatro, somos nosotros los que necesitamos de ellos, y es por eso que salimos a buscarlos, pueden venir o no, aprendimos eso, no traemos la luz, de creer eso estaríamos haciendo lo que tanto detestamos.

Hacer teatro en un pueblo, vivir en lugares inmensamente pequeños, nos invita a entrar en el no tiempo, lo que no significa que hayamos logrado vivir exclusivamente del teatro pero sí vivir para el teatro.

Para mi el teatro esta profundamente ligado a la naturaleza humana, el teatro es lo primero que hacemos cuando somos niños, vivir aquí me permite tener esa continuidad de placer de juego, de goce, descubrirme haciendo cosas que pensé que jamás haría, como enseñar, volverme maestra, que más que enseñar es acompañar a otros a que puedan dar continuidad a ese placer, a ese deseo, que no se pierda, que no se reprima, a que no muera en las garras del mundo capitalista, a buscar aliados, para que no nos venzan.

Creo que el teatro, este estilo de teatro que el director del Odin Teatret, Eugenio Barba, llamó El Tercer Teatro, un teatro de las periferias, un teatro autodidacta, porque la lejanía de los que supuestamente saben de teatro nos permite no saber eso que hay que saber para poder hacer un teatro auténtico, un teatro del instinto, acá no necesitamos permiso, en realidad nunca lo hemos pedido, particularmente mi mayor formación fue, es y será autodidacta. Siento que de ese modo puedo preservarme de un supuesto mundo artístico que no es más que el fiel reflejo de una sociedad mecanizada y consumista.

El teatro no es un edificio, menos una autoridad, nadie puede decirnos que estamos aptos para actuar, solo basta con tener un deseo y una convicción muy profunda, algo que arda en lo más profundo de nuestro ser, querer gritar lo que muchos callan. Vivimos aquí en las sierras, resistimos desde aquí. Algunos, como siempre suele suceder, van dejando el camino y temerosos van por la vereda.

Seguimos aquí, en el camino, a veces con cinco, diez, treinta espectadores, con los integrantes de los talleres de teatro que vienen y van. Aún estoy en el camino, estamos. Creo en el teatro como un arma poderosa que dispara la posibilidad de nuevos mundos, de pensarnos y repensarnos como individuos dentro de una sociedad profundamente enferma, el teatro es por unas horas una invitación para preservar y dar continuidad a nuestro instinto, a dejarlo salir y una vez que sale ya nadie vuelve a ser el mismo. 

  

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