10/12/2020

LA VERDAD DE LOS CUERDOS Y LOS LOCOS


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

En mis años de acompañante psicoterapeútico nunca conocí una institución tan extraña

como “La dislocada”, nosocomio muy particular ya desde su nombre, muy poco serio, por cierto.

En dicha clínica obligaban en todo momento a los pacientes allí internados a decir la verdad, a no mentir nunca, pero nunca.

Por cierto, el primer requisito para decir la verdad es saber cuál es la verdad y distinguirla de su opuesto, la mentira. Pero en “La dislocada” todo el tiempo se cambiaban los parámetros mínimos sobre la realidad, por lo que ser veraz se transformaba en un trabajo extenuante y, en la mayoría de los casos, imposible.

Sucedía, por ejemplo, que por cada persona que residía en la institución el director de la misma debía abonar más dinero en concepto de impuestos al estado. Por ende, cada vez que llegaba un inspector de salud mental al edificio, se imponía desde la dirección como “verdad irrefutable” que se encontraban internados menos pacientes de los que realmente existían. Por ese motivo, cada uno de los sujetos allí internados era entrenado en el arte de decir la verdad, presionándolo a olvidarse de la falsa ilusión de que compartía el espacio de vivienda con dos mil personas y convenciéndolo de que sólo eran quince.

Algunos de los mal llamados “enfermos mentales” dudaban en forma permanente si lo cierto era lo que veían sus ojos, es decir que en las habitaciones, los baños, los comedores, se desplegaba un desparramo interminable de gente o si, por el contrario y como lo obligaban a decir frente a la presencia del inspector, la verdad es que eran sólo quince personas.

Por cierto, aquellos que más dudaban acerca de lo veraz o, para decirlo de otra forma, aquellos a los que era más difícil persuadir acerca de que son poquísimas las personas internadas, eran los que al ingresar al tratamiento tenían mejor pronóstico de estabilización y reinserción social: los que más dudaban acerca de la realidad eran los que mejor podían adaptarse activamente a esa realidad. Pero el directivo de “La Dislocada” repetía cada martes las mismas palabras a cada uno de los pacientes:
No sean mentirosos, acá no somos más de quince, al delirante que le diga al inspector que somos como dos mil, voy a tener que aplicarle dosis mayores de medicación para curar su tendencia patológica a mentir.

Por otro lado, a dicho fiscalizador no era difícil engañar, ya que desde que comenzó sus funciones de contralor en la ya mencionada institución cambió su automóvil y amplió el fondo de su casa. Cuestión que, para ser sinceros, (ya que hablamos de lo importante de decir la verdad) le preocupaba bastante.

Además del incremento exacerbado de drogas psiquiátricas para quien “mienta” acerca de la densidad de población institucional, también existía otro método para los pacientes que dudaban de la autenticidad de lo real: Al que no decía lo que tenía que decir o dudaba al respecto, no se le suministraba ni desayuno, ni al almuerzo, ni cena.

Como se imaginarán, uno puede dudar de todo menos de que siente hambre, quizás pocas cosas sean más reales que el hambre.

Por lo tanto, aquellos que por la presión e insistencia institucional comenzaban a dudar de sus impresiones y percepciones más obvias, no titubeaban sin embargo en reconocer que se estaban muriendo de inanición, por lo cual se ajustaban rápidamente a pensar y hablar según los dictámenes de quienes decidían qué era lo verdadero y qué lo falso.

Específicamente, se requirió de mis funciones de acompañante para “curar” de mitomanía a un sujeto que, según la terapista ocupacional, no paraba de “repetir falsedades”. En realidad, Augusto no hacía otra cosa que comentar cosas tan ciertas y tan evidentes que causaban asombro por su sola obviedad.
Por ejemplo, cada vez que se cruzaba con la ya mencionada terapista le pedía que además de operarse el seno izquierdo para aumentar su tamaño, también lo haga con el derecho ya que la distancia de volumen entre uno y otro excedía los 50 centímetros y que el hecho de que sólo contara con la mitad del dinero para la intervención quirúrgica no justificaba que se deje un trabajo tan a mitad de camino. Por mi parte, les puedo asegurar que Augusto decía toda la verdad al respecto. Además, no tenía ningún reparo en afirmar que muchas veces yo lo aburría, y que además tenía un aliento que le impedía estar a menos de un metro de mí sin vomitar, verdad que muchas personas quisieron transmitirme y optaron por callarse (pero sin dejar de preservarse a una distancia de más de un metro de mi persona)

Curiosamente, se me había contratado para remediar en él algo que no sólo no era una enfermedad sino que además era de un nivel de salud y de valentía que nunca antes había encontrado en nadie (mucho menos en mí mismo)

Como me pasa muchas veces con otros pacientes, los únicos momentos en la semana de inmunidad frente a la estupidez humana los encontraba en presencia de este filósofo de lo veraz. Pero los momentos en que más extendía su sinceridad eran cuando se presentaba el fiscal del ministerio de salud para verificar si realmente el nosocomio no se había excedido en la cantidad de personas internadas. En ese preciso minuto, se subía a la terraza y gritaba: “gordo (porque el inspector era gordo), somos como dos mil acá, además no nos dan de comer, la medicación es excesiva, nos bañamos con agua fría y la terapista ocupacional tiene una teta mucho más grande que la otra.” Este último dato no era significativo para el fiscal municipal pero el resto de las nociones eran para tener en cuenta. Sin embargo el “gordo” no hacía caso, sólo escuchaba a los pacientes y profesionales que hablaban muy bien del lugar. Sólo escuchaba esa verdad, la única permitida, y se retiraba con un sobre en la mano a su automóvil recién comprado.

La última vez que fui a visitarlo lo encontré más sincero que nunca. Por ejemplo, me aseguró que mi novia era demasiado linda para mí y que no se merecía a un tipo como yo porque era un cobarde con todas las letras. Para ser aún más sinceros, yo mismo había pensado en eso y mi novia me repetía esas palabras casi todos los días…

Pero una vez más ingresó la inspección del estado y volvió a decir lo que nadie decía: que eran demasiados, que las habitaciones estaban abarrotadas de gente.

Entonces el rector de la clínica perdió absolutamente la paciencia y empezó a gritar: “así que somos demasiados, ahora va a haber uno menos, así que somos demasiados, ahora va a haber uno menos…”

Augusto fue metido dentro de una bolsa de consorcio y apaleado por tres personas (una de ellas la terapista ocupacional) pero no paraba de decir verdades, sus verdades, las únicas que contaban para él.

Me quedé impávido, paralizado cobardemente hasta que sus palabras dejaron de oírse.

No me animé a defenderlo, ni a continuar su decir una vez que se calló su voz.

Ahí comprendí que una vez más él estaba en lo cierto…yo era un cobarde con todas las letras.

  

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