15/01/2019

LA RELIGIÓN MARXISTA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por JOSÉ SPINA

Continuación del artículo anterior: Las ideologías y la ciencias.

      Frente al espectáculo tan poco edificante para quien deseara que la realidad siguiera correspondiendo a las estructuras mentales que dominaron casi un siglo de vida política socialista, la respuesta más común de la izquierda revolucionaria ha sido el retorno a la perspectiva religiosa. No se trata de una conversión a la religión en sentido estricto, sino un reforzamiento de las viejas creencias más allá de que ellas tengan correlato real o no. Así, asistimos a profesiones de fe maoístas o castristas, que insisten en que el socialismo no ha muerto porque todavía mora en Cuba o China, por ejemplo, cuando no en Corea del Norte.
Sin embargo, las formas principales de la religión marxista, sobre todo en América Latina son el troskismo y el guevarismo. El primero insiste en la validez de la revolución permanente, en países en los que ya no existe el campesinado y en los que ha terminado, hace mucho tiempo, la construcción del Estado-Nación. Termina siendo funcional al bonapartismo, simplemente porque no confluye con él en la perspectiva a la postre nacionalista y dependentista que constituye la argamasa ideológica central del discurso populista. También termina confluyendo, o resultando inútil como alternativa, en tanto expresión de otras taras de la izquierda del siglo XX, como las de el “Capitalismo de Estado” o del “capital monopolista”, que expresan, en el mejor de los casos, un liberalismo reformista que calza bien con la lucha “contra los monopolios” y la “oligarquía”, de la que se jactan los gobiernos bonapartistas. Para todo, por supuesto, se encontrarán citas de Trotsky.
El guevarismo es, simplemente, una actitud vital, más que programática. Nunca tuvo una perspectiva estratégica demasiado clara, como no sea la concentración en el momento militar del proceso revolucionario. Más una llamada a la acción que otra cosa, el guevarismo crece tan rápido como superficialmente. Obviamente, es mucho más débil que el trotskismo ideológicamente, razón por la cual su tendencia a claudicar ante el bonapartismo es más fuerte, entre otras cosas porque buena parte del aparato material al que estuvo ligado, los partidos comunistas, han terminado disolviéndose en las variantes nacionales populistas. Sus programas “frente-populistas” engarzaban bien en las necesidades ideológicas autoritarias sobre una amplia coalición de fuerzas encontradas, unidas por el espanto antes que por el amor.
El espíritu religioso que campea en el marxismo no es expresión, solamente, de la reafirmación de las viejas tradiciones por las estructuras políticas tradicionales. Es también un fenómeno académico mundial. Se expresa en encuentros académicos de gran resonancia internacional, en los que los problemas estratégicos están ausentes y en los que buena parte de lo que pretende pasar por tal, en realidad se resume en el “rescate” de alguna figura clásica u olvidada, cuando no en el undécimo recitado de El Capital con pretensión de “nueva lectura”. En general, el principal problema de esta variante de recaída en la religión es su carácter talmúdico, simple comentario de lo que ya sabemos o una forma de exposición que sólo tiene de novedosa su expresión literaria.

LA REBELIÓN MUNDIAL DE LA POBLACIÓN SOBRANTE Y LA BÚSQUEDA DE UNA NUEVA ESTRATEGIA
Debiera quedar claro, hasta aquí, que el principal problema de la izquierda revolucionaria es que no ha sabido sacar las conclusiones políticas que se derivan de las consecuencias de la derrota a la que ha sido sometida, a poco de comenzada la crisis actual. Precisamente aquí se encuentra el nudo en cuestión: la última oleada revolucionaria no comienza con un triunfo sino con una derrota. De allí que la burguesía haya sido capaz de capear grandes temporales, en ausencia de una oposición seria. Al mismo tiempo, las transformaciones que porta la crisis profundizan la derrota, en tanto sumergen a la izquierda en un mar de contradicciones de una realidad que ya no se puede entender con las estructuras mentales del pasado. Paradójicamente el mundo está más preparado hoy que nunca para el socialismo. No sólo porque la crisis ha deslegitimado la victoria capitalista de los ´90 (el ascenso de los bonapartismos es prueba de ello), sino porque la estructura social mundial expresa claramente la supremacía numérica del proletariado y su centralidad productiva. Por último, la forma en la que se procesa la crisis, gradualmente y sin grandes enfrentamientos, al prolongarla otorga tiempo suficiente para la construcción de una alternativa. Se deduce, en consecuencia, que el principal problema, para la izquierda, está en la izquierda misma.

ADIÓS A LAS TRADICIONES
En efecto, la principal consecuencia de este análisis es que llegó la hora de decretar la muerte de las tradiciones, lo que incluye al propio Marx. Como ya hemos dicho muchas veces, no existe un lugar al cual volver. No hay una verdad ya expresada que ha pasado desapercibida o que ha sido ocultada por traidores a la causa. El conocimiento científico de la realidad siempre parte de la realidad y nada garantiza que lo que hasta ayer sabíamos hoy sirva. Insisto, ello vale también y sobre todo para el propio Marx.
El agotamiento de las tradiciones no significa su entierro. Significa el reconocimiento de su “fecha de caducidad”. En efecto, como sucede con los alimentos, que tienen en algún lugar del envase indicado hasta qué momento es posible consumirlo sin riesgo para la salud, las tradiciones valen hasta que se ha agotado el valor del conocimiento científico que portan. La revolución permanente valió hasta que se agotó el campesinado y se cumplieron las tareas burguesas. En la mayor parte del mundo eso ya sucedió. El maoísmo y el guevarismo tuvieron su momento “nutritivo” bajo el dominio de la población rural en estados débiles. Ya fue. El anarquismo y sus variantes “autonomistas” podía expresar el valor del momento “artesanal” de los inicios del capitalismo. Casi que nació muerto, de allí su naturaleza profundamente reaccionaria. Y así con el resto.
¿Y Marx? Habiendo estudiado una realidad más genérica, el capital como tal, su fecha de caducidad es ciertamente mayor. Por lo mismo, es más inútil estratégicamente. Si bien es cierto que el mundo ha estado corriendo hacia El Capital, es decir, se parece más a esa ficción metodológica que Marx hace al comienzo de su investigación, su nivel de abstracción lo inhabilita para ofrecer perspectivas estratégicas operantes en la realidad concreta, más allá de vagas indicaciones generales. Dicho de otra manera, estamos solos frente a la realidad. Siempre es así; fue así para Marx, para Kautsky, para Lenin, para Trotsky, para Mao, para Castro, el Che. Pero durante toda una larga etapa, pareció lo contrario, que el conocimiento resultaba innecesario frente a la realidad transparente. La crisis borró esas ilusiones.

UN PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
Esto significa que la revolución empieza con un programa nuevo. Que debe brotar del conocimiento de la propia realidad. Nos encontramos en el momento de “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, es decir, en el punto en que tenemos que comprender el estado actual de nuestras sociedades nacionales (el marco en el que necesariamente va a darse la lucha). Este proceso de comprensión debe hacerse colectivamente, dado lo complejo y vasto de los problemas, que inhabilitan el esfuerzo puramente individual. Dada también la urgencia de la tarea. Aquellos que han aprovechado la larga “pax” bonapartista habrán tenido tiempo de clarificar ideas antes de la acción. Los que no tuvieron ventaja, deberán hacerlo a caballo de los tiempos.
Desmontar los mecanismos de funcionamiento económicos de cada sociedad capitalista, más allá de las generalidades que se encuentran en El Capital, entender los procesos históricos concretos por los que atravesó la estructura social hasta llegar al momento actual, comprender las configuraciones ideológicas que han dado vida a las experiencias de la izquierda en cada país, develar la estrategia burguesa de dominación no solo en la historia sino sobre todo hoy, es la tarea esencial con la cual se construye un programa revolucionario. Si no se sabe dónde se está parado, con qué fuerzas se cuenta, contra quienes realmente se lucha y cuáles son sus aliados posibles, difícilmente se pueda decir hacia dónde debe encaminarse la acción revolucionaria. Para esto no hay texto del pasado al que los revolucionarios puedan remitirse. El programa revolucionario debe ser reescrito y debe reflejar las particularidades de cada espacio en el que le toca actuar.

EL PARTIDO
La experiencia histórica demuestra que nada se cambia sin la acción consciente y organizada. Tarde o temprano, quien exprese esa superioridad subjetiva, vencerá. El que no sabe dónde ir, qué hacer, y para qué, no puede ganar. La burguesía lo sabe y vive preparándose para eso. Si la experiencia histórica muestra la necesidad de la organización consciente (programa) de la voluntad revolucionaria (partido), el presente no ha hecho más que corroborar esta verdad; todas las variantes del anarco-toninegrismo-autonomista han desembocado en un estatalismo burgués que ha alimentado dictaduras personales de bonapartistas cuya función última es la defensa del statu quo. Todas las demandas de “horizontalismo” populista han terminado en simple “verticalismo” burgués. Al “verticalismo” burgués sólo se le puede oponer un “verticalismo” proletario, que como tal, no puede sino ser internamente democrático. Pero esa democracia interna, solo tiene sentido como sustento de la dictadura externa, la dictadura del proletariado, es decir, la imposición de sus intereses al conjunto de la sociedad. Dado que la masa de la población mundial es proletaria, la dictadura del proletariado se resuelve con expropiación del capital. La organización del poder de clase como voluntad consciente, eso es el partido.
La organización partidaria choca hoy con varios problemas, pero en particular con dos: la construcción de un nuevo programa, atento a las nuevas realidades, es decir, el abandono de las tradiciones, por un lado; la nueva estructura de la clase obrera y todas las contradicciones que ella porta, desde las organizacionales (el fin de la fábrica como organizador espontáneo), hasta las ideológicas. Es decir, el núcleo de los problemas organizacionales se encuentra en las contradicciones de la capa más dinámica políticamente hablando, del proletariado actual; la población sobrante. La idea de que la revolución partirá de la fábrica está en cuestión, lo que lleva a un esfuerzo de imaginación organizativa que debe destruir la inercia sindicalista instalada en la izquierda durante décadas.

LA REVOLUCIÓN CULTURAL
La crisis ha dejado como resultado, entre las capas que componen la población sobrante, un elemento inesperado. La proletarización de las capas intelectuales de la pequeña burguesía. Se trata de un fenómeno mundial, que coloca a los docentes en un rol sustancial a la hora de la organización del partido y la propaganda socialista. El sueño de una “cultura proletaria” está hoy sorprendentemente cerca.
¿Por qué es importante el desarrollo de la cultura proletaria? Precisamente, porque hemos retrocedido tanto en términos teóricos. Hoy dominan el campo de lucha, la conciencia del proletariado, las diversas variantes de la ideología burguesa, desde la derecha hasta la izquierda. No es simplemente el triunfo (hoy más bien fracaso) del “neoliberalismo”, sino la colonización de la izquierda por todas las formas de política de identidad. La categoría de clase social no solo ha perdido lugar en el mundo académico. Ha desaparecido del lenguaje cotidiano. Mientras tanto, el espacio que debe ocupar la izquierda revolucionaria se encuentra poblado por el discurso “progresista”, impulsado por el populismo latinoamericano en general. Si en el espacio liberal se habla de ciudadano, en el progresista se habla de “pueblo”, en el mejor de los casos. El arte, la literatura, el teatro, la televisión, las redes sociales, hablan ese lenguaje seudoizquierdista, que supone que la culpa de los problemas no es el capital sino una ideología (el “neoliberalismo”, como si el keynesianismo no fuera igualmente burgués), de algún gobierno en particular (la “derecha”), de las restricciones del mercado (los “monopolios”), de los extranjeros (el “imperialismo”), de las empresas irresponsables (las “marcas”), etc. Es hora de que la clase obrera vuelva a hablar su propio lenguaje y la izquierda, tras recuperarlo, debe ejercer su rol docente.

LA INTERNACIONAL
Nos encontramos en un período en el que la crisis no termina de resolverse, mientras la revolución no termina de organizarse. La organización no puede afirmarse sino como tarea internacional. En momentos de la rebelión de la población sobrante, que hasta ahora solo se expresa como bonapartista y descomposición, es menester organizar una nueva internacional. ¿Por qué no puede, la una nueva internacional, ser una reconstrucción de alguna de las anteriores? Precisamente, porque las anteriores expresan tradiciones muertas. Esta nueva internacional debe tener como punto de partida, una serie de acuerdos elementales. El primero, es el reconocimiento de la necesidad de la organización partidaria. El segundo, el rechazo a todas las formas de ideología burguesa; basta de campesinismo, indigenismo, nacionalismo, populismo, etc. El tercero, el compromiso con el socialismo en sentido fuerte; expropiación del capital, dictadura del proletariado, etc. El cuarto, el internacionalismo; oposición frontal al nacionalismo y a los movimientos separatistas. El quinto, la intervención en la lucha política en todos los niveles, desde el sindical al cultural. El sexto, el rechazo a las tradiciones establecidas en la izquierda. El último: la flexibilidad estratégica.

  

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