ALFREDO ZITARROSA Y LA CLARABOYA AMARILLA
2020-04-04 Desactivado Por ElNidoDelCuco
Por ARIEL STIEBEN
Alfredo Zitarrosa fue un ser contradictorio: oscuro, depresivo e hilarante, impertinente y solidario hasta desgarrarse, caprichoso y tolerante. Su sólido apego político a la izquierda, su frustrado emprendimiento empresarial en La Claraboya Amarilla, su acumulación de heridas en el exilio confluyendo en sus creaciones, nos conducen a la comprensión de sus intenciones, deseos y sentires. Una crónica del destiempo para leer con tortuoso placer.
El estudio de arquitectura de Rodolfo Malmierca dice mucho en relación al profesional que lo dirige. Pequeño. Escondido en un rincón de Punta del Este cuenta con dos plantas, un pequeño recibidor y varias mesas de dibujo en la planta alta. Es un arquitecto que recién comienza, podría pensar algún despistado. No hay estridencias ni desenfreno de lujos en ninguna parte. Pero estamos frente al principal proyectista de la península en la década de los ’90.
El “Tarta” Malmierca, como se le conoce en los diversos ambientes, por alguna dificultad al hablar, pausadamente revive su visita de hace más de dos décadas a La Claraboya Amarilla. El aparato que graba la conversación sucumbe entre croquis, planos mate y termo y dibujos a mano alzada. En un ángulo sobre un estante de tabla de obra, reina un grabador rodeado de Gardel, Troilo, Piazzola, y por supuesto Zitarrosa.
“La Claraboya era asombrosa. Si una cena en El Águila pongamos, costaba $50, en lo del Flaco salía $80. Y no era por el show solamente, la cena lo valía. El espectáculo solo era comparable en estas latitudes con el ‘Michelangelo’, el restaurante de Piazzola en Buenos Aires. Había de todo, desde una vajilla artesanal y destacada y ceniceros personalizados, hasta un cuarteto de cámara, danza clásica y moderna y muchas otras muestras de arte criollo. Culminaba con la actuación de Zitarrosa y las Cuerdas de Oro”.
En esa mirada hacia atrás Malmierca seguramente revivió para sí otras cosas del Río de la Plata, convulso por tempestades y amores.
“Piazzola andaba enamoradísimo de Amelita Baltar. Me visitaron en mi departamento una noche que Amelita actuaba en ‘La Fusa’. Habían estado de copas toda la tarde y me reclamaron comida. En aquel caos de mi minúscula residencia sólo se podía encontrar desorden, más whisky y algún trozo de pan viejo. Casi nunca cambió esta característica. Estábamos sentados en el living. Le hice escuchar a Alfredo, mientras su expresión denotaba cierto desgano. Piazzola dejó caer un “tiene algo, pero le falta escuela…”
“Como te decía, el Flaco cerraba el espectáculo. Se apagaban las luces e irrumpía un rasgueo de guitarras. Al cantor un foco lo iluminaba de espaldas, tan enjuto como parco me resultó después. Llegaba al escenario, se volvía y las lámparas reventaban su luz en su rostro. Actuaba sin límites ni horarios. Un silencio sepulcral invadía todo. No se escuchaba ni siquiera un tintinear de hielo en los cristales”.
“Esa noche luego de sus canciones llamé al maitre para pedir la cuenta, y también la presencia del propietario. Primero en la bandeja llegó la cuenta. Era carísimo. Luego casi a disgusto se aproximó Zitarrosa.
-Buenas noches, los señores dirán -apuntó el juglar.
-Deseamos felicitarlo por el espectáculo y la comida. Es una magnífica demostración de la capacidad uruguaya. ¿Lo podemos invitar un whisky?
-Gracias, pero tengo servida una grapa en el mostrador.
El maitre atento, y todo oídos, trajo la copa de Alfredo y se llevó la bandeja sin el dinero.
-Espere, espere que no pagué…
-Después, después, no hay problema”.
Mirá que te hablo de los años 68 o 69, cuando la crisis era grande, y las salidas importantes se limitaban casi exclusivamente a los sábados a la noche. No olvides que aquello era más caro que El Águila.
“Parco y casi solemne, con muestras de malhumor, Zitarrosa sentenció: -Señores, mi objetivo es hacer un espectáculo popular, cantar para los obreros y en eso estoy, ¡juntando los dineros! -Ante nuestra sorpresa por su respuesta, agregó un muchas gracias y se retiró.
Minutos después el maitre trajo nuevamente la bandeja. En la cuenta estaba incluida la grapa de Zitarrosa”.
EL ESPECTÁCULO DE LA CLARABOYA AMARILLA
“En La Claraboya estaban Zitarrosa con Las Cuerdas de Oro; El Kinto, un grupo más estándar de jazz y bossa nova, que lo llevaba Chichito Boya; había un grupo de flamenco liderado por Eduardo López -un argentino que había estudiado en España-, un grupo de flamenco brutal. Hicimos una función con el Kinto, una banda completa, con todos los músicos de flamenco y El Kinto tocando juntos. Ya hacíamos zapateo con la batería, era un disparate. Y había sketch, con el Gordo Pepe Vázquez y Júver Salcedo, que eran de cagarse de risa. Había un veterano que hacía títeres para grandes, y otro tipo que hacía un trabajo que era nada más que luces en una pantalla. Una brasilera que había pasado por Punta del Este se anotó en esa y se quedó toda la temporada con nosotros. Taba Mary Minetti haciendo danza moderna. El personal de ese boliche éramos 64 tipos, de los cuales había diez que se dedicaban a mozo, a administración y no sé qué y todo lo demás eran músicos y artistas. Nunca hubo nada igual a esa temporada. Vivíamos en una pieza, veintitrés o veinticuatro tipos… imaginate eso en una pieza con músicos. Guerra de almohadas, dábamos vuelta las camas, teníamos de vuelta siete u ocho años, todos”. (En “Razones Locas”, pág. 93 de G. de Alencar Pinto).
El diario El Día, el 22 de febrero de 1969, definió el nuevo emprendimiento: “la sucursal guevarista de Zitarrosa en Punta del Este, cuya modalidad más que al amarillo apunta al rojo subido. En La Claraboya Amarilla actúan muchos activistas… como Anselmo Grau y Los Carreteros. El arte no es más que un pretexto para la práctica de doctrinas disolventes”.
QUIEBRA LA CLARABOYA AMARILLA
Después de la incursión en Punta del Este, volvieron al local de Pocitos. La situación financiera se agravaba noche a noche, hasta que llegó la hora fatal del cierre.
Entrada la madrugada, Zitarrosa planteó a socios, artistas y trabajadores: “Ustedes se quedan con el local, y todo lo que tiene adentro. Yo me quedo con las deudas”. Y así fue, todos cobraron.
A Zitarrosa le insumió cuatro años el pago de sus compromisos.
EL INTENTO DE RECREAR LA CLARABOYA
(Moises Lasca, “Camerata de Tango”, recuerda a Zitarrosa y un intento de recrear La Claraboya Amarilla).
“Allá por el año 1987 o 1988, Camerata se encontraba en un receso que duró años. No funcionábamos como grupo musical, por un sin fin de razones, que no vienen al caso.
Éramos vecinos con Zitarrosa en Malvín, y el azar hacía que nos viéramos frecuentemente. En una ocasión me invita para tener una conversación sobre alguna iniciativa que tenía. Acepté. Sería el día siguiente. Aquella reunión duró desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana, donde participó la arquitecta Cristina Paso, su representante y compañera.
El núcleo del planteo era la posibilidad de armar un boliche, estilo Claraboya Amarilla, con su participación y la de Camerata de Tango. Estuvimos haciendo números y descripciones de las características generales de la oferta a realizar al público. Por un largo rato la cosa anduvo bien centrada con la posibilidad de hacer algo interesante y redituable. Pero ya entrada la madrugada la conversación se descontroló.
Alfredo comenzó a plantear la necesidad de incorporar al show enanos, malabaristas, magos, trompetas, etc. Quería un espectáculo que abarcara desde lo más popular, el circo. Era como una obsesión el incorporar el tema circense hasta lo más refinado de la cultura. Por supuesto, en su idea, se comprendía su actuación así como la de Camerata de Tango.
Y en ese momento, entendí que la historia volvía a repetirse.
En Méjico nos habíamos realizado un planteo similar, posibilidad que rechazamos por inviable. Como en gran medida ocurrió antes, con La Claraboya Amarilla en Montevideo y Punta del Este.
Nos despedimos como buenos compañeros, la idea sucumbió aquella noche”.
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