15/01/2019

ES VIERNES Y TU CUERPO LO SABE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

     Desde hace siglos y siglos, el hombre occidental se pregunta sobre aquello que sería en última instancia la sustancia, la esencia primera de todo lo que existe, cual es el material invariable, eterno, primero, de todo lo que es.

Algunos siglos antes del nacimiento de Cristo, algunos señores que vivían en la antigua Grecia, concluían que todo estaba hecho de fuego, otros de agua. Un tal Empédocles aseguraba que son 4 los elementos que conforman el universo: agua, fuego, aire y tierra. Más osado fue quizás Anaximandro quién planteaba que el fondo de las cosas, su fundamento último era lo indefinido e ilimitado: la infinitud como tal, eterna e indestructible como razón única y última de la existencia.

Podemos acordar o no con estas concepciones pero no podemos dudar de que son más lúcidas que las que nos propone la televisión y la mayoría de los medios de comunicación, donde el principio mismo del ser parece consistir en ver un culo, tener más dinero, o para los que la complejizan más: ver un culo y tener dinero.

Volviendo a los sabios griegos, es digno de notar que Aristóteles juzgaba insuficientes y equivocados los desarrollos anteriores de sus colegas filósofos en lo respectivo a las respuestas que encontraban sobre la hechura del universo. Afirmaba que más allá de la explicación que estos brindaban acerca de la raíz de todos los fenómenos naturales (estudio de la física), debería existir algo que trascienda, que se ubique en un lugar de mayor jerarquía existencial que los fenómenos físicos, a la hora de dar cuenta de qué está hecho lo que “es”; a esta ciencia la llamo “metafísica.”

La metafísica es el estudio de lo que es en tanto es, es decir de aquello que de manera eterna, inmodificable, no sujeta a accidentes ni relaciones, es igual a sí mismo y conforma el fundamento último de lo que existe, motivo por el cual no se lo cuestiona como tal y se toma como principio para cualquier razonamiento sobre todo fenómeno universal.

Por supuesto que para Aristóteles, y luego para las tradiciones judeo-cristianas, ese ser inmóvil, pero que todo lo mueve, se llamaba Dios. Pero a lo largo del tiempo fue cambiando de nombre aquello que serviría de razón última de las cosas.

Actualmente (y determinado por la impronta de la ciencia positivista), el nuevo nombre de Dios, es decir, de “el que es lo que es”, no es el dios cristiano o el de otras religiones occidentales…

Si bien las instituciones religiosas tradicionales conservan buena parte de su poder político, económico, cultural e ideológico, el desarrollo científico y tecnológico generó las condiciones de posibilidad de una metafísica mucho más sutil, más eficaz, con mayor capacidad de generar culpa y someter a la población a sus dictámenes.

Hay que ser muy ingenuo para no notar que aquello que se preguntaban los antiguos griegos como lo que está fuera de duda, y que sería causa de todo lo demás, ya no tiene su asidero de manera tan potente en los dogmas religiosos, sino en los dictámenes del poder de los laboratorios y de la ciencia biológica evolucionista.

Irónicamente, los presocráticos mencionados en un principio, explicaban que para llegar a la verdad hay que encontrar el fundamento físico de las cosas. Las vueltas de la historia hicieron que ese mismo fundamento físico, que también se erige ahora como saber dogmático, sirva como instrumento fundamental, no para escuchar la verdad y asombrarse ante ella, sino para acallarla.

Se ubica muy fácilmente al poder fascista de mayor alcance en las instituciones que presentan a lo espiritual como lo venerable, haciendo de esta manera un diagnóstico anacrónico en lo respectivo al más efectivo factor de dominación del presente.

Este factor, no tiene un sustento ideológico basado en la superioridad de lo espiritual sobre lo material, sino al revés: en la superioridad de lo que se considera material por sobre cualquier cuestión que peyorativamente se considere “abstracta.”

Se pelea entonces (desde cierta visión progresista) eufóricamente con un enemigo que se está muriendo sólo con las armas simbólicas de un amo, que sin mostrarse como amo (y principalmente sin que nosotros sepamos que lo es), es el que produce de manera más sistemática nuestra miseria cotidiana.

Actualmente, la biología es la Meca. El ser en tanto ser ya no es tanto el ser de Dios sino el ser del cuerpo. El cuerpo en tanto anatomía y sede de procesos fisiológicos es lo que no se pone en duda, lo eterno, invariable, lo que explica todo. El cuerpo es dios, lo que determina las conductas, los miedos, los deseos, lo que puede explicarse y lo que no puede explicarse y principalmente los procesos políticos.

La metafísica que domina el sentido común con el cual intentamos subvertir los valores dominantes es la metafísica corporal. Por lo cual caemos en la trampa lógica de querer derribar los valores de la época al mismo tiempo que los defendemos con uñas y dientes.

Seguiría esta nota, pero debo ir al baño…

  

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