14/12/2020

PESADA HERENCIA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ANDRÉS GARCÍA

Cuando manyés que a tu lado
Se prueban las pilchas
Que vas a dejar…
Te acordarás de este otario
Que un día, cansado,
Se puso a ladrar.

Yira yira (E. S. Discépolo)

 

          No hay absolutamente nada en la naturaleza que demuestre algún tipo de derecho. Venimos al mundo sin nada y nos vamos sin nada. Incluso nuestro cuerpo es un traje prestado por la naturaleza. ¿De dónde proviene esa prepotencia humana de apropiarse de las cosas? ¿Cómo es posible que alguien sentencie con tanta seguridad “esto es mío”?

El profundo debate sobre propiedad privada sí o no, es más viejo de lo que muchos creen. Ya Platón y Aristóteles tomaron posición al respecto. Los padres del pensamiento occidental marcaron la grieta. Platón admiraba el sistema Espartano. Una especie de comunismo en donde el Estado estaba en todo. El filósofo afirmaba que la propiedad privada era el principio de todos los males e injusticias. Incluso la institución familiar debía ser abolida, ya que uno tampoco era dueño de su mujer ni de sus hijos. Uno de los argumentos de Platón para favorecer la propiedad comunal es que ésta supuestamente conduce a la paz social, puesto que nadie envidiará o intentará hacerse con la propiedad del otro. Cuando alguna Polis llamaba a Platón para que redactase su Constitución y Leyes (siempre se encargaban estas tareas a algún “sabio”) este ponía como condición abolir la propiedad privada y la institución familiar. Se imaginan qué poco trabajo tuvo como constitucionalista.

Aristóteles fue la contracara de Platón. El estagirita agitaba argumentos muy parecidos a los actuales. Cual libertario o neoliberal, defendía a ultranza la propiedad privada, argumentando que ésta es mucho más productiva, y por tanto facilita el progreso. Los bienes que son poseídos en común por un elevado número de personas reciben poca atención, puesto que la gente tiende a guiarse por su propio interés. También insistía en que la propiedad comunal conducirá más bien a un conflicto continuo y agudo, puesto que cada cual se quejará de que ha trabajado más duro que los demás y ha obtenido menos que otros que han trabajado poco y se han aprovechado más del fondo común (no sé si les suena). Y por último decía que sólo la propiedad privada posibilita actuar moralmente, esto es, practicar las virtudes de la benevolencia y la filantropía (dan ganas de reírse).

Estas falacias que uno podría leer en el diario Clarín o La Nación fueron pensadas cuatro siglos antes de Cristo, y siguen vigentes como una fijación ideológica.

El siglo XX fue el gran escenario de esta puja. El Comunismo y el Capitalismo se alzaron como dos imperios que tenían como destino imponer su sistema ideológico globalmente. Sabemos cuál ganó. Hoy insistir con la abolición de la propiedad privada suena casi anacrónico cuando no imposible. Nuestra dimensión simbólico-ideológica se resiste a ello. Vivimos en un mundo aristotélico.

La cúspide de esta sociedad es una logia de parásitos que el único mérito que tiene es el de haber heredado grandes fortunas, y de haberse prendido bien de la teta del Estado para socializar sus pérdidas, evadir impuestos y enterrar tesoros en islas offshore. Son los que agitan a través de medios mercenarios la meritocracia y el emprendedorismo. La idea de que todo lo que uno tiene es gracias a su esfuerzo y trabajo, en contra posición a los que viven con asistencia del Estado. Sabemos que precisamente los propagandistas de estas falacias no encuadran en los ideales que pregonan. Y también sabemos que es una falacia que todo lo que tenemos es solo fruto de nuestro trabajo y esfuerzo. Sin embargo podríamos aprovechar la fuerza de esta fijación ideológica y llevarla al extremo para darles un golpe allí donde más duele.

Para que la meritocracia brille en todo su esplendor hay que abolir la institución de la herencia. Fíjense que curioso que nunca se plantee esto. No nos metemos con la propiedad privada. Uno podría considerarse propietario de ciertas cosas pero sin transición. Nadie tendría derecho a heredar nada.

Véase como la institución de la herencia es uno de los grandes pilares de la propiedad privada y de la acumulación de grandes fortunas en pocas manos. Llevemos el concepto de mérito al extremo. Nadie tiene derecho a heredar los bienes de nadie. Los bienes son transitorios, como nuestro cuerpo. Así como nuestro cuerpo vuelve a la naturaleza nuestros bienes vuelven al Estado.

La institución de la herencia es tan perversa que, aunque todos lo nieguen, enciende en los herederos el deseo de muerte de aquellos que algo le van a dejar. Hasta el más santo y desinteresado en algún momento proyecta qué hará con lo que algún día será suyo.

Por eso no hay gesto más subversivo hoy en día que rechazar la herencia. No quiero saber nada con eso. No tengo nada que ver con las cosas de mis padres o abuelos. Ya me han dado mucho mientras yo no tenía edad para hacerme cargo de mí mismo. La única herencia que no se puede rechazar es la biológica y la cultural. Cualquier otra cosa sí. Solo los más fuertes y seguros de sí mismos pueden hacer algo así. Los ha habido en la historia. Pero como la humanidad toda es una sombra débil de lo que podría ser, habría que abolir el derecho a la herencia.

Es interesante pensar las consecuencias que traería esto. La estrepitosa caída del valor de las propiedades. La desconcentración de la riqueza y el poder. Un cambio rotundo para la humanidad en el transcurso de solo dos generaciones.

No hace falta tocar la propiedad privada. Hay que terminar con la lógica de la herencia, que es el punto neurálgico del sistema. ¿Qué van a decir los meritócratas que se creen tan autosuficientes?

Pondrían los ojos en blanco ante una propuesta como esta, mientras se prueban la pilcha que otros van a dejar…

  

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