13/12/2020

CIUDAD JARDÍN EVA PERÓN


 

 

 

 

 

 

 

 

Por Lourdes Torres

“Grasitas, grasitas míos, Evita lo vigila todo,

Evita va a volver por este barrio

y por todos los barrios

para que no les hagan nada a sus descamisados”

“Evita Vive” Prosa plebeya, Néstor Perlongher

 

           No puedo decir con exactitud en qué fecha se emplazó la Baldosa por la Memoria que homenajea a Horacio Reynals en el paso a nivel del Ferrocarril San Martin, en Ciudad Jardín, al pie de lo que supo ser la unidad básica Susana Lesgart. Lo cierto es que me conmovió enormemente su aparición y, a sabiendas de la idiosincrasia mayoritaria local, no me sorprendió encontrarla una tarde de 2018, en pleno macrismo, vandalizada con un insulto cobarde balbuceado con pintura en aerosol. Por mi poca erudición faltarán aquí algunas rigurosidades históricas, sin duda, pero me resulta movilizante la necesidad de reflexión sobre el negacionismo que fulgura sobre algunos hechos simples del pasado complejo de esta ciudad pequeña.

Vivo en El Palomar desde 1983. Tenía seis años cuando nos mudamos con mis padres desde Montevideo, en busca de una vida mejor. Recuerdo haber visto pasar un camión con colimbas por las calles del barrio. Uno de ellos me saludó con una sonrisa apagada, levantando una mano, gesto que aún hoy, por inquietante, me es imposible olvidar. Cuando somos chicxs todo el mundo nos parece adulto, pero ese colimba me pareció apenas, a mis pocos años de niña, un pibe un poco más grande que yo. Soy inmigrante, sí, pero ese pasado doloroso también me pertenece, así como a toda América del Sur.

El paisaje y el ritmo de los habitantes de El Palomar y Ciudad Jardín están atravesados a diario por las actividades del Colegio Militar y de la Base Aérea, hoy devenida en dudoso aeropuerto comercial. De las paredes de ese mismo Colegio Militar se descolgaron los cuadros de los ex presidentes de facto Jorge Rafael Videla y Reinaldo Bignone en 2004, por orden de Néstor Kirchner quien, dos años después, como su Comandante en Jefe, le diría en la cara a sus subalternos:

“Quiero que quede claro que como presidente de la Nación Argentina no tengo miedo ni les tengo miedo, que queremos el Ejército de San Martín, Belgrano, Mosconi y Savio y no de aquellos que asesinaron a sus propios hermanos, que fue el de Videla, Galtieri, Viola y Bignone”.

Estos dos acontecimientos que ya son hito absoluto en la historia argentina reciente, parecen no ser suficientes para descorrer el manto de neblina que se insiste en tender sobre ciertos sucesos. En Ciudad Jardín la historia parece haber sido congelada, exhibida en una vitrina distante a través de la cual difícilmente se accede a algunos pocos y selectos recortes, que la mantienen convenientemente incompleta. Un pasado cercenado que parece tener dueños y al cual tampoco le faltan indeseables que ofician de guardianes.

Desde la llegada del ferrocarril Buenos Aires al Pacífico en 1910, sociedades de fomento y organizaciones vecinales bregaron por materializar el progreso en empedrados, luminarias y arbolados. Lo que era una zona de tambos, chacras y quintas fue transformándose mediante el loteo y remate de terrenos en viviendas y comercios, no sin enorme esfuerzo.

La marginación afectaba particularmente a los inicios de El Palomar por encontrarse lejos de la capital moronense y especialmente por limitar con el entonces denominado partido de San Martín. Tres de Febrero ni siquiera existía todavía.

El origen patricio, en cambio, de Ciudad Jardín, se remonta a la familia Pereyra Iraola. Leonardo, hijo de uno de los cofundadores de la Sociedad Rural Argentina, se dedicó desde 1913 a sembrar su extensa propiedad con arboledas de especies variadas. A sus órdenes se plantaron magnolias, eucaliptos, robles, álamos, acacias, pinos, paraísos y otros tantos, conformando un trazado de calles que se abrían, dispuestas como pétalos, desde una plaza principal. Su inspiración fue el más grande de los parques Reales ingleses, el londinense Parque Richmond.

Semejante refinamiento europeo atrajo a los inmigrantes alemanes Eric Zeyen y Germán Wernicke, que vieron en esas tierras onduladas de magnífica foresta el venturoso futuro de su plan orgánico de urbanización. Venían de la fallida experiencia alemana de las ¨Cajas de Ahorro para la Edificación¨ que, debido a la naturaleza de su conformación, no lograban entregar el dinero sin una larga demora en su adjudicación, ni encontraron mecanismos para compensar la espera al no computar intereses.

El primer intento de adquisición de los terrenos por parte de Zeyen y Wernicke data del 13 de septiembre de 1933, pero resultó inviable por causa de la Nueva Ley de Moratoria, sancionada el 28 de septiembre del mismo año, que ahuyentó a los inversores. Los socios alemanes se resignaron y archivaron el proyecto bajo el nombre de “Villa Ilusión”.

Patricios los orígenes, patricios los escándalos: Las hermanas María Antonia y María Luisa Pereyra Iraola, casadas a su vez con dos hermanos, los Herreras Vegas, deciden vender algunos de los terrenos familiares que poseían en El Palomar, junto al Colegio Militar, que buscaba ampliar sus instalaciones. La negociación será extensa y tortuosa, hasta que hagan su aparición dos intermediarios llamados Néstor Luis Casás y Jacinto Baldasarre Torres, que ofrecen a las hermanas Pereyra Iraola acelerar la venta de las tierras.

Roberto Marcelino Ortiz es el presidente de la Nación, que ha derrotado al ex mandatario Marcelo Torcuato de Alvear en elecciones fraudulentas. Como Ministro de Guerra fue nombrado el General de Brigada Carlos Márquez.

Los aventureros Casás y Baldasarre Torres ofrecen al Ministerio de Guerra esos terrenos, que alegan haber comprado a sus propietarias, a un peso con diez centavos el metro cuadrado. Al año siguiente, mediante decreto, se aprueba la compra de los terrenos. El 24 de abril de 1939 se firman simultáneamente tres escrituras en el Banco Central, pero en orden inverso al Código Civil y al sentido común: primero, Baldasarre Torres y Casás venden al Estado las tierras de El Palomar, de las que ni siquiera eran dueños, en dos millones quinientos mil pesos. En la escritura siguiente, compran a las hermanas Pereyra Iraola esas mismas tierras por un millón quinientos mil pesos y en la tercera escritura levantan las hipotecas pendientes. Sin desembolsar nada, los gestores obtuvieron una ganancia de un millón de pesos, una suma inmensa en ese entonces.

Para el año 1940, la democracia argentina es una parodia, proliferan los negocios ilegales al amparo del poder, la miseria crece. El presidente Ortiz, diabético y ciego, es presionado por éste y otros escándalos para que renuncie y entregue el poder al vicepresidente Ramón S. Castillo. Hay manifestaciones radicales en todo el centro porteño. Defienden a Ortiz, gritan que el escándalo de El Palomar es una “conjura entre nazis, conservadores y socialistas” para echarlo: el gobernador Manuel Fresco, despechado por la intervención de Ortiz a la provincia de Buenos Aires tras nuevas elecciones fraudulentas, entregó el escándalo al semanario Ahora. Así, el principal denunciante ante la cámara alta de semejante desfalco al Estado Argentino termina siendo Benjamín Villafañe, un senador conservador. Luego de entrevistar a los implicados y de evaluar las pruebas, una comisión concluyó que el ministro de guerra Márquez, el presidente de la Contaduría General de Gobierno y el Escribano de Gobierno habían violado los deberes de funcionario público.

Acorralado, Ortiz presenta la renuncia, argumentando que las acusaciones contra su ministro de Guerra – que el ingenio popular había bautizado como palomarquez – eran una acusación contra su persona. La Asamblea Legislativa rechaza la dimisión por 170 votos contra 2, el del propio Villafañe y el del senador Matías Sánchez Sorondo que, en su discurso, usando la hoy remanida metáfora de la enfermedad de un país, reclama el “fin de la septicemia institucional”,(1)  más conocida como Década Infame. En 1945, los legisladores involucrados fueron condenados a penas de entre 5 y 6 años de prisión. Pero a esa altura ya se habían fugado al Uruguay. Baldassarre Torres y Casás terminaron presos. ¿Qué pasó con las tierras en cuestión? El Ejército las arrendó para la instalación de un tambo.

El 29 de Octubre de 1942, Eric Zeyen observa un cartel en el centro porteño anunciando el remate de los terrenos del “Parque Richmond”. Acude presto a su amigo Gustavo Herten para obtener la financiación necesaria y tras lograr su apoyo, se dispone a retomar la operación “Villa Ilusión” mediante una compañía financiera privada devenida en constructora en la cual Wernicke fue su socio: F.I.N.C.A.

La compañía promovió un tipo de financiamiento hipotecario a bajo interés conocido como “crédito recíproco”. En términos prácticos, conformaba círculos de ahorro abierto destinados exclusivamente a la formación de capital para préstamos hipotecarios que se entregaban a los adherentes cuando acumulaban el equivalente al 20% del valor del inmueble y, en el caso particular de F.I.N.C.A, también por sorteo o licitación.(2)

F.I.N.C.A presentaba a Ciudad Jardín como un barrio moderno, donde sus habitantes podrían disfrutar de todos los avances, en términos de confort, junto con las ventajas de la vida rural. En consecuencia, la rápida conexión a todos los servicios resultó ser uno de los principales ejes de preocupación, pero también de publicidad de la empresa.(3)

Ciudad Jardín y El Palomar contrastan especialmente en las experiencias de las familias que se radican en una ciudad planificada y provista de asfalto, agua corriente, cloacas y hasta escuelas, y las de aquellas que se mudan a lotes sin servicios donde deberán autoconstruir sus viviendas y reclamar, mediante las asociaciones de fomento, el desarrollo de sus barrios. Estas condiciones de vida marcarán a fuego la subjetividad de los residentes, sus prácticas de sociabilidad, y modelarán representaciones sobre los espacios residenciales, las fronteras que los dividen y el orden urbano, que perduran hasta nuestros días.(4)  Cuesta creer que quienes rabiosa y pretenciosamente desean mantener aislada su idiosincrasia se creen asistidos con la razón gracias a la existencia de ese límite real, y a la vez ficticio, que son las vías del ferrocarril.

Aunque en su génesis el proyecto respondía a iniciativas privadas, en la culminación de Ciudad Jardín intervino el peronismo, a través de los planes Eva Perón. En el caso de las obras de F.I.N.C.A, la dinámica de una planificación privada preexistente constituyó un ámbito de confrontación donde confluyeron tensiones políticas, económicas y urbanísticas, pues F.I.N.C.A operaba con planes de asociación pública en un contexto en que el Estado comenzó a mostrar mayor presencia.(5)  Largas son las quejas de Zeyen en su diario contra el Banco Hipotecario Nacional y los muchos inconvenientes que trajo la regulación estatal a su proyecto. De hecho, algunas de las modificaciones introducidas por el peronismo en cuanto a las condiciones de trabajo y remuneración generaron crecientes tensiones entre la firma y sus empleados, especialmente en el rubro de la construcción, que se tradujeron reiteradamente en la forma de huelga conocida como “trabajo a reglamento”.(6)

Los adquirentes de chalets eran, en su gran mayoría, miembros de las nuevas clases medias urbanas (empleados, comerciantes, profesionales) a los que se sumaron algunos trabajadores asalariados e independientes, servicio doméstico y militares. Pero, además, había miles de obreros.(7)

Si aquella visión inicial de la Baldosa para Horacio Reynals me conmovió, una foto amarillenta encontrada por casualidad en una red social se convertiría en una revelación asombrosa: En esa imagen añeja y borrosa, en medio del Boulevard San Martín, a las puertas de Ciudad Jardín se erigía, desafiante, el busto de Eva Perón. Un grupo de personas vestidas de luto lo rodean. Hombres de traje y corbata oscura. Muchas son mujeres, también hay algunxs niñxs. Algunas personas están inclinadas, dejando una flor humilde al pie de su Evita, entre las coronas.

EL NIDO DEL CUCO

En otra fotografía más definida que parece ser previa, se ve a un grupo de niñxs scout, mujeres y hombres que rodean el busto, pero no visten luto.

EL NIDO DEL CUCO

El estado avanzado de la enfermedad de la Jefa Espiritual de la Nación generó homenajes en vida en todo el país. Incluso algunas provincias y ciudades cambiaron su nombre por Eva Perón en ese período. Los platenses se despertaron una mañana en una ciudad llamada Eva Perón. Los equipos de fútbol pasaron a ser Gimnasia y Estudiantes de Eva Perón. La provincia de La Pampa se llamó Eva Perón, brevemente, en 1951.

El 25 de Abril de 1952, el Honorable Concejo Deliberante de San Martín, mediante la Ordenanza 420, estableció que el perímetro conocido como “Ciudad Jardín Lomas del Palomar”, se denominara “Ciudad Jardín Eva Perón”.

“Queremos para la Villa más linda, la Villa Lomas del Palomar, el nombre de Eva Perón. La ciudad de las flores y los niños debe ostentar el nombre querido que gravita en todos los corazones de los hijos del pueblo que ven en Eva Perón a la abanderada de la Argentina Justicialista. (..) Involucra este cambio de nombre un homenaje a los obreros que la levantan con la fuerza de sus puños y cerebros, al capital humanizado que hace patria. Pone en evidencia que no hay incompatibilidad entre la obra justicialista y la iniciativa particular que goza al demostrarse útil y patriótica, de la libertad de acción, reconocimiento y amparo del Estado”(8)

El cambio de nombre no afectó la morfología de la Ciudad Jardín original y el diseño del chalet californiano, pues F.I.N.C.A. procuró que el crecimiento del barrio no quitara armonía al conjunto urbanístico. El propio Eric Zeyen reconoció en su diario:

“Los así llamados oligarcas no querían vivir en una ciudad que llevara el nombre de su mejor odiada mujer. Y la así llamada buena clase media se creía demasiado distinguida para vivir en una Ciudad Jardín Eva Perón, que debía su nombre a quien en cada uno de sus discursos y publicaciones promulgaba su preferencia por el proletariado (…) Y así tuve que decidirme a reducir la totalidad de nuestra obra a la edificación de casas pequeñas. Y con ello tuvimos un éxito enorme. (…) Jamás habíamos edificado a tal ritmo”.

La vida de Eva finalmente se extinguió, y con ella se debilitaron su viudo y la estructura política que sostuvo al movimiento. El golpe fatídico no tardaría en llegar.

A pesar de que el gobierno de facto de Eduardo Lonardi se había propuesto la pacificación y de que regía la prohibición de destrozar bienes privados o públicos, estatuas y símbolos, el mismo no fue coherente con el proceso de desperonización iniciado por los sectores del antiperonismo más recalcitrante, que tenían representantes en el gabinete e incluso en la vicepresidencia encarnada por Isaac Rojas.(9)

La nueva memoria dominante o que aspira a convertirse en tal, no tolera la memoria encarnada en los monumentos.(10) En su relato “Un salto a la segunda infancia”, Rubén Héctor Velazco, estimado vecino de Ciudad Jardín, lo explicita claramente con su vivencia:

 “Diez hombres rodeaban el monumento de Evita, entre ellos, dos jinetes intentaban y no lograban derribar el busto. Un gordo de bigotazos recién bajado de un jeep verde daba órdenes frenéticas para que lo ataran con cadenas (…), que luego de una rugiente acelerada lo hicieron caer pesadamente, todo entre gritos de euforia y tiros al aire.
 “¡Ay, no!” gritó mi madre, a quien nunca había visto llorar, y me apretó con fuerza a su cintura. Detectando esta reacción, el jefe de la banda detuvo su jeep delante nuestro y profirió los siguientes gritos: “A esta hija de puta la odio más que al otro” (refiriéndose a Perón).
 ¿Cómo no iba a llorar? Si, como obrera de la textil Aramburu, de doce horas pasó a trabajar ocho y con el doble de sueldo, desde el ’46.”

Se rumorea en Ciudad Jardín que el dueño del jeep era el propietario del Cine Helios y se ufanaba de haberle cortado la cabeza al busto de Eva y de haberla enterrado en los fondos de su casa, en la calle Geranios.

Los militares eran conscientes del poder de Evita, aún muerta. Esa “extraña mujer, que carecía de instrucción, pero no de intuición política; vehemente, manipuladora; fierecilla indomable, agresiva, espontánea, tal vez poco femenina…” eran algunos de los calificativos que la Revolución autodenominada “Libertadora” usaba para referirse a la esposa de Perón.(11) Los civiles violentos también eran conscientes y ya obraban en el ámbito público en consecuencia.

Ya lo dijo, muy a su pesar, el mismísimo Borges en El simulacro: “…pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva, sino desconocidos o anónimos.” Su pueblo también era consciente de ese poder.

Tras la derogación del Decreto Ley 4161 del año 1956 por parte de Arturo Illia, Ciudad Jardín debía continuar llamándose Eva Perón. Las vidas arrebatadas de compañerxs como Horacio y Susana se encargaron de ocuparnos de cuestiones más urgentes, y el nombre de Eva y de la ciudad misma quedaron como una historia que hoy se cuenta en voz baja, como si fuera parte de una mitología de la cual no existiese prueba alguna. Lo siento por las huestes negacionistas, pero esta memoria vive y tiene propietarios que desean compartirla.

Tal vez debiéramos tomar esas palas que tanto nos mandan a agarrar desde la comodidad de las redes sociales esos que viven de herencias y rentas, desenterrar la cabeza de Eva y, con ella, la historia de este lugar que algunos insisten en robarnos. Daríamos vuelta la tierra de toda esta Ciudad Jardín en pos de una sola verdad, de la que somos auténticxs e innegables propietarixs, y volveríamos a emplazarla en la entrada de esa ciudad, acallada en su acto de sostener la memoria, de donde nunca debió haber sido quitada.

                                                                                                                 

Agradecimientos
A Lito Bacaicoa, por esa fotografía maravillosa que desencadenó este escrito, a Rubén Héctor Velazco y Horacio Godoy por sus textos y sus invaluables memorias, a Maiu Dellagiovanna por sus fuerzas literarias, al Museo-Taller La Montaña por su generosidad y a mi madre, porque nosotras tampoco nos vamos a dejar robar.

El empleo de las “x” en determinadas expresiones es una decisión política, por si no está claro todavía.

(1) Alvaro Abos, Fernando Caceres, Historias de corrupción. Guillot o el engranaje del deshonor. La Nación, 18/01/98
(2) Gómez, Juan Lucas, “Empresarios de la vivienda. El caso F.I.N.C.A y las compañías de Crédito Recíproco frente a las políticas del Banco Hipotecario Nacional entre 1946 y 1955”, en Anuario CEEED, Nº 4 – Año 4, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Buenos Aires, 2012. pp. 149 – 190.
(3) (5) (6) Gómez, Juan Lucas y Domínguez, Edgardo Germán (2009). FINCA y Ciudad Jardín de El Palomar: iniciativa privada en la planificación urbana, 1943-1955. XII Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia, Facultad de Humanidades y Centro Regional Universitario Bariloche. Universidad Nacional del Comahue, San Carlos de Bariloche
(4) (7) Soldano, D. y Perret Marino, G. (2017). El otro conurbano. Experiencias y sociabilidades de las clases medias en la conformación de tres localidades del oeste del Gran Buenos Aires (1940-1960). Anales del IAA, 47(1), 125-146. Consultado el (10/11/2020) en http://www.iaa.fadu.uba.ar/ojs/index.php/anales/article/view/235/396
(8) Revista F.I.N.C.A, Junio 1952
(9) (10) Gorza, A. E. (2016). Los homenajes a Eva Perón como prácticas de memoria en tiempos de la Resistencia peronista (1955-1963). Anuario del Instituto de Historia Argentina, 16(1), e007. Recuperado de
http://www.anuarioiha.fahce.unlp.edu.ar/article/view/IHAv16n1a07
(11) Adrián Pignatelli, El día que la Revolución Libertadora prohibió cantar la marcha peronista y usar los nombres de Perón y de Evita. Infobae, 05/03/20

  

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