10/12/2020

LA ÚLTIMA PELÍCULA


 

 

 

 

 

 

 

 

Por FLORENCIA D’ANTONIO

              Las historias más tristes son las que arriesgan que algo está llegando a su fin. Pero las que lo hacen a lo grande, condensando otras historias que, a su vez, fueron grandes, transforman la posible melancolía en una fuente interminable de búsquedas, secretos develados y experiencias a transitar desde distintos puntos de vista a lo largo del tiempo. Tal es el caso de The Last Picture Show, la película que le dio una cantidad de satisfacciones, acaso inesperadas, al joven Peter Bogdanovich en los 70s. El realizador seguía fascinado por el esplendor de Hollywood, había estudiado cine pero, probablemente, su mirada atenta a las viejas películas de género de John Ford, Howard Hawks, Billy Wilder y Orson Welles le había enseñado mucho más de lo que pudo aprender en la academia. Tal vez por eso, y por la incentiva de otros directores, Peter Bogdanovich planeó una película fascinante e interminable, como todo lo que perdura en la memoria. Y de esto quiero hablar: de lo que permanece porque se atrinchera o porque vuelve, casi siempre, de distintas maneras.

La última película retrata un viejo pueblo de Texas en los 50. Justo en el momento en donde la televisión empieza a ser elegida por sobre el cine que parece dirigirse a un ocaso. La película no es solo eso, sino que ese es el fondo o el marco de otros grandes sucesos. Uno de ellos es este circuito cerrado creado entre el campo y el fuera de campo. Como si estuviésemos frente a una película filmada dentro de un estudio, por fuera de las cinco cuadras que dura Arlene, el pueblo texano, no parece haber más nada. El mundo se agota. El mundo en esta película se está agotando, así como el brillo de las grandes producciones cinematográficas de los cuarenta y de los cincuenta. En este universo, donde lo único que hay es un billar, un colegio, una sala de cine y la promesa de un río a través de la ruta, se nos cuenta la vida de dos amigos. Acá me pregunto: ¿hay algo más confuso que ser adolescente? Y sí, dejar de serlo. Estos personajes me reviven la potencia de las primeras veces, el asombro y la desilusión. La expectativa cumplida que contrasta para siempre con las nuevas experiencias.

En esta peli está Duane, un Jeff Bridges con veinte años, y su amigo Sonny, Timothy Bottoms, dos personajes que están terminando el secundario. Las opciones en este pueblo no son muchas, salvo escuchar las enseñanzas del viejo “El León” Sam (que es, nada menos que Ben Johnson, un viejo actor de westerns), salir con la chica más linda y cruel del lugar, jugar al billar y, evidentemente, aprender a hacer el sexo. Acá hay algo que me encanta: todos los personajes están entre la fascinación y el hartazgo, como si lo hubieran vivido todo o como si supieran que la vida es la repetición siempre de lo mismo. Me hace pensar mucho en el tiempo muerto después del colegio. Paradójicamente, entre una generación de los cincuenta, bajo la lupa de los sesenta, y una generación del dos mil, puede haber varias coincidencias: tardes de nada, borracheras por aburrimiento, pool o billar, estrategia desde las sombras, elegir a qué adulto escuchar y buscar ponerla -o bien ser puesta- sin quedar herida en el intento.

Dentro del film hay una proyección del cine que está por cerrar: la última película, hacia al final, que no solo es eso sino mucho más. Es un reencuentro y también una despedida, la conciencia de la pausa efímera porque seguirá todo lo mismo, pero diferente. En la pantalla de cine, frente a Duane y Sonny, están pasando la escena final de Red River, un western de Howard Hawks de la época representada. Si pudiera construir mis recuerdos en escenas, elegiría entre los primeros, una parecida a esta. Amigas sentadas, al frente, presentes y ausentes al mismo tiempo. Mirando algo que pasa, que está pasando frente a los ojos, y que tendrá su significado más adelante, cuando se elabore la idea de que la vida es un kamikaze.

Cometa suicida, decisión, estallo.

  

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