08/12/2020

HABLEMOS CON PROPIEDAD


 

 

 

 

 

 

 

 

Por ALEJANDRO PASCOLINI

         En la recopilacion de textos, escritos, conversaciones, que se denominó El proceso grupal, Pichón Riviere aseguraba lo siguiente: “El psicólogo social aborda cuestiones fundamentales y al indagar tanto en profundidad en individuos como en grupos, debe evitar lo mismo conductas de huida que sufrir el influjo de las opiniones corrientes de su medio inmediato.”

La opinión corriente sobre la propiedad privada es claramente un tema que Pichón pondría sobre el tapete al momento de indagar la problemática de la toma de terrenos que venimos testificando desde hace unos meses

Empecemos afirmando que amamos la propiedad privada. Sí, la amamos.

Nos creemos dueños de nuestros pensamientos, de nuestras ideas, de nuestra voluntad y nos fascina pensar que evolucionaremos a estándares cada vez más altos y perfectos de dominio de nuestras vidas.

La pseudociencia psicológica diseña tips cada vez más convincentes para controlar y “agenciar” nuestras emociones.

Las publicidades nos prometen una vida purificada del interés por el Otro, “creando” slogans corroídos de cinismo y de nihilismo ingenuo.

Educativamente fuimos entrenados desde la sala maternal hasta la universidad (incluso hay posgrados de individualismo) para competir con el compañero y “superarlo” en comportamiento y calificaciones.

El “progreso laboral” consiste en comprar un auto y veranear en un lugar más caro que el compañero de oficina o en desatenderse sin culpa de los reclamos de quienes sufren una situación más desfavorable que la nuestra.

Todo tiene más sentido si se lo realiza perjudicando directamente o indirectamente a nuestros iguales y nos genera una satisfacción algunas veces inconfesable (a algunos les encanta confesarlo): el poder comprar servicios o productos que se ofertan como exclusivos. Es decir, que otros, muchos, no pueden poseer.

En términos del psicólogo de origen alemán Victor Frankl, si el hombre encuentra su máxima expresión y potencia vital cuando ubica su vocación específica y su sentido concreto de la existencia, actualmente ese sentido humano consistiría (irónicamente) en perjudicar a otro humano. Contemporáneamente, el sentido del hombre es limitar el sentido de otro hombre.

Amamos la propiedad privada de bienes, servicios, objetos y personas y entonces amamos, en consonancia con esto último, sentirnos dueños de nosotros mismos.

Este “invite al empoderamiento” es el que nos estimula a cuestionar Pichón Riviere cuando se refiere a “las opiniones corrientes de nuestro medio”

Nos invita a revisarnos (con otros) en lo respectivo a poder investigar cómo nos enamoramos del individualismo, del materialismo y de la llamada meritocracia.

Es lo que hace que “compañeros” justifiquen el desalojo de personas (personas) que no tienen donde vivir.

La publicidad, la educación, los medios (miedos) de comunicación construyen un cerco de sentido común que hace que un militante nacional y popular piense en consonancia con un garca matriculado.

Incluso desde organizaciones de izquierda piensan cómo aprovechar esta coyuntura para tener de qué hablar en los canales de televisión (aman ir a la televisión) y tener unos puntitos más de votos en las elecciones.

Pichón tenía razón, para superar las “parajodas” que nos presenta el presente tenemos que revisar cómo estamos atravesados por aquello que intentamos resolver y superar.

Una salida interesante en las tomas de tierra de Garín y Entre Ríos hubiera sido continuar con la toma de los medios audiovisuales que nos inculcan este estado de miseria moral y ponerlos al servicio de que puedan enunciar, alguna vez, alguna verdad.

  

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