07/12/2020

NONTUFE RELMU


 

 

 

 

 

 

 

 

EDITORIAL

          Ya hemos contado en estas páginas algunas de las correrías del “Loco Lancha”, sin embargo nos hemos quedado, a modo de epílogo, con la aventura que transformó en mito a este personaje.

Como ya sabemos, la fama de Aldo Palermo superó ampliamente los límites de su pueblo, primero, y luego los de la Provincia de Buenos Aires. El hombre conoció como nadie los secretos de la tierra, del laboreo, de la siembra, de la cosecha y parece que también de la lluvia. Fue Don Furibundo Tempo el que reveló en su libro “Recuerdos mal estibados” la historia del mago de la lluvia, el Ingeniero Juan Baigorri Aguilar, ahí nos cuenta que este hombre supo inventar una máquina de hacer llover. En el año 1974 Baigorri dejó este mundo, pero una extraña caja de madera quedó en el altillo de una casa de la calle Ramón Falcón en Villa Luro. Parece que después de una demolición y un increíble itinerario, la caja apareció en un galpón donde el protagonista de esta historia guardaba sus cosas. Cuentan algunos testigos que volcó la tapa y encendió el artefacto que estaba en el interior de la caja, nunca se vio nada igual: una tormenta dentro de un galpón. No hay manera de entender el mito del Loco Lancha sin asociarlo a esta mágica caja de madera que hacía llover. Lo cierto era que donde aparecía el hombre con sus máquinas, el surco se ofrecía con su máxima fertilidad y cuando la sequía asomaba, como en un cuento, el milagro de la lluvia calmaba la sed de la tierra seca.

Los límites de la Pampa húmeda son difusos, mucho más en estos tiempos donde la tecnología es determinante para correr las fronteras de la fertilidad de la tierra, la cuestión fue que, en uno de esos campos donde jamás se intentó plantar nada, un tipo que estaba condenado a ser un cuidador decidió desafiar a su destino, pero para eso necesitó al “Loco Lancha”.

La herencia ha sido un motivo de disputa eterno, nadie parece quedarse contento con lo que le toca y cualquier cosa parece lícita cuando se trata de lo que han dejado los viejos. El entuerto se originó entre dos hermanos en los años ‘20 del siglo pasado. La cuestión terminó cuando un escribano  puso la escritura de 17.000 hectáreas en un sobre y se la mandó por correo a un hombre que vivía en Londres. Su primo recibió el favor de cuidar el casco de la estancia. Imagínese una franja de campo de 170 cuadras de largo por 100 de ancho, casi no cabe en la cabeza. El tipo, que ya se consideraba un súbdito de la corona no era ningún gil, consultó con geólogos, ingenieros agrónomos… los informes no resistían el primer análisis, hacía seis años que no llovía. Parecía un castigo divino, las nubes esquivaban caprichosamente el lugar. Por eso, cuando recibió la carta de su primo que le proponía sembrar el lote por diez años a cambio  del pago de los impuestos y unos pesos por año, no pudo sentir más que un profundo desprecio por la ignorancia y con satisfacción redactó un poder, no ya por diez años sino por veinte, con opción a compra.

Algún otro día recorreremos los acontecimientos que hicieron de ese campo árido uno de los mejores, con más rinde de casi toda La Pampa y, fundamentalmente, relataremos uno de los ejemplos más claros de la justicia poética.

Cuando el Loco Lancha buscaba el lugar ideal para poner a funcionar su máquina de hacer llover a bordo de un estrafalario tractor, en el rincón más lejano del campo se encontró con una toldería. El puñado de habitantes jamás habían salido de allí. Nadie sabe cómo se comunicó el Loco con los viejos Mapuches, lo cierto es que, desde ese día, el pequeño pueblo se integró al resto del mundo.

Furibundo Tempo sabía contar esta historia pero desde el otro lado:

“Lo vimos llegar con el milagro de la lluvia, en una extraña nave y como único equipaje, una valija de madera.  Fue el que nos hizo sentir la libertad, el que nos alentó a cortar los alambres, esos que nos habían dicho que jamás debíamos cruzar. Fue el que trajo la lluvia, fue el que trajo la vida, nos habló de extraños lugares y de plantas mágicas. Se fue con el arco iris… nosotros, a nuestro salvador lo llamamos Nontufe Relmu.”

La historia navega en la memoria de algún pueblo originario, muchas veces, después de que nuestro Furibundo Tempo despliega este relato entre gestos, palabras y ginebras; los ocasionales testigos le dicen a quien los quiera escuchar que estuvieron con Nontufe Relmu, que en criollo es nada más ni nada menos que un balsero del arco iris.

 

Alejandro Braile

Director

  

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