07/12/2020

EXPROPIANDO MELODÍAS


 

 

 

 

 

 

 

 

Por FACUNDO GARCÍA

El Sampler y los derechos de autor

 

En su época dorada, el mash up o remix estaba bien visto y alentado por la industria musical, mientras sólo los grandes sellos discográficos tenían la capacidad tecnológica para hacerlos. Una vez que la tecnología se volvió masiva, estas disciplinas se transformaron en peligrosas o directamente delictivas. En la actualidad, muy pocos músicos son dueños de los derechos de producción de su música y muy pocos músicos pueden pagar las exorbitantes sumas de dinero que implica samplear una canción.

 

EL PASADO ES EL NUEVO FUTURO

En su libro Retromanía (Editorial Caja Negra, 2012), Simon Reynolds analiza, en sus propias palabras, la adicción del pop a su propio pasado. Pop entendido como Cultura Pop, que casi inmediatamente después de surgir a principios de los ‘60  plantea una vuelta a lo básico, a un pasado ya idílico, el del primer rock and roll, que a esa altura no tenía más de 15 años.  En los ‘60 todo ocurría rápidamente, los cambios de tendencias eran inmediatos y a veces superpuestos, todo era nuevo y, en general, todo poseía gran valor estético.

Por supuesto, las grandes bandas del momento marcaban el pulso de la década, siendo The Beatles los ubicados en la punta de esta pirámide creativa. Reynolds señala que justamente fueron los de Liverpool los primeros en proponer esta vuelta a lo básico, inmediatamente después de inundar la década con los colores de la psicodelia. El 1 de Junio de 1967 se publica Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, octavo álbum de la banda y considerado uno de los discos más influyentes de la historia. Colores, personajes históricos agrupados en una portada que elevó al vinilo a la categoría de Arte, música nunca antes escuchada, el Sgt Pepper’s es el summum de la modernidad en la década más moderna del siglo XX.

Apenas un año después, se edita el disco The Beatles, también conocido como Álbum Blanco. Portada blanca, austeridad en sus sobres internos y una música despojada que buscaba recuperar en los músicos la sensación de estar tocando juntos en un estudio en vez de pasar meses sumergidos en cintas de grabación, mellotrones y orquestas . Baste escuchar el tema que abre el disco (Back in the USSR) como prueba del intento de recuperar un sonido básico, rockero, con casi ninguna sobregrabación.

Pero también en ese disco se encontraba Revolution 9, un pastiche de viejas canciones, locutores de radio, extractos de noticias y los gritos primales de Lennon. Por supuesto, cuando The Beatles y George Martin experimentaban con las grabaciones, eso solo podía ser arte. Cuando cualquier persona puede hacerlo desde su computadora, se transforma en delincuente. Y no solo cualquier persona, hasta reconocidos músicos y artistas pueden caer en un torbellino legal por querer hacerlo.

 

 

THE GREY ALBUM

EL NIDO DEL CUCO

Un caso emblemático es el del disco «Grey album» (o «Álbum gris») de Danger Mouse. Este es un disco de mashups entre los Beatles y Jay-Z y toma su nombre por basarse en el disco blanco de los Beatles y el disco negro de Jay-Z. Lo que hizo Danger Mouse fue tomar parte de las canciones de los Beatles (principalmente las secciones instrumentales) y agregarle las voces del disco de Jay-Z, quien había puesto a disposición las pistas vocales para favorecer este tipo de trabajos. El resultado, obviamente poco tiene que ver con las canciones de los cuatro de Liverpool. Si bien puede identificarse a las mismas (y se transforma en un juego reconocer las canciones), junto a las otras pistas musicales, cobran otro significado.

 La canción «Lucifer 9 (Interlude)» usa partes de Revolution 9, que como dijimos antes, es un collage en sí mismo.

Este disco no fue bien recibido por la discográfica EMI, dueña de las grabaciones del Álbum Blanco, que intimó a Danger Mouse a dejar de difundir el disco – había hecho 3000 copias y las había repartido en algunos sitios web -. El artista decidió obedecer a EMI, pero otras organizaciones optaron por usar el caso para protestar en contra de los abusos de los dueños de los derechos de copia, aduciendo que el uso que Danger Mouse había hecho de esas grabaciones no implicaba ningún delito. Como protesta se organizó el «martes gris» en el que cientos de sitios web pusieron a disposición el «Álbum gris» para su descarga gratuita. Los abogados de EMI se cansaron de enviar mensajes a los sitios webs amenazándolos con causas penales. Finalmente el disco sigue disponible para su descarga en Internet y ha recibido innumerables buenas críticas, llegando a ser elegido mejor disco en 2004.

 

Lectura/ Escritura

Lo extraño de todo esto es que en  otros soportes físicos, la cita no está mal vista. Si en un congreso de literatura usted habla de Borges usando sus mismas palabras o leyendo constantemente textos suyos, a nadie le va a parecer necesario tener que pedir a cada una de las casas editoriales el permiso para copiar una parte de los libros que se citan. Pero en la música y las películas, no se puede insertar partes de otros sin pedir permiso y, en la mayoría de los casos, sin tener que pagar para hacerlo legalmente. ¿Cuál es la diferencia? ¿El soporte material? ¿El concepto? ¿Tan diferentes son los distintos tipos de creaciones?

En su último libro Remix, Lawrence Lessig propone clasificar a las culturas como LE (Lectura y escritura) o SL (sólo lectura). Según el autor la única «cultura» de sólo lectura fue la desarrollada durante el siglo XX principalmente, cuando las leyes de copyright se convirtieron en moneda corriente en Occidente. Lo extraño del caso es que se comenzó a dar más poder a este tipo de leyes justamente con la idea contraria. El principal argumento esgrimido por Sousa, director y compositor de obras para orquesta, para que las primeras máquinas reproductoras de música comenzaran a pagar derechos por la reproducción de obras musicales, fue que iban a terminar con la costumbre de las reuniones de amigos que tocaban música y la aprehendían y modificaban, creando nuevas obras. Pero ahora son estas mismas leyes las que se ponen en contra de las nuevas creaciones. La utilización de estas leyes ha cambiado de objetivo, privilegiando su potencial para proteger un sistema de negocios antes que las posibilidades creativas de la sociedad.

Generalmente, las culturas del mundo aprovecharon y se desarrollaron gracias a su capacidad de regenerarse. Los primeros poetas y bardos cantaban las historias y hazañas de los héroes modificándolas cada vez, sin tener que pedir permiso o pagar derechos por cantarlas. La Biblia, sin ir más lejos, uno de los principales productos de nuestra cultura, fue creada en base a un remix de diferentes historias y participantes.

Mientras las tecnologías no estaban masificadas, las leyes del copyright pudieron volverse poderosas porque no interferían con este tipo de creatividad. Una vez que las posibilidades de crear a partir de otras obras se han hecho más fáciles, la disputa por poder usar libremente la cultura para recrearla ha vuelto a aparecer, proponiendo cambios en las leyes actuales hasta el punto de hacerlas tambalear.

 

Libertad para crear

No está mal recordar que Tim Bernes-Lee, el creador de la World Wide Web, lo hizo pensando en una herramienta que permitiera que todo el mundo pudiera crear con ella. Un medio de comunicación en el que todos pudieran participar activamente, recibiendo información y creándola. Un espacio donde todos tuvieran los mismos derechos y el mismo poder. A esto se llama la neutralidad de la web. El sistema no discrimina ni clasifica por el poder o el dinero de cada uno. Para la red, todos somos iguales. Mi búsqueda en google sobre mi banda favorita recibe la misma atención que el pedido de un presidente de un país.

Además, Bernes-Lee publicó todas las especificaciones de la red en el dominio público, lo que facilitó su adopción dentro del ámbito académico primero y comercial después, ya que cualquiera podía ver cómo estaba hecho y de qué forma poder crear su propio contenido. Y para inventar cosas nuevas no había (ni hay) que pedirle permiso a nadie. Es suficiente con tener la idea y desarrollarla para que pueda estar disponible para el resto de los usuarios del mundo. Como es lógico, cada vez menos los creadores de las páginas web tienen control sobre lo que crean. La información, una vez que está online puede ser tomada, remezclada y modificada.

Las tecnologías digitales, sumadas a la capacidad de compartir de Internet, son las herramientas ideales para la creación colaborativa y remixada. Ni siquiera la guerra lanzada por las grandes empresas de las industrias culturales (discográficas y cinematográficas) han podido detener este movimiento. Pero lejos está de ser una lucha ya ganada. La ley aprobada en Francia en contra de las descargas «ilegales» (algo que no es fácil de probar y que se nutre de la vigilancia de los ciudadanos) y el intento de promulgar leyes similares en otros países, sumado a los continuos intentos de promover plataformas privativas que recortan los derechos de los usuarios, son muestras de que los defensores de las actuales leyes de copyright no dan el brazo a torcer. La lucha por defender el estado actual del copyright influye en la brecha digital, brecha que ya no puede ser vista como un problema solamente de acceso.

Quien accedió pero no puede ejercer su capacidad de participar en Internet, no es una persona más de este lado de la brecha. Por lo tanto, la lucha actual no es solamente que los ciudadanos accedan a la tecnología sino qué libertades tienen con ellas.

  

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