19/09/2019

TODOS SOMOS TEATRO

















Por SERGIO DI BUCCHIANICO

“Actuar significa atacar el concepto de realidad, de verdad, de Existencia”.

              Ricardo Bartis

 

                       Si revisáramos con atención la vida democrática de nuestro país y sus procesos eleccionarios, tal vez encontraríamos que los comportamientos tanto del electorado como de la casta dirigencial partidaria, parecen tener un curioso parecido a la representación teatral, en cuanto a que ambos protagonistas fingen que lo ilusorio es real y viceversa; además actúan determinados por un guión escrito, en el caso de la política ese guión estaría manifiesto en la mano mágica de la legalidad; como si esta no fuera el resultado de disputas entre intereses antagónicos aglutinados en espacios de poder, para configurar en el imaginario colectivo la fantasía de que depositar una papeleta en una urna es conferir ese poder; cuando a su vez se sabe que este último, se construye entre agentes y colectivos con finalidades en común, a través de acuerdos programáticos articulados con la acción política y la elaboración de estrategias acordes a un programa consensuado, para luego desalojar a quienes lo detentan -al poder- en determinada circunstancia histórica; como pareciera haber quedado demostrado en cada proceso revolucionario producido a lo largo de la historia humana, pues los grandes cambios estructurales, es decir modificaciones en las relaciones de producción, en las relaciones sociales, culturales, etcétera; no fueron a través del voto universal, sino tras sangrientos enfrentamientos entre dicotómicos intereses sectoriales y clasistas, cuyo embrión creció y se desarrolló en la batalla cotidiana de la subsistencia y no cada dos o cuatro años como vociferan los marranos del orden establecido, con la macabra intención de perpetuar el actual estado de cosas. Por tanto el guión de la democracia representativa sería el resultado de una ilusión falaz, más que de una certeza irrefutable.

Pero como la fantasía suele ser más reconfortante y menos comprometida que la realidad, probablemente todos formemos parte del espectáculo democrático burgués, donde entre llantos, risas y aplausos sostengamos el guión que mejor nos calza -como representados o representantes- porque tal vez en la superficie o en el fondo de nuestras vidas todos seamos teatro.

En el intento de formular alguna hipótesis interesante acerca de esa aparente y misteriosa semejanza o familiaridad entre política y teatro; recurrir a datos y pensamientos de quienes se hayan dedicado a no solo estudiar, sino también a teorizar acerca de estos fenómenos -que no por complejos dejan de ser atractivos y tal vez esclarecedores- quizás sea el camino correcto hacia el objetivo deseado, dado que apelar a conocimientos ya construidos podría ser el método más eficaz para llegar a buen puerto, en la tormenta de incertidumbres que por lo general suele ser cualquier actividad humana en el plano objetivo así como en el subjetivo.    

En primer lugar se podría afirmar que aquella persona o grupo, que constituya un espectáculo en un tiempo y espacio determinado forman un hecho teatral, aunque como ya sabemos la base de ese hecho la conformaría un argumento escrito, que requiere una puesta en acción, para la cual es imprescindible la presencia de personajes representados por actores interpretantes de guiones, que reflejen el argumento antes mencionado, además de iluminación, maquillaje, vestuario, etc. Pero el elemento fundamental para la existencia del hecho teatral sería la presencia del público, pues sin él, no habría espectáculo.

Ahora bien, solo teniendo en cuenta esta primera aproximación se estaría en condiciones de aseverar que la vida democrática, al menos en Argentina, es muy parecida al teatro, ya que contaría con guiones argumentativos (discursos y plataformas), iluminaciones y vestuarios (actos y manifestaciones), personas y grupos actuantes en tiempo y espacio (candidatos y militantes en campaña) y el imprescindible público (electorado).

Entonces, ¿la democracia es nada más que una puesta en escena? ¿Una mera figuración de acontecimientos carentes de contenido real en un contexto imaginario, necesaria solo para encubrir herméticos núcleos de poder concentrado?

Con la expectativa de descubrir respuestas satisfactorias a semejantes sospechas, se podría observar los orígenes del teatro y su estrecha relación con la religión, puesto que en la prehistoria ciertas ceremonias religiosas tenían componentes de escenificación teatral, pues en los ritos de caza el hombre imitaba al animal: del rito se pasó al mito, es decir del brujo al actor, y en los comienzos de la tragedia griega dicho pasaje se conformó con la mimesis añadiéndose el uso de la palabra; por tanto se estaría en condiciones de pensar que si los antecedentes del teatro son de carácter místico, y este a su vez guarda estrecha relación con la participación democrática electoral, probablemente al hablar de republicanismo se haría referencia a comportamientos humanos religiosos o al menos alucinatorios, y no concretos o materiales; en consecuencia aquello que llamamos realidad republicana sería nada más que una ilusión a la cual aferrarse, para poder formar parte de un espectáculo político masivo; porque tal vez no quede más remedio que auto percibirnos como actores de acciones colectivas cargadas de fantasía en un mismo escenario social, dado que quizás todos seamos teatro.

Es necesario señalar que posiblemente el punto de contacto real entre política y teatro sea que tanto uno como otro parecen proponerse articular cuerpos con ideas: “Efectivamente, varios de los conceptos más fundamentales del teatro se pueden aplicar al campo de la política. De manera esencial, el teatro es la creación de un colectivo, es decir, que tal como la política, crea una unidad a partir de una multiplicidad de individuos” (Vinolo Stephane, “Alain Badiou. El teatro y la política como subjetivaciones colectivas”).

Sin pretender forzar analogía alguna, una mayoría electoral podría ser considerada una unidad a partir de una multiplicidad de sujetos, tal como acontece con el aplauso del público ante la representación de una obra teatral en la que una multiplicidad de individuos se identifica. Posiblemente Alain Badiou esté refiriéndose a esta idea cuando afirma que “El teatro es un arte que agrupa a las personas y tal vez las divide o las unifica: es un arte colectivo. Hay una teatralidad política, o una política de la teatralidad, que se combina en torno a esta figura de la agrupación” (Badiou 2015, p. 75).

Ante la contundencia y rigurosidad explicativa de Badiou tal vez sea conveniente tomar el concepto de teatralidad para lograr despejar las dudas aquí suscitadas respecto a las posibles relaciones intrínsecas entre política y teatro.

El investigador teatral español Oscar Cornago en su trabajo “¿Qué es la teatralidad? Paradigmas estéticos de la modernidad” señala: “…el teatro es el único medio que, al carecer de un lenguaje exclusivo y propio, ha de tomar sus códigos de aquellos que le ofrece la cultura en la que se desarrolla”. En este sentido se podría pensar que el teatro configuraría su esencia con los aportes brindados por infinidad de disciplinas que forman parte del quehacer cultural de una sociedad y de una época, incluida la actividad política, y si ello fuera así, hallaríamos aquí cierta hermandad o si se quiere cierto parentesco entre teatro y política. Tal como quizás suceda con la historia, que no solo nos llega a través de monumentales e inamovibles textos “sino también como un conjunto de actividades, de puestas en escena y ceremonias, de representación y maneras de cómo estas representaciones son percibidas por la sociedad” (Cornago Oscar, “¿Qué es la teatralidad? Paradigmas estéticos de la modernidad”).

Siguiendo la línea de pensamiento planteada por el investigador de teatro español, quien afirma que “todo fenómeno de teatralidad se construye a partir de otro que está mirando” y que ésta –la teatralidad- “no solo se piensa en función de su efecto en el otro, sino que no existe como una realidad fuera del momento en el que alguien está mirando; cuando deje de mirar, dejará de haber teatralidad” (Cornago Oscar, ídem); se podría construir un arbitrario pero sensato paralelismo con el momento electoral, ya que finalizada la votación dejaría de existir lo que podríamos denominar electoralidad, o sea una puesta en escena que solo existe en función del otro que vota, como sucede en la teatralidad con respecto a ese otro que mira.

Además la teatralidad -según este autor- “tiene realidad mientras está funcionando” y se entiende como el fenómeno de la representación, es decir como “dinámica del engaño o fingimiento”; probablemente se encuentre en esta idea la clave que nos permita relacionar indefectiblemente al teatro con la política, ya que el engaño, el fingimiento y hasta la mentira estarían dados en el teatro por el actor interpretando un personaje estructurado en el marco de una fantasía anclada en lo real, y en la política por el candidato repartiendo promesas que se saben irrealizables, puesto que éstas acaso sean la piedra basal de dicha actividad o en todo caso del rito democrático y republicano que llamamos elección general, tan mimetizada con el hecho teatral.

La teatralidad entonces sería para Oscar Cornago “como la cualidad que una mirada otorga a una persona que se exhibe consciente de ser mirada mientras está teniendo lugar un juego de engaño o fingimiento”. Lo cual conduce a observar que la teatralidad puede estar presente en el hecho teatral, así como en el acontecer electoral; pues tanto candidato y electorado como actor y auditorio, encajarían sin dificultad aparente en el axioma propuesto por el autor aquí referido, por lo tanto, se estaría en condiciones de apuntar que al menos cada dos o cuatro años todos somos teatro.

Por otro lado, posiblemente sea recomendable tener en cuenta que el amor es un fenómeno presente en el teatro y al mismo tiempo en la política, o en última instancia un cruce entre ambos, pues bastaría con acceder a cualquier obra escrita o actuada del género artístico aquí citado, como presenciar o leer cualquier alegato político, para darse cuenta que la idea del amor es sugerida con insistente frecuencia, como si ella fuera quien encendiera el motor unificador de sentimientos colectivos subyacentes e inherentes a la condición humana, y se convirtiera en tema fundamental de las dos disciplinas; compañerismo, amor al prójimo, altruismo, traición, vocación, compromiso, engaño y desengaño entre otras conductas relacionadas al afecto y sus antítesis, parecen ser el foco de atención de obras teatrales y de campañas electorales.

Pues bien, según Badiou “la tragedia es el deseo que experimenta las estructuras del estado” (política), “cuando la comedia es el deseo que se enfrenta a la estructura normativa de la familia” (amor), como lo explica Stephane Vinolo en su trabajo “Alain Badiou. El teatro y la política como subjetividades colectivas” según la interpretación que hacemos del mismo.

Congruentemente con el espíritu de lo expuesto en el párrafo anterior quizás convenga tener en cuenta -a modo de corolario- las palabras del propio Badiou: “La verdadera comedia no nos divierte, nos pone en la inquietante felicidad de tener que reírnos de la obscenidad de lo real” (Badiou, 2015, pp. 19-20), para entonces poder reflexionar acerca de la eventual posibilidad de vivir enfrentando cotidianamente una vida saturada de artificialidad y simulación, porque al fin de cuentas la última verdad acaso es… que todos somos teatro.

  

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