03/04/2019

PATIO MIO
















EDITORIAL                                                                                                                                                                                                      AÑO II – N° 8

           Hacía una pila de años que no visitaba el patio, su patio… La verdad no había tenido tiempo, el trabajo, los viajes, las cenas con amigos, el teléfono, los conciertos, las películas, las series, la computadora, el aire acondicionado, el dólar…

Volver al patio fue toda una revelación, solo registraba la parra. Descuidada desde que murió el abuelo. Había pasado mucho tiempo, sin embargo, la desnudez a la que la sometía el otoño semejaba a un gran nido, un nido para un tipo que entraba en el ocaso de su vida.

Las juntas de los ladrillos estaban erosionadas, profundas, la enredadera había tejido su lenta invasión en esas grietas. El malvón estaba también recostado en la pared, la roja flor asomaba orgullosa entre el pálido verde y la degradada terracota.

El tipo pensó, ¿dónde lo vi?

Lo cierto es que no lo había visto nunca, lo había escuchado: “Malevo que en la esquina malherido, desangra entre ladrillos un malvón…”

El tipo pensaba, “…el corazón sencillo, lastimado…”

No sabía pero también lo había escuchado.

El tipo recordaba una foto con tonos sepia, junto a un buzón.

No, no era una foto: “Tal vez con tu dolor arrinconado, te vio en la calle vieja el paredón y estás en esa esquina del pasado al lado de la ochava y del buzón.”

El patio que sí tenía memoria, lo zamarreaba al tipo desde un tango. Pero él no escuchaba tango, lo que no sabe, como dice un amigo, que: “cuando el almanaque agrede, el tango te está esperando”.

Me gustaría escribir que al tipo lo rescatan fantasmas del pasado que todavía permanecen en el patio, que viejos amores lo consuelan, que el olvido borrará rápidamente sus miserias. Claro que me gustaría contar que un eclipse lo transformó en alguien solidario y que junto a una muela de juicio le extirparon el odio. Me gustaría soñar junto con el tipo en una vejez tranquila, con hijos que lo quieren y una ex que lo visita. Sería fantástico hablar de lo bien que le va en el taller. Me gustaría decir que todavía hay esperanza. Pero no, nadie viene a socorrerlo, está solo, cerró el taller y no sabe qué hacer ni a donde ir.

Sin embargo confío en el tango, en su poesía, en su nostalgia, en el temblor sentimental que produce, confío en Gardel, Rivero, Goyeneche, Troilo, Piazzola…

 Confío en el patio, en su íntimo paisaje, en la potencia de esa pequeña geografía. Un patio no es lo que se ve, es lo que nos hace sentir. Confío porque el tipo está tomando mates bajo la parra, protegido por un nido gigante y todos sabemos lo que producen los nidos.

 

  

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