03/04/2019

EXCLUIDOS
















(Por CCCP) Cooperativa Clandestina de Contrainformación Proletaria.

Gustavo Varela, filósofo ensayista y docente, es autor de los libros ‘Mal de tango’ y ‘La Argentina estrábica’.

               Hago una lista: negro, indio, inmigrante, anarquista, comunista, judío, cabecita negra, hippie, subversivo, gay, travesti. Más de cien años de historia argentina, desde 1860 hasta 1990. Una historia de exclusión, una historia de personas empujadas afuera, o condenadas a morir, o perseguidas siempre. El mismo blanco donde disparar, hecho de rostros y vidas diferentes. Son excluidos singularizados por la época. Hay otros, igual de excluidos, pero no por época sino por destino político. El pobre, la mujer, el sirviente. Son excluidos en sí. Las raíces son muy profundas, el árbol es alto, la lucha es prolongada y enorme. Excluidos de la época quiere decir que hay un punto donde se edifica un enemigo específico, una tipificación determinada. Un punto que no es una idea sino el reconocimiento de una singularidad. Uno, sí, pero multiplicado en todas las singularidades iguales o del mismo tronco. Parece un trabalenguas, pero no lo es. Esas singularidades son todo el mal en un momento de la historia, todo el problema: uno es todos. Un judío, en los años treinta, son todos los judíos. Y, por ello, la razón del mal. Uno es todos no es por agremiación humanitaria (todos somos Aerolíneas). Sino porque en ese judío radica la judeidad, aquello que se persigue en los treinta. Cada uno es uno y todos a la vez.

Siempre hay un excluido específico. Las épocas son distintas, diferentes las condiciones, disímiles las expectativas. Y siempre hay uno que es excluido. Las razones son idénticas, aunque los tiempos históricos sean otros: la exclusión, es una cuestión moral, o es una cuestión vinculada al espíritu patriótico. Los mismos ejes pensados por la escuela de la ley 1420 de 1884. En los comienzos del Estado nación, Roca, Ramos Mejía, Ingenieros; médicos que también son diputados, criminólogos, directores de educación, redactores de leyes. Moral y patriotismo, eso se enseña en las aulas. Y eso mismo es la justificación para excluir. La escuela define la necesidad de saber qué debo hacer y qué no; y también qué es aquello que hay que amar. O sea, regulación de la conducta y amor a la patria.

El comunista, el subversivo, el anarquista, son una amenaza para la construcción de la nación. Por ello, perseguidos y excluidos. El indio, de la campaña de Roca, es un ocupa, inhumano, un invasor: también un problema patriótico, más de economía nacional que de raza. Es como el negro pero de otro modo: aquel estaba sometido porque era trasplantado y el sistema de exclusión consistió en ofrecerlo como carne de cañón; el indio era dueño del suelo, tenía la insolencia del que se sabe fuerte y por ello fue objeto de venganza y de exterminio.

En el cabecita, el hippie o el gay, el problema es moral, de conducta desviada y peligro. También el judío, acusado -por sobre todas las cosas- de miserable, de tacaño, de usurero; el hippie, de libertino; el gay o el travesti, de perverso; el inmigrante, de bruto, inepto e invasor. Tan sutil, tan penetrante, que resulta imposible detener el oleaje que genera. La moral, como sistema de acusación, es más ligera y, por ello, más fácil de esparcir. La exclusión moral es silenciosa, epidémica: puede escribirse en un libro, o en un artículo de diario, pero la expansión es de otro modo, boca a boca, en el rumor, en el chisme, en el descrédito repetido. Son varios los libros escritos a fines del siglo XIX en contra de la inmigración italiana; y fue unos años después de esos libros, que los hijos de esos inmigrantes italianos fueron hasta el puerto a apedrear a otros italianos que recién bajaban de los barcos. Porque no querían italianos, porque no querían a más de ellos, porque sobraban italianos, porque los italianos eran ignorantes; tenemos demasiados ignorantes adentro como para seguir trayendo a los que vienen de afuera. Así decían y así escribían. Italianos contra italianos, contra sí mismos, aunque crean ser otros. La exclusión por razones morales no tiene límites, esa es su fortaleza.

Similar a la del cabecita negra, el que venía de las provincias porque en Buenos Aires estaban las fábricas. Es la invención del obrero industrial. Y la invención del conurbano como lo que es, sur y aceite, obreros que fuman, vía muerta y asfalto. Acumulados, uno tras otro, entrada y salida de la fábrica, en silencio y sin chistar. Hasta que fue la caminata del ’45, de ocupación de la calle, de llegar a donde no habían llegado antes, con los pies calientes de andar y el pardo de la piel despreciado por las señoras.

Resabios del darwinismo de comienzos de siglo, el color de la piel es un tema moral, qué puede y qué no puede ese negrito. Puede callarse, caminar agachado; no puede distraer al patrón con sus reclamos, no puede salir de donde está. La cara marcada, un yerro, lógica de ganadero en medio de la ciudad. Exclusión en marcha, la ciudad es nuestra: en los bombardeos desde el aire, hay más muertos que en Guernica. El cabecita negra a su lugar.

Al anarquista no sólo lo expulsaron con la ley de residencia. Al anarquista lo mataron a balazos en la calle y después lo aplanaron con la ley del voto de 1912. Y lo remataron en la Patagonia, en 1921. Nada de movimientos: ni obreros, ni sindicalismo, ni revolución. El voto secreto y obligatorio no fue la conquista de un derecho. Fue la abdicación para otro modo de política. Todos encolumnados atrás de los partidos. No somos revolucionarios, somos conservadores, dijo Yrigoyen por entonces, con lograda exactitud. Todos conservadores, entonces. La patria a salvo. Y los dueños, también a salvo.

En los noventa el excluido fue el Estado. El empleado estatal, los trenes del Estado, la economía del Estado, los teléfonos del Estado. Las oficinas del Estado y todo lo que el Estado no podía. Los males empezaban y terminaban en él. El tamaño de esta singularidad que es el Estado requirió de un complejo sistema de publicidad. Los medios de comunicación fraguaron con la economía de mercado y el Estado se expuso como una enfermedad mortal. Argentina agonizaba de Estado. Había que sacárselo de encima para seguir vivos. Jubilación anticipada, retiro voluntario, despidos e indemnizaciones. La gente/Estado afuera, a otra cosa, al parripollo, al monotributo y al remís.

¿Ahora? ¿El pibe chorro, el villero, el fierita, el de gorrita, quién? La época nos propone la distancia entre los cuerpos. Cada quién en su lugar, aislado, sin contacto. El tamaño en pulgadas del televisor es el tamaño de la distancia entre los cuerpos. La insistencia con el celular es insistir solo, estar solo, lejos del que sigue. ¿Qué es eso que viene ahí? La luz se enciende cuando alguien pasa por la vereda; no subas al ascensor con extraños; el edificio tiene seguridad propia contra desconocidos; el ruido de alarmas, puertas blindadas, ningún agujero en la pared. ¿Quiénes son? Los que roban, los que empujan, los de gorrita, los que provocan por cómo se visten, los que se suben al ascensor. La cercanía de los cuerpos es insoportable porque es una amenaza.

Miles de gendarmes. Policía municipal, policía provincial, seguridad privada. Prefectura en las villas, militares en las fronteras. Servicios de inteligencia. La violencia se multiplica, las barreras crecen, la vida es de a uno. Nada peor que un cuerpo cerca. Vivir de a uno se impone por encima de los colectivos. Lógica mercantil de la acumulación y el otro como alguien que compite con ese uno. El otro amenaza, el otro es cuerpo, el otro lejos. Excluido.

  

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