03/04/2019

EL ENTIERRO DE LA SARDINA
















POR ALEJANDRO PASCOLINI

       Lo peor del insomnio es que se padece en un lapso del día donde es demasiado tarde para buscar ayuda.

En Vigo (España) enfermo de fiebre y lejos de Argentina, mi país de residencia, no conocía a nadie que deseara escuchar mi queja de no poder dormir durante la noche. En realidad tampoco sabía de nadie que anhelara escuchar ninguno de mis problemas y esa intensa fiebre como antorchas incendiando mi entendimiento, más mi pasión por no caer en el sueño, no hacían otra cosa que echar sal sobre la herida de mi soledad y abandono de mis raíces.

Debí huir a ese pueblo europeo dejando atrás a mi esposa, con quien acordamos que apenas lograra reunir el dinero necesario para el boleto de avión, me acompañaría en el exilio. Como en una procesión, pero sin saber su final, inicié la marcha hacia Europa, luego de ser amenazado telefónicamente por investigar, desde mílabor de periodista, la desaparición de un joven (Lucrecio Lomas) en manos de la policía. Mis ideales y mi honor me dictaban que me quede indagando hasta esclarecer el hecho. Mi miedo, factor que influye en mi conducta de manera mucho más eficaz que mis principios, me señaló el camino hasta un hotel español.

Al respecto, es mi turbación por ser atrapado y también desaparecido lo que me quitaba el sueño y no tanto la indignación por la acción policial, parafraseando una vieja canción… “soy mucho menos que mi reputación”.

Algunas veces, cuando pasaba más de tres días sin pegar el ojo, sufría de microsueños: brevísimos momentos en que no podía distinguir si estaba soñando o despierto, si lo que observaba o escuchaba pertenecía a una ilusión onírica o a la realidad. Por ejemplo, cuando recordaba el llamado donde me amenazaban, me parecía creer que no era real, que sólo se trataba de una de esas breves pesadillas. Las palabras que me decían del otro lado de la línea: “Dejate de joder con el caso porque vas a terminar enterrado como la sardina” eran expresiones para mí no solo poco comprensibles (¿qué significa entierro de la sardina?), sino también fácilmente atribuibles a esos retazos de onirismo en la vigilia.

Lo único que mejoraba un poco mi ánimo era el espectáculo en las calles que podía ver desde mi ventana: una gran procesión que se dirigía hacia el mar.

Como fondo musical, sonaba una canción de un grupo de rock argentino, que decía: “Van al mar, van al mar, llanto, dolor, sufrimiento de un pueblo se ahoga y se hunde en el mar…”

En el pueblo donde me escondía temerosamente se festejaban los últimos días del carnaval mediante una peregrinación hacia el océano. En la ceremonia, la mayoría de los hombres llevaban puestas caretas de colores oscuros y sombríos.

Cuando detuve mi mirada con más cuidado en una de ellas, distinguí una figura conocida, el rostro de uno de los policías acusado de desaparecer a Lucrecio. Sobresaltado, observé con más atención y sólo divisé una máscara blanca con ojos rojos, solo eso, un microsueño más que confundía mi percepción y aturdía mí realidad. “Debo dormir de una vez”, me dije, “no puedo estar alucinando cosas tan absurdas, esos cretinos no pueden haber llegado hasta acá”.

Desde mi ventana podía ver antorchas tan grandes que parecían quemar las estrellas. Por momentos, formaban estelas de fuego que cubrían totalmente el espectáculo.

En un claro entre las llamas volví a divisar otro rostro, el del juez del caso…

“Otra vez un pequeño sueño, me voy a hacer un coctel de psicofármacos con whisky, este insomnio me hace ver cualquier cosa, esa gente es imposible que este aquí, quedaron bien lejos, en Argentina” intenté autoconvencerme, mientras cerraba la ventana y me disponía a ir a la farmacia del lugar, la cual no sólo vendía las pastillas para dormir, sino también la bebida alcohólica.

Una vez en la calle, mientras me dirigía al local divisé con gran asombro una gran cantidad de mujeres vestidas de luto sobre el piso, llorando desconsoladamente. Inmediatamente, me vino el recuerdo de mi propia mujer quien lloraba de la misma forma cuando nos despedimos en el aeropuerto de mi país. En ese momento era tanto

mi terror que no me permití sentir tristeza por la partida, era más acuciante huir que entristecerse. Ahora, el recuerdo de esa escena me provocaba una metástasis de melancolía que se adueñaba de todo lo que hacía, pensaba y temía.

El dolor de una circunstancia presente (por ejemplo la de abandonar un ser querido) puede durar sólo el tiempo que perdura esa circunstancia. En cambio, el sufrimiento de su recuerdo puede persistir toda la vida…

Debo decir que no comprendí la presencia de las mujeres disfrazadas de viudas en el contexto carnavalesco, por lo cual al regresar al alojamiento decidí interrogar a la conserje sobre esa peculiaridad. La empleada, con su mejor porte de actriz porno ibérico me explicó: “Aquí en Vigo cerca del fin del carnaval festejamos el entierro de la sardina, una celebración donde un cortejo fúnebre acompañado de viudas, carrozas y enmascarados acompaña a una sardina fallecida hasta el mar, donde es arrojada.” Luego agregó con lascivo acento castizo: “Pero, si quieres enterrar la sardina desde otro sentido no tienes más que invitarme a tu habitación”.

Pensé en aceptar la propuesta, pero mi mujer prontamente vendría de Buenos Aires y si se enterase de la infidelidad sería más peligrosa que los secuestradores de los que escapaba. Una vez más, la cobardía comandó mis decisiones y sin decir nada regresé a mi habitación. Pero de pronto recordé lo dicho por mis amenazadores telefónicos, su amenaza aludía a un entierro y al de una sardina, ¿qué extraña lógica sostenía esta casualidad?

Las pastillas para dormir no dieron resultado, más bien empeoraron la situación. La fiebre y el insomnio me estaban matando. Por momentos no sabía si estaba muerto o vivo, despierto o dormido.

Tuve la mala idea de sumarme al festejo callejero agregándome a la procesión. Mientras caminaba junto a una de las carrozas se me impuso el recuerdo de cuando confundí a una de las máscaras con el rostro de uno de los acusados de desaparecer a Lucrecio. Repentinamente, ese mismo rostro se me hizo visible pero desde una cercanía que me estremeció. Otra máscara reía a carcajadas. Una mujer lloraba furiosamente. El rostro de esa mujer no era el de una española disfrazada de viuda sino el de mi propia esposa. ¿Estaba despierto o soñando fugazmente?

El féretro que encabezaba la faena no poseía el dibujo de una sardina (como era usual en esos eventos) sino mi propio nombre. ¿Estaba vivo o me encontraba presenciando mi propia muerte? Quienes me habían amenazado, ¿habían logrado ubicarme y enterrarme definitivamente? ¿Podían estos seres tener tanto poder, incluso fuera de su país? ¿O todo se trataba de un mal sueño?

La impunidad en mi patria es un carnaval… y no un sueño… ni un cuento.

  

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