02/04/2019

LA SEPULTURA DEL TRABAJO
















POR ANDRÉS GARCÍA

               En un país como el nuestro, la cultura del trabajo siempre fue una exigencia, un imperativo categórico. Como estudiar. El mandato familiar era primero estudiar, porque sino nunca vas a ser nada en la vida, y segundo trabajar, porque sino nunca vas a tener nada. Ser y tener. Metafísica capitalista para el buen ciudadano. Orgullo social para el homínido obediente.

Sin embargo siempre hemos sido testigos de la falta de coherencia entre el decir y el hacer. “Has lo que yo digo mas no lo que yo hago”, reza un dicho popular para la buena conciencia de hipócritas y fariseos. Quién no ha escuchado las penosas quejas del trabajador explotado, exprimido por 12 o 14 horas diarias de jornada extenuante. Quién no ha visto penar de la misma manera al desocupado. Quejarse del trabajo o quejarse por no tenerlo. El hombre engranaje, que se siente útil dentro de la maquinaria, pero que cuando esta lo reemplaza y lo desecha cree que no sirve para nada. Un engranaje que no rueda no es nada. Útil y servil, o la nada. Metafísica extorsiva de la plusvalía perversa.

“El que no trabaja es porque no quiere”, se escucha entre el rebaño de la clase ascendente. El desprecio altanero del que lustra el bronce de su dignidad, la indignación sobreactuada del que hace la declaración jurada de que todo lo que tiene lo hizo rompiéndose el orto. “A mí nadie me regaló nada”, eructa ruidosamente la clase medianera mientras barre la mugre debajo de la alfombra. “A los chorros hay que cortarle la mano derecha como hacen los árabes”, ladra uno detrás de las rejas de su cárcel privada. “Hay que bajar la edad de imputabilidad”, gruñe otro medio pelo abrazado a un cura pedófilo. El miedo a perder lo poco que tienen los aísla en sus celdas domésticas. El miedo, que no los deja pensar, les vende la biblia castrense que enseña que una cosa tiene más valor que una vida, y que justifica, en nombre de la propiedad sagrada, el derecho a matar.

En esto se convirtió la cultura del trabajo en las capas medias (y muchas veces baja también). En un seguro de dignidad que funciona en modo acusatorio. Adoctrinada por la idea de una moral superior que entrega títulos de meritócratas a los inquisidores del otro. “Es pobre porque quiere. En este país lo que sobra es laburo”, vomita desde el altar de una clase a la que no pertenece el jíbaro desclasado. Jamás va a pensar en la pobreza y el desempleo como las consecuencias de un modelo económico. Jamás va a luchar contra las causas que las genera, porque simplemente cree que es una cuestión de voluntad, de mérito, de sacrificio. Su darwinismo social lo pone del lado de los más aptos, y espera impaciente la extinción de esa especie oscura y populista, porque para eso paga sus impuestos.

Estas mentes colonizadas por una ideología que los explota en un limbo de ignorancia, tienen la esperanza del esclavo que cree ciegamente que llevando una vida sumisa y obediente, y haciendo grandes sacrificios, algún día va a ser como su amo. Mientras tanto el amo alimenta esas esperanzas con promesas de dimensiones bíblicas, mientras tira un poco de maná a sus pies como adelanto de esa tierra prometida a la que nunca va a llegar.

No es mi propósito sin embargo, concluir que el trabajo no hace digno al hombre. Sin un techo dónde vivir, sin una buena alimentación, sin educación y salud, es decir, sin las condiciones mínimas que exige hoy la vida moderna para vivir dignamente, el ser humano cae en sus instintos básicos de supervivencia. Y ya sabemos qué cosas desencadena ese instinto. El trabajo nos hace dignos en el sentido antes expuesto. Pero esa dignidad no justifica ni santifica absolutamente nada.

La cultura del trabajo es la cultura del pueblo solidario, sensible a las injusticias y comprometido social y políticamente. Por eso el discurso del poder hoy exige despolitizar todo. Por eso la meritocracia va ganando terreno, y la guerra sin cuartel de pobres contra pobres está en el Prime time de la televisión. Por eso el desprestigio histórico de los sindicatos y de cualquier institución que genere conciencia de clase y construya una cultura del trabajo en los márgenes del capitalismo. Por eso el ascenso social es cooptado por las tentaciones pequeñoburguesas.

Por algo será que la riqueza no se cuestiona y está vista como el producto de un emprendedurismo exitoso. El neoprogresismo y las izquierdas discapacitadas luchan discursivamente contra la pobreza. Nunca se lucha contra la riqueza. Si se repartieron mal las cartas entonces hay que barajar y dar de nuevo. Basta de perder el tiempo discutiendo sobre las sobras y las propinas. Hay que discutir sobre el banquete, que es producto directo del trabajo, y esa discusión la tienen que dar los trabajadores.

Pero con una cultura del trabajo como la que anida hoy en la cabeza castrada del asalariado medio, lo más probable es que el trabajador siga defendiendo los intereses del patrón, que ganó todo de buena fe, y descargue sus odios y resentimientos contra su misma clase y la más baja, convencido de que es la que se quiere quedar con lo poco que tiene. ¿Se imaginan a la burguesía yendo contra sus propios intereses, luchando por los derechos de los trabajadores, sacrificándose a sí misma en pos de la clase trabajadora? Eso nunca ocurrió. Su cultura, que no es la del trabajo, se lo impide. Son parte de la ideología dominante, esa droga que corrompe cualquier voluntad y prostituye a las víctimas de su sistema con espejismos de riquezas y bienestar.

Por eso la lucha hay que darla en el plano cultural, con una subversión de valores y un accionar social y político contundente. El trabajador promedio de hoy no tiene la voluntad crítica ni las herramientas conceptuales para llevar a cabo semejante cambio estructural. El cáncer ideológico hizo metástasis. El viejo romanticismo de izquierdas y derechas deberá morir para que algo nuevo nazca. De esa profunda grieta saldrá la criatura. El renacimiento de una nueva cultura, que nosotros, atravesados por la miopía ideológica dominante, no somos capaces de ver todavía.

Pero de algo estamos seguros: hay que ponerse a trabajar por ello.

  

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