02/04/2019

EL CUÑADO DE KANT
















POR ALEJANDRO PASCOLINI

         En el siglo XVIII el filósofo alemán Immanuel Kant establecía en su texto “Crítica de la razón práctica” que todos los seres humanos deseamos ser felices y que esa búsqueda es inseparable de la búsqueda del bien, de la beatitud, de lo perfecto que existiría en cada uno de nosotros.

El proyecto del bien y de la felicidad es innato al hombre, es universal, eterno, inamovible… es su motor, su camino y su punto de llegada.

Pero proponía (intentando ser feliz mientras escribía) que hay dos principios prácticos a tener en cuenta para la consecución de esa santidad beatífica de la que hablaba: Las máximas y los imperativos categóricos.

Las máximas remitían a todo aquello que enmarcado en la facultad apetitiva orienta nuestro bienestar invitándonos a acercarnos al placer y a alejarnos del displacer.

En este caso la brújula de nuestra acción es lo que nos brinda gusto y se torna agradable a nuestros sentidos. Al respecto, seguramente Kant habrá pensado en la percepción del cuñado pidiéndonos dinero (textos apócrifos comentan que al cuñado de nuestro filósofo alemán no le gustaba nada el trabajo) como aquello de lo que hay que huir para satisfacer esta facultad, pero interpretamos que le pareció muy fuerte escribir semejante afirmación (Kant era un pensador muy serio).

En el mismo sentido, las máximas también implican que lo que nos llenaría de dicha (que el cuñado te devuelva el dinero que te debe) debe corroborarse o ponerse a prueba en la “naturaleza” para concebirlo como dichoso.

Podemos agregar que tanto el sistema gobernado por las coordenadas placer–dolor, como el método de contrastación de hipótesis, están englobados en las máximas, es decir la manera en que cada singularidad encuentra la dicha. (Aunque puede pensarse que el hecho de que el cuñado devuelva el dinero prestado puede ser un motivo universal de felicidad).

Ahora bien, hay proposiciones que no son relativas a cada uno de nosotros (subjetivas), sino que sirven a todos los humanos por igual y de la misma manera a la hora de encontrar la correcta forma de vivir.

Estas proposiciones son los llamados “imperativos categóricos”; ideas santas, provenientes puramente de la razón, que no dependen del registro del placer o de dolor para ser aceptadas como perfectas y que no hacen falta tampoco poner a prueba sus afirmaciones para declararlas incuestionables, por encima de cualquier coyuntura histórica y política.

Por ejemplo la idea de que matar está mal (aunque muchas veces se desee la muerte del cuñado cuando no nos devuelve el dinero prestado), es una idea que existiría más allá de los gustos personales, las conveniencias, etc.

Tomando el concepto de imperativo categórico y ejecutándole cierta distorsión, podemos aventurar que en esta época existen ciertas “ideas inamovibles”, qué, a la manera de imperativos, se nos imponen y conducen nuestra vida, no a la felicidad, sino a una profunda desdicha (estableciendo una paradoja a lo afirmado por Kant ya que el afirmaba hasta el hartazgo que todo imperativo conduce al bienestar moral).

Uno de estos imperativos parece rezar “hay que trabajar”, cuestión que no se duda y que nos somete a una mirada estereotipada que impide pensar en otras maneras de organizar nuestras relaciones y nuestros deseos.

Más puntualmente, una de las formas de ejercer el sometimiento subjetivo que emplean los actuales carceleros mentales es la de insistir por un lado con el hecho de que el trabajo es lo único que genera dignidad y por otro lado negarnos el acceso a dicho trabajo.

Paradoja obscena pero calculada donde se presenta el valor ideal al mismo tiempo que se hace imposible su posibilidad de concreción.

Esta trampa concertada desde diversos organismos (medios de comunicación especialmente) genera efectos de paralización, confusión, tristeza, ira desorganizada, y depresión.

De esta manera caemos en un estado subjetivo poco conveniente para acceder a ese pensamiento crítico que nos ayudaría a desentrañar los términos y condiciones de esta permanente lucha simbólica, comunicacional y psicológica que abate a la clase trabajadora desde la aristocracia financiera.

Proponemos entonces empezar a poner un signo de pregunta sobre lo que consideramos más obvio (por ejemplo, que el trabajo es de por sí un valor positivo) y estudiando sus raíces históricas y sus ramificaciones económicas poder pronosticar un inicio de salida al problema: dejar de considerar el trabajar un orgullo (cuestión que como se mencionó antes el cuñado de Kant puede ser nuestro guía y referente).

  

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