01/04/2019

¿QUÉ MIRÁS?

 

 

 

 

 

 

 

 

POR MARÍA NEGRO

QUÉ MIRÁS LA CONCHA DE TU MADRE

 

             Uno está sentado en la esquina, bajo una visera desteñida que alguna vez fue la publicidad de alguna cosa. Succiona fuerte el cigarrillo que va y viene de la boca sucia, pigmentada en violetas. Estira las piernas para descansarlas. No importa ser flaco. Los tobillos pinchan después de horas donde fueron obligados a sostener las piernas en posiciones incómodas. En cuclillas, de pie, de nuevo en cuclillas. Nunca sentado a la sombra. Bajo este sol con sabor a bisturí, y en cuclillas, así pasan los días.

En la vereda de enfrente a esa esquina, el otro se sacude el pantalón al bajar de la motito. No sabemos si se arremangó para evitar ensuciarse con el pedal que se nota engrasado. O del puro calor que haría transpirar a las iguanas.

Justo eso fue lo que le dijo: Iguana. “Correte, iguana”. Y el uno lo miró. Levantó la vista apenas del cigarrillo y puso los ojos duros sobre el otro. ¿Cuánto dura un segundo bajo el sol del mediodía, con las piernas estiradas o el pantalón arremangado? Durante un tiempo breve, todos los ojos posibles se encontraron.

“¿Qué mirás, la concha de tu madre?” dijo el uno. El otro, con su pierna al sol, intentó correrse un poco del espacio inmediato al uno, que se había incorporado con una velocidad que rompía todo. La tarde letánica, la mentira de sombra, el detenimiento falaz.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo, dijo Spinoza. Tampoco ellos que se trenzan en una danza invisible y prehistórica. Negada como baile, a pesar de los pequeños saltos que emiten los pies, o esa torsión de brazos que se levantan y caen con movimientos perfectos, que se van coloreando aunque la gente ya se acerque. Y alguien diga qué desastre, y otro alguien llame a los guardianes del orden, y alguien más grite de horror cuando uno apague el cigarrillo sobre su destino, cuando el otro ya no sienta más verano ni invierno, cuando parezca mentira que los hilitos de respirar realmente sean tan débiles, ya uno le alcance con sentirse herido en el respeto que nadie le dio nunca, que se impone a costa de todo, de los hilitos débiles, de los tobillos que nunca descansan.

  

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